El miércoles 28 de mayo se me ocurrió echarle una mirada a la autovía, ya casi concluida, que se expande a partir del semáforo ubicado a metros del puente de la avenida de Circunvalación y la avenida Ovidio Lagos, constituyéndose esta última a partir de allí en la ruta Nº 178. En ese momento el reloj digital ubicado sobre una torre sosteniendo una especie de tanque con forma de medio huevo, marcaba las 9.27. El sol era esplendoroso y se reflejaba en una diversidad multitudinaria. Entre esa diversidad en el predio de la Fábrica Francovigh Sociedad Anónima se destaca desde hace muchísimos años una arcaica máquina agrícola que se parece en mucho a la locomotora conocida con el nombre de “La Porteña”. Lo que más llamó mi atención, y lo destaco como una proeza realmente, es la magnitud que alcanzaba el movimiento y el auge de construir de tantas personas en ese momento. Cientos de vehículos yendo y viniendo por dichas arterias, rodeados de innumerables emprendimientos fabriles, escuelas, clubes, estaciones de servicio y comercios tan disímiles que parecían dar cuenta de un país en pleno apogeo y muy distante de la caótica realidad que nos muestran a diario los diversos medios de información pública. Esto me hizo reflexionar en el sentido de que los argentinos tendríamos que serenarnos y observar las cosas con mayor objetividad, sabiendo que pese a todo y a nuestros desencuentros, Dios siempre ha estado de nuestro lado y el futuro siempre será promisorio.





























