Enfoque

América Latina: las venas siguen abiertas

La vigencia de un libro clásico pese a la opinión crítica de su propio autor, Eduardo Galeano. Desigualdades y asimetrías

Miércoles 18 de Noviembre de 2020

En abril de 2014, ya cercano el final de su vida, Eduardo Galeano sorprendió al mundo —sobre todo, a sus numerosos admiradores— cuando lanzó una mirada crítica sobre la que se suele considerar su obra más trascendente, “Las venas abiertas de América Latina”. Durante la II Bienal del Libro y la Lectura, que se realizó aquel año en Brasilia, el escritor uruguayo —que tan cálida relación mantuvo con Rosario a través de su amistad con Roberto Fontanarrosa— aseguró, dejando a muchos con la boca abierta: “No volvería a leerlo, porque si lo hiciera me caería desmayado”. Los que casi se desmayan fueron algunos de quienes estaban escuchándolo, sobre todo cuando Galeano agregó: “No tenía los suficientes conocimientos de economía ni de política cuando lo escribí”.

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El libro sobre el cual su propio autor, paradójicamente, disparó munición tan gruesa cuarenta y tres años después de su publicación había sido víctima, en el pasado, de una censura salvaje en el marco de un continente latinoamericano desgarrado por las dictaduras, lideradas por la que produjo desastres en la Argentina entre 1976 y 1983. En sus páginas, leídas con fervor por tantos jóvenes que intentaron cambiar una realidad socioeconómica injusta, se describe con persuasiva prosa el modo en que las potencias dominantes expoliaron Sudamérica ya desde su mismo “descubrimiento”. Ejemplo tras ejemplo, Galeano traza un panorama demoledor, que aún hoy mantiene plena vigencia pese a la curiosa y sin dudas triste retractación practicada por su propio creador, tal vez dolorido en lo más hondo por la masacre en que desembocaron los intentos de transformación en esta postergada región del mundo, “exportadora de naturaleza” por excelencia, según el concepto del venezolano Fernando Coronil.

En otro libro también publicado por Siglo XXI —en este caso, recientemente— y tan necesario para comprender el presente como el ya clásico texto de Galeano, “El colapso ecológico ya llegó. Una brújula para salir del (mal)desarrollo”, Maristella Svampa y Enrique Viale difunden cifras que exponen la inmensa desigualdad que rige al sur del río Grande, a partir de un aspecto crucial como la propiedad de la tierra. Así, revelan que en Colombia el 1% de las fincas concentra el 81% de las explotaciones agropecuarias; en Perú, en tanto, la relación es de 1-77; en Chile, 1-74; en Paraguay, 1-71; en Bolivia, 1-66; en México, 1-56; en Brasil, 1-44, y en la Argentina, finalmente, 1-36.

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En un planeta cada vez más peligrosamente desbalanceado, donde de manera simultánea crecen la pobreza de los pobres y la riqueza de los ricos, y mientras en nuestro país se debate un tributo excepcional a aquellos que tienen más en el marco de la devastadora pandemia, resulta intolerable el predominio mediático que ostentan los representantes del ideario conservador, que ejercen con comodidad el rol de “domesticadores” de la ciudadanía. Para compensar, aunque sea escasamente, semejante asimetría, tal vez sea útil citar otro texto publicado hace poco, “Historia de la Argentina. Biografía de un país”, de Ezequiel Adamovsky (Crítica, sello que distribuye Planeta). En sus páginas, y después de un transcurso tan ameno como riguroso, su autor dispara: “La evolución del PBI per cápita argentino hasta 1975 fue comparable a la de los países que hoy son ricos; fue en ese año que se abrió el verdadero momento de la economía local por efecto de las políticas neoliberales”. Y contradiciendo aquellas miradas que identifican las políticas de gobiernos populares con el signo del fracaso nacional, Adamovsky señala: “…la trayectoria de Argentina en los últimos ochenta años muestra que no hubo contradicción entre movilización social, mejora en la distribución del ingreso y crecimiento”.

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Volviendo al principio —es decir, a Galeano—, solo cabe decir que las venas de América Latina continúan abiertas. Los pueblos, sin embargo, tal vez hayan aprendido lo suficiente del pasado como para enderezar la nave hacia el rumbo correcto, ese que supo marcar nada menos que el general José de San Martín.

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