¿Por qué compartir lo que escribió el Dr. Horacio Zamboni en esta fecha tan emblemática como es el Primero de Mayo? Porque cuando escribimos el libro “Horacio Zamboni. Teoría y Práctica de un Revolucionario”, editado por el Sindicato de Obreros y Empleados Aceiteros de Rosario (Soear), afirmamos que “En la vida, hay personas que marcan a otros hombres, que son maestros para algunos, que señalan rumbos para muchos, que privilegian lo colectivo a su devenir personal, que dejan discípulos, que se destacan por su personalidad, que sobresalen por ser frontales en el debate de las ideas, que durante su historia mantienen la firmeza en sus posturas ideológicas y políticas". Zamboni, reunió esas cualidades. Y, fue, ante todo, un revolucionario.
Sus posiciones políticas fueron claramente antisistema, contra la sociedad capitalista, y por la emancipación del proletariado. Se definía como marxista y socialista”. Fue asesor legal de varios gremios, siendo el primero el Soepu (Sindicato de Obreros y Empleados Petroquímicos Unidos de San Lorenzo), y los últimos el Soear (Sindicato de Obreros y Empleados Aceiteros de Rosario) y FTCIODyARA (Federación de Trabajadores del Complejo Industrial Oleaginoso, Desmontadores de Algodón y Afines de la República Argentina). Por todo eso, vale compartir lo que escribió sobre el día de los explotados, sobre el Primero de Mayo, en distintos artículos, conferencias y ponencias, que se encuentran en el libro mencionado.
La jornada de trabajo de ocho horas fue por vez primera aplicada en Sidney, en 1855, limitada a los trabajadores de la construcción. En su carácter general, en Melbourne, el 21 de abril de 1856. Muchos años después, el Tratado de Versalles y los en él inspirados, propusieron como objetivo, allí donde no hubiera sido aún alcanzado, el de la jornada de ocho horas. La primera convención adoptada por la Conferencia de la Organización Internacional del Trabajo fue la de limitar la jornada a ocho horas diarias (48 horas semanales) en todos los establecimientos industriales.
En Europa, Alemania fijó la jornada de ocho horas para las empresas industriales y mineras, por decreto del 23 de noviembre de 1918, beneficio extendido por decreto del 18 de marzo de 1919 a los empleados. Bélgica, por ley del 14 de junio de 1921, Francia el 23 de abril de 1919, y Holanda, el 1° de noviembre de 1919. En América, creemos que fue Chile el primer país en aceptar la limitación de la jornada, en 1908, fijándola en ocho horas para los trabajadores del Estado, siguiéndole Cuba, en enero de 1909. De aplicación general a todos los trabajadores, fue Uruguay el primer país hispanoamericano que implementó la jornada máxima de ocho horas el 15 de febrero de 1915.
En Argentina, la ley 11.544, es sancionada en 1929, durante el segundo gobierno de Hipólito Yrigoyen, generalizando en todo el país la jornada de 8 horas, que ya se había dado en algunas provincias.
En este punto es preciso señalar que el sistema capitalista, por la limitación de la jornada de trabajo, se había transformado en uno que aumentaba la plusvalía casi exclusivamente por el método de la plusvalía relativa, es decir aumentando la capacidad productiva del trabajo y reduciendo por ende el “tiempo de trabajo necesario”.
Pero además de las leyes limitativas de la jornada de trabajo, el movimiento sindical también había impuesto (o luchaba por ello) otros objetivos comenzando por el propio reconocimiento de sus organizaciones, de la huelga y de la negociación colectiva.
Con el gobierno de Roosevelt en EEUU y el de León Blum en Francia, se puede afirmar, tomando como dato 1936 con la firma en París de los acuerdos de Matignon, que la legislación laboral (o Derecho del Trabajo a esa altura) había redondeado sus puntos principales, en el centro del mundo capitalista.
Conferencia “105 años del 1° de Mayo” (Mayo 1995)
La limitación de la jornada, permite desde el punto de vista físico una disposición de tiempo. Cuando se toma conciencia de esto, se pide no ya lo que es posible, sino lo que es necesario: las tres 8, las 8 horas de trabajo, las 8 horas de descanso y las 8 horas de esparcimiento, entre las cuales se contaba el tiempo suficiente para pensar sobre su presente y sobre su futuro.
Para ninguno de los teóricos de la clase obrera, ni los dirigentes, esta conquista suponía el fin de la explotación. Sí, los grandes protagonistas de la historia de la lucha por las 8 horas estaban todos convencidos que había que poner fin a la explotación capitalista. Pero hicieron de la lucha por esto, el eje de un programa común, el único punto de un programa común, que estaban de acuerdo todos, anarquistas, socialistas, comunistas, sindicalistas revolucionarios.
El protagonista principal del 1° de mayo es un sujeto que apareció en ese momento y no apareció nunca más, que es la clase obrera, pero la clase obrera en su definición más precisa y exacta. Al margen de la Nación, al margen de los Estados, de las religiones, de las razas, de los partidos políticos: es el proletariado internacional, que en su seno llevaba banderas rojas, banderas negras, y algunas banderas posteriores que tienen que ver con la incorporación tardía, pero incorporación al fin, de sectores de la Iglesia.
De este eje, y de esta lucha internacional, nace el gran triunfo, el único gran triunfo de la clase obrera hasta este momento. Después de la guerra del 14 al 18, con un proletariado que viene diezmado pero al mismo tiempo compuesto por veteranos de guerra, que todavía están armados. No sólo es la Revolución Rusa, la monarquía alemana también es derrotada por el comité de soldados y los comités de obreros, a fines del 18. Internacionalmente, se reconoce con la Primera Convención de la Organización Internacional del Trabajo, esta limitación a la jornada de trabajo.
Frente al todo, las 8 horas unificaban a la clase obrera, pero los conductores de la clase tenían en claro que eran un jalón más en la lucha por un mundo distinto. Podían discutir si era por el sufragio, por la acción directa, por la acción terrorista individual, o si se necesitaba el accionar violento de las masas. Pero en lo que estaba de acuerdo todo el proletariado del mundo, era que había que conseguir las ocho horas de trabajo, y esto se consiguió.
A partir de esto, el punto de unidad desaparece y quedan los puntos de unidad relativa, no absoluta. Porque las 8 horas es un punto de unidad absoluto, y los otros son todos puntos relativos: el derecho a huelga, el papel de los sindicatos, el papel de la lucha económica o de la lucha política. Era el eje, el único punto en común que nunca pudo ser reemplazado.
II Seminario Internacional “El Nuevo Orden Mundial a Fines del Siglo XX”, (1995)
La conquista de la limitación legal de la jornada de trabajo y su extensión a la mayor parte del planeta, resulta un triunfo, el más anhelado y por el cual más se ha luchado en toda la historia que supone al mismo tiempo una condición para un mayor desarrollo de las fuerzas productivas. De todos modos, la clase obrera en cuanto protagonista era sólo una, aunque se dividiera como sujeto político en distintos partidos y fracciones; lo cierto es que encontraba en la lucha económica su único punto de unidad de acción. Con excepción de los resultados de la revolución del 7 de noviembre de 1917, son las conquistas obtenidas en el terreno de las reformas económicas, por la lucha sindical (por supuesto combinada y apoyada por la lucha política) las que perduraron y condicionaron el desarrollo del capitalismo, reformas que se fueron acrecentando en décadas siguientes, hasta el final que supone la restauración conservadora de Thatcher-Reagan y sus epígonos en todo el mundo.
Pero una vez obtenido el resultado, como con la jornada de ocho horas, la unidad de acción que llevó al triunfo desapareció e incluso dio lugar a una diversidad de interpretaciones sobre las consecuencias inmediatas de las conquistas, que además agravó la confusión por la falta de claridad respecto a la comprensión de algunos otros fenómenos como por ejemplo los sistemas monetarios, en especial el patrón oro, la interpretación en los mercados y finalmente la posibilidad de evolución más o menos pacífica del capitalismo hasta el socialismo o la necesidad de una revolución “ya”.
“El empleo y la desocupación” (Mayo de 1996)
La jornada de 8 horas está consagrada, y no es casualidad en el Tratado de Paz de Versalles. Se firma la paz entre las naciones, pero además se hace una concesión al enemigo de clase, que está embanderado en todos los ejércitos beligerantes, pero con la paz viene a pedir una mejora a la situación de su vida y a la situación de su trabajo productivo. La jornada de 8 horas es condición del Tratado de Paz de Versalles y cierra acá la clase obrera una gran etapa, que es la que cierra el camino a la producción por el viejo y brutal sistema del aumento de la intensidad de la explotación y no por las innovaciones tecnológicas.