Nuestro semejante es una posibilidad, no una amenaza. Partiendo de esta simple y a la vez compleja ecuación es posible pensar en una revolución radical de la especie humana, donde queden abolidos los eternos prejuicios y donde la brecha social que separa las clases pueda ir cediendo. Esta revolución aclamada ya por varios pensadores debe darse de manera y forma inmediata, llegando a todas las esferas de la sociedad contemporánea. Es necesario pensar al hombre moderno en su subjetividad y no en su individualidad, es necesario saber que necesitamos del otro, no podemos prescindir de él, pues es en él y con él como se fundamenta el devenir dialéctico de nuestra existencia, es decir, transformar al otro en la medida en que ese otro nos transforme a nosotros. ¿Qué hubiera sido de esta civilización, allá en los orígenes del mundo, qué hubiera pasado con nuestra historia si no hubiéramos sido capaces de juntarnos para defendernos juntos y compartir el fuego para alimentarnos? No parece haber demasiado lugar para la duda, hubiéramos sucumbido en el tiempo, de nosotros no quedaría siquiera el murmullo. Ahora bien, cabe pensar: ¿qué lugar juega cada uno dentro del sistema, qué grado de compromiso está dispuesto a encarar frente al cambio social, qué tan dispuestos estamos a dejar de tener para empezar a compartir? Quizás estas líneas se deslicen subrepticiamente y no tengan el lugar necesario para hacerse eco, pero quizás, digo, me parece, si alguien, sólo uno, al leerlas, se detiene un instante a reflexionar sobre las posibilidades del género humano, entonces el intento no habrá perecido. Quizás sea utópico y virgen pensar que un mundo mejor es posible, pero en fin, ¿de quién depende?





























