Un día, hace muchos años, casi ocho, llegué al geriátrico El Hogar después de intentar cuidar yo a mi mamá, con ayuda de amigas, enfermeras y no lograr nada a pesar de hacer un rally por médicos, neurólogos, psicólogos y miles de estudios. Hasta que le diagnosticaron que sufría la enfermedad de Parkinson de rigidez, fue muy cruel, la vi deteriorarse inexorablemente, se fue apagando de a poquito. Pero en el hogarcito me aliviaron toda esta carga, me recibió Luis, me costaba mucho dejar a mi madre, pero él me habló y me contuvo, hoy Dios quiso que él también estuviera en la dolorosa partida de mi viejita querida. Nunca voy a olvidar su gesto y su evidente tristeza por la pérdida. Antonio, Pepe, gracias por la dedicación y la paciencia, por responder a todas mis preguntas, a veces reiterativas. Silvina y Luz, siempre me dio tranquilidad saber que la viejita estaba a su cuidado (las quiero mucho). Moni, Andrea, Norma, Lucía, me olvido de un montón de nombres, sepan disculpar, a los chicos que la han llevado, traído, cambiado, a todos los vi tratar a mi mamá con mucho cariño.
Mercedes, siempre me hicieron bien tus palabras de apoyo; Gustavo, muchas veces recibí aliento de tu parte cuando me veías mal; y por último, Analía, gracias por contenerme y hablarme siempre con la verdad, vos y todo tu personal tiran abajo el mito de que en los geríatricos maltratan y abandonan a los viejitos; los que abandonan en algunos casos, son los hijos y parientes de los abuelos. Yo, que iba cotidianamente y a cualquier hora, vi abandono, pero nunca de parte del hogar.
Doy gracias a Dios por poner en mi camino al geriátrico El Hogar.


























