Todos hemos sido jóvenes. Sabemos lo que se siente. Conocemos la euforia, la alegría, el singular "cascabeleo" de la adolescencia. Salvo excepciones, es una etapa de espontáneo alborozo, de risa contagiosa e intrascendente. Más también es una etapa de profundos cambios, verdadera antesala del adulto que orientará su vida hacia un destino incierto hasta el momento. Quizás por ello ser papá o mamá de adolescentes es uno de los mayores desafíos que nos presenta la vida. No existen normas prefijadas que faciliten el éxito de nuestra gestión. Sin embargo todos anhelamos que arriben a buen puerto, estudiando, trabajando, disfrutando. Por ello les enseñamos valores desde sus primeras sonrisas y continuamos nuestra tarea imparable, el emocionado día en que tomados de su tibia manecita lo dejamos en su salita de tres o lloramos emocionados en los actos de las escuelas, con una actuación histriónica en algún día festivo. Participamos, acompañamos, guiamos. Sin normas, con lo mejor de nosotros, porque son ellos lo que más amamos en la vida. Hasta que ingresan en la escuela secundaria. Allí, muchos de nosotros le soltamos las manos precozmente, porque "ya está grande" y parece que rechaza nuestra ayuda. Sí, quiere demostrar que "puede solo" y que no nos necesita. Pero nosotros sabemos que no es así. No podemos abandonarlo a su suerte, y sentarnos resignados a ver cómo el alcohol hace estragos en sus vidas, o la droga se las destruye, creyendo siempre que el que hace los desmanes en la vía pública es el hijo de otro, el que toma o se droga no es el nuestro, y el que conduce el auto alcoholizado es el hijo del vecino. ¿Acaso estamos presentes a las salidas de los boliches? ¿Vemos nuestros hijos con vómitos etílicos? ¿Por qué permitimos una previa desbordada de alcohol en nuestra propia casa? ¿Los acompañamos a algún festival de rock? No creo que debamos ejercer contralor policíaco sobre nuestros hijos, pero tampoco soltarles las manos prontamente, porque si miramos bien veremos que están pidiendo a gritos que los ayudemos, porque ni a ellos mismos les gusta el mal rumbo que transitan. Es tremendo orientarlos bien en esta sociedad enferma, más la educación empieza por casa y sigue en casa, siempre. Afuera, los gobiernos, los maestros, deberían sumar lo suyo, pero les cuesta ponerse de acuerdo, quizás también desorientados por "la moda". Que no lo hagan fehacientemente no anula nuestra responsabilidad. No bajemos los brazos, agudicemos la vista, acompañemos y no dudemos a la hora de poner límites sanos que siempre dieron buenos resultados. Digámosle que está mal lo que está mal. No nos confundamos. No somos amigos compinches, somos padres que marcamos un sendero. Cuando un día nuestros niños de hoy se pregunten: ¿dónde estuvieron nuestros padres cuando la sociedad me llevaba a la barbarie?, permitámosles una respuesta que los llene de orgullo y satisfacción.




























