No quiero ser prejuicioso, pero, el encuentro entre el Papa Francisco y la presidenta Cristina Kirchner no creo que tenga para la primera dama argentina más que el valor de entrar y salir de la toilette para verse más linda. Porque las ansias de poder de la señora aludida no tienen límites. No encuadran dentro de los límites de tiempo y espacio en los que deberían enmarcarse los hechos históricos. Ella quiere seguir haciendo historia, escribiéndola a su manera. Además, bien sabemos que el poder y la justicia no son buenos amigos, ni deberían serlo jamás. Cristina representa al poder excesivo. Francisco, a la justicia clamorosa. Cristina personifica al rico Epulón de la parábola de Jesucristo, y Francisco, al mendigo que junto a la puerta de la casa del hombre rico espera que le den para comer las migajas. Mal que nos pese a los argentinos, no tiene nuestra presidenta incorporada para sí la conciencia de pueblo, sino la de facción. Y es eso lo que cultiva, riega y cuida. Francisco, en tanto, ya lo demostró durante años estando al frente de la Iglesia argentina, vela por los intereses y el bienestar de la totalidad de nuestro pueblo, y ahora de toda la humanidad. Me duele decirlo, pero son como el agua y el aceite, nunca se juntarán. El tiempo tal vez me desmienta y ojalá una realidad contraria a la que expongo, me abofetee y me haga tragar mis propias palabras. Ese será para mí el día de mayor felicidad de mi vida. Pero, mientras tanto, miro este encuentro (sin intención de pecar y salvando la distancia) con el mismo prisma de aquel que dijo: “Por los frutos los conoceréis”.



























