Vivimos una época donde resulta notoria la ausencia de líderes confiables. Frente a esta realidad, ¿se percibe algún grupo, clase social o dirigente hoy en Argentina que pueda arrogarse el monopolio de los ideales indiscutibles del cambio social? Suponiendo que exista, cuáles son sus rasgos distintivos, cuáles sus proyectos y cómo llevarlos a cabo y, sobre todo, cuánto pesa el archivo de la memoria colectiva sobre su historia pública. ¿Cómo alcanzará y con qué propuestas la primacía social necesaria para llevar adelante un proyecto transformador? Hoy por hoy, pregunta totalmente vacía de respuesta alguna, y a la pobreza de ofertas colectivas y personales, me remito. Los políticos argentinos viven confundidos y engañan con su propia maraña, dejando la eterna duda sobre su verdadera vocación. Ideales vs. intereses, dicotomía oscura, mutada y tendenciosamente transmitida, sin dejar de admitir que siempre han existido muchos ideales perversos, y algunos intereses sumamente respetables. Diariamente preocupados y ocupados en tratar de crear un consenso con la complicidad de los medios sin importar el modo ni el contenido de lo que se vuelca a modo de información, creyendo que con un subtitulado antes de los noticieros que indica “contenido no apto para menores de 10 años”, alcanza para evitar la deformación social que se logra peligrosamente. Con cacerolazos, cortes de rutas e investigaciones sobre ilícitos históricamente repetidos que luego quedan olvidados en el tiempo, según varíen los ingresos de sus promotores, parece que hemos descubierto los males del sistema. Bienvenida sea la lucidez, llegue por el camino que venga, porque no existe democracia “real” que resuelva sus problemas por sí misma, y mediante sus puras reglas, sin el compromiso moral de todos sus actores. Pero un cambio necesitamos, ciudadanos comprometidos, no meramente y escasamente con la protesta y la difamación del oponente, generalmente digitada, comercialmente disfrazada y mediáticamente transmitida; sino con la verdadera política. Capaces de producir una alquimia de multitudes, producto de una inteligencia colectiva emergente. Ciudadanos que se esfuercen, participen y exijan el correcto empleo del sistema, no que acepten soñar despiertos, asumiendo el peligroso papel de simples manipulados, además de engañados con otros proyectos del que no conocemos modelo ni propuesta, salvo en los ensueños de politiqueros retóricos y mezquinos, colmados de agravios, desestabilizadores y vengativos, amontonados (nunca unidos) para la ocasión, en temporarias e históricamente fracasadas alianzas. Necesitamos producir por nuestra propia voluntad recambios muy profundos, no ser utilizados, y jamás procurar como ciudadanos un cambio por el solo hecho de cambiar, apoyando el ocasional voluntarismo de quienes en ocasiones se muestran desentendidos de la política, y en otras indignados al no poder continuar estándolo, para seguir aprovechándose de sus errores y prebendas, sin control y sin los castigos lógicos.


























