“De todos los instrumentos de orquesta, el oboe es uno de los menos elegido por los estudiantes de música”, admite Luis Giavón, oboísta de la Orquesta Sinfónica Provincial y director ejecutivo del Festival Internacional del Oboe, un encuentro que desde hace cuatro años se realiza en Rosario, busca acortar distancias entre maestros y alumnos, y difundir su estudio y repertorio. “Este instrumento, que genera un timbre particular entre su forma cónica y la boquilla de caña doble, acompaña boleros de Luis Miguel y Serrat, y no hay novela, película o cortina musical que no tenga un solo de oboe. Sin embargo, de todos los instrumentos de orquesta, este es uno de los menos populares, incluso en la sinfónica, el oboísta se encuentra sentado y los espectadores casi no lo ven”, describe. El músico rescata las orquestas escuela como proyectos de inclusión social y el valor de la música en la formación integral.
A lo largo de cuatro días suena el oboe en diferentes lugares de la ciudad. Grandes maestros, jóvenes estudiantes y niños aprendices son parte de un encuentro que de a poco se gana el interés y reconocimiento de los rosarinos. “El público tiene la posibilidad de disfrutar de los conciertos y escuchar a los más destacados oboístas latinoamericanos; y los alumnos, de asistir a clases magistrales y ensayos, y de tenerlos a todos reunidos en un solo lugar”, señala Giavón en referencia al festival que se desarrolló desde 26 de febrero y hasta el 1º de marzo.
“Existe un momento en la carrera que uno debe trabajar para la generación que viene. La tarea de un docente no consiste sólo en enseñar sino en generar también una plataforma y las condiciones necesarias para que esto suceda”, destaca Giavón también como profesor de la Escuela Municipal de Música y de la Universidad Nacional de Rosario. “Cada Oboefest significa para los profesionales compartir experiencias e intercambiar conocimientos artísticos y educativos que luego podemos aplicar en clase. Para los alumnos implica un salto cualitativo inmediato, gracias al contacto con la música, que sin dudas los motiva a continuar con su aprendizaje”, destaca acerca del encuentro organizado por la Secretaría de Cultura y Educación Municipal de Rosario, con el auspicio del Ministerio de Innovación y Cultura de la provincia de Santa Fe.
Orquesta escuela. El músico valora y destaca la participación de las orquestas escuela como proyectos de inclusión social en zonas vulnerables donde los chicos no solo están en desventaja para comprar un instrumento, sino que tampoco conocen un teatro o de qué se trata una orquesta.”Buscamos incluir a la mayor cantidad de estudiantes de oboe de todo el país”, continúa. Este año participaron la Orquesta Juvenil del barrio La Tablada, la Orquesta Escuela de Granadero Baigorria, y algunas más de otras ciudades argentinas.
El objetivo de los talleres es la interpretación de obras, el ensamble y luego la presentación en algunas de las instancias de conciertos durante el festival. “Desde muy temprano se busca que los chicos tengan algún tipo de experiencia sobre el escenario, junto con los maestros”. Pueden tocar el oboe a partir de los nueve años, “siempre y cuando su contextura física se lo permita porque hay que sostener un instrumento que pesa más de un kilo”, aclara el músico.
Iniciativa. “Cada vez que se organizaba algún encuentro en Buenos Aires o Mendoza, a los músicos del norte del país, por ejemplo, les resultaba difícil llegar. Por su ubicación estratégica, Rosario se convirtió así en sede de este festival, con el objetivo de divulgar la música y en especial esta actividad en un espacio sin tanto prejuicios”. Néstor Garrote, solista de la Filarmónica del teatro Colón, y Marcelo Mercado, oboísta de la ciudad de Mendoza, acompañan a Giavón en la dirección del evento. “Caminar por las calles de la ciudad y encontrarse con carteles que mencionan la palabra oboe, ya es un logro muy grande, y no sucede en otras ciudades del mundo”.
Del Festival Internacional del Oboe participaron reconocidos oboístas como Elvira Casanova, de Uruguay y Luis Justi, de Río de Janeiro, quienes dictaron talleres y aportaron sus conocimientos y experiencia al encuentro entre docentes y profesionales.
—¿Qué repercusión tiene este encuentro en la ciudad?
—La cantidad de espectadores en los últimos conciertos ha sido sorprendente, tocar el oboe en el marco del ciclo de verano que todos los años se realiza en la explanada del Museo Castagnino y descubrir que la gente concurre y disfruta de la música es gratificante. También la Escuela de Música Municipal y el Parque España fueron escenario de los diferentes repertorios. Sin dudas, fueron cuatro días intensos con charlas sobre afinación del instrumento, relajación y respiración, y una exposición de instrumentos y materiales para el oboe.
—¿Cómo logran los educadores acercarse a los más jóvenes cuando se trata de un repertorio clásico y un instrumento poco convencional?
—La gente se acerca al oboe por motivos impensados. Algunos chicos nunca tocaron un instrumento y lo hacen muy bien; otros empezaron a tocar flauta dulce y quieren probar con el oboe porque entienden la mecánica de expresarse soplando; y están quienes tocaron primero el piano o la guitarra y descubren otra línea musical que les gusta. Es raro que alguien asista por primera vez a clase con un oboe en mano, al principio vienen a ver de qué se trata. Si un estudiante me dice que quiere estudiar oboe, le doy una caña para que sople y si la hace vibrar, está preparado para aprender. La mayoría de los chicos que se deciden es porque prueban y les gusta, todos descubrimos el repertorio a medida que lo transitamos, y en esto mi experiencia se parece a la de muchos. Comencé a estudiar el oboe sin conocer todo lo que se había escrito durante doscientos años para este instrumento.
—¿Resulta difícil al principio tocar el oboe?
—El repertorio no es tan complicado como todos creen, es más sencillo tocar cualquier dúo de oboe inicial que hacer rock and roll o folclore, se producen menos cantidad de sonidos y a veces es más difícil cantar una zamba que tocar una melodía con el oboe. Cualquiera que comienza a estudiar este instrumento se da cuenta que su sonido casi siempre está presente, algo que el público generalmente no logra identificar. Este instrumento, que genera un timbre particular entre su forma cónica y la boquilla de caña doble, acompaña boleros de Luis Miguel y Serrat, y no hay novela, película o cortina musical que no tenga un solo de oboe. Sin embargo, de todos los instrumentos de orquesta, este es uno de los menos populares, incluso en la sinfónica, el oboísta se encuentra sentado y los espectadores casi no lo ven.
—A través de las orquestas escuela, los chicos se acercan a la música y conocen diferentes instrumentos, una posibilidad que antes no existía...
—Este proyecto social barrial es el disparador para que muchos chicos tomen contacto con el oboe, es un ámbito de convivencia donde ellos tienen a su disposición instrumentos de distinta naturaleza, que observan y eligen sin prejuicios. Por eso ha crecido la matrícula de inscriptos en estos últimos años, y de hecho la orquesta de La Tablada tiene dieciocho chicos oboístas, el número más alto de la ciudad. Los chicos generalmente no lo van a elegir sino lo conocen primero y entienden que no es ni más ni menos difícil que tocar cualquier otro instrumento.
—¿Cuál es el sentido de la música y la importancia de enseñarles a tocar un instrumento durante la infancia o adolescencia?
—Principalmente el respeto por lo que hace el otro, se trata de transitar todas las posibilidades de formación y luego aportar lo mejor que tenemos en busca de un objetivo común. El tiempo que utilizan los chicos o cualquier persona que quiera estudiar música es tiempo aplicado a construir y rescatar una energía en el aire que se traduce en vibración, y en un proyecto común como lo son las orquestas. Una sinfonía no se puede escuchar en cinco minutos, dura cuarenta y hay que disponerse para escucharla y del otro lado, noventa o cien voluntades dispuestas a reproducirla.
—¿Qué características tiene este instrumento?
—En treinta años, el oboe evolucionó de una forma notable, la tecnología también se aplicó a su construcción y perfeccionamiento, sobre todo en las boquillas y las cañas, algo que antes era bastante rudimentario y más bien artesanal. Acceder a un oboe por supuesto es más costoso que a una guitarra pero menos que a un piano. En la Argentina nadie fabrica oboes, porque nada relacionado con la luthería es redituable. La industria está lejos de esto, en otros lugares del mundo los fabricantes han sido oboístas y entendieron que podían aportar algo, con algún subsidio quizás para investigación.































