Historias

Una ciudad gobernada por el cólera

Anticipo del libro "Pioneers, cronistas y viajeros de las primeras colonias del FCCA –Bernstadt-Roldán, Carcarañá, Cañada de Gómez, Tortugas–", en el que se hace referencia a la difícil situación que se vivía en Rosario en 1867 debido a la epidemia y la sublevación contra el gobierno provincial de Nicasio Oroño, de sesgo progresista

Domingo 06 de Junio de 2021

En noviembre de 1867 se produjo la segunda epidemia de cólera del país, durante la cual murió el vicepresidente de la República, doctor Marcos Paz. Por entonces Seymour realizó un viaje en tren desde Fraile Muerto a Rosario y un ferroviario le mostró el cadáver de un tropero ya muerto, que había sido “abandonado a su destino por sus despiadados compañeros”, al igual que otro que había fallecido en Villa Nueva y conservaba a su lado una damajuana de agua. Su narración agregó: “Al llegar al Rosario, encontré a la ciudad en un estado de gran desorden, porque además del cólera, el partido federal había aprovechado la ocasión para alzarse en armas, hallándose la plaza en sus manos. Nuestro cónsul había pedido a Buenos Aires dos cañoneras para proteger los intereses británicos, pues a raíz de haber tomado los revolucionarios un buque de esta misma clase, pero argentino, comenzaron con él a bombardear la ciudad, entrando las balas en varias casas, lo que alarmó muchísimo a los pacíficos habitantes”.

Seymour hace referencia, en ese párrafo, a la revuelta promovida contra el gobernador Nicasio Oroño por sectores católicos de la provincia de Santa Fe, molestos por la aprobación que diera este progresista mandatario a las leyes provinciales sobre matrimonio civil y cementerios laicos, siendo ostensible la ayuda prestada por los frailes a los sublevados, mientras que quien estaba al frente de la provincia contaba con el apoyo del gobierno nacional ejercido por Bartolomé Mitre. Seymour precisó luego:

“Hacía sólo unas pocas horas que estaba yo en el Rosario, cuando supe que uno de los socios de las estancias Las Rosas, a quien suponía en Inglaterra, acababa de regresar y mientras caminaba de la estación a la ciudad, tuve la suerte de toparme con él. Venía entre un grupo de ingleses recién desembarcados del vapor fluvial, y se dirigían todos a la estación, acompañados por el comandante del Doterel (una de las cañoneras) y una escolta del cuerpo de infantería de marina. Formaban una procesión bastante imponente, pues a más de mis amigos de Las Rosas, el oficial británico y sus hombres, venían con ellos seis o siete nuevos conocidos míos recién llegados al país, un padrillo sangre pura de carrera, un toro Shorthorn llamado Whirlwind y unas veinte ovejas. Cerraban la caravana dos o tres carretas cargadas con los equipajes”.

Un par de días después Richard Seymour dejó Rosario, asolada por la pavorosa epidemia de cólera, y partió hacia Las Rosas, reencontrándose con sus amigos de esa estancia que “estaban aún en la estación Cañada de Gómez aguardando sus carretas, las que llegaron a los pocos minutos…”. Todos se dedicaron a la tarea de cargarlas y despacharlas para Las Rosas, con intención de seguir ellos para allá, y “de acuerdo a la costumbre se acostaron a dormir en la sala de espera, siendo despertados bastante temprano por el ruido de un tren que pasaba estruendosamente”, trasladando tropas para someter a los rebeldes de Rosario. Felizmente habían tomado la precaución de llevar a un desvío los vagones en los cuales sus amigos habían traído animales y cosas requeridas en Las Rosas, ya que de otro modo seguramente se hubiese producido la mayor catástrofe ferroviaria de la historia de Cañada de Gómez. Es de suponer que Seymour bien pudo opinar de su entonces pequeña estación ferroviaria, cuya planta alta sería edificada recién en 1889, lo mismo que en Un poblador de las pampas expresó respecto de la de la cercana Bell Ville, donde “… los cimientos de la estación definitiva ya habían sido excavados, y cuando se la terminó, algunos meses más tarde, resultó tan buena como la de cualquier ciudad chica de Inglaterra y arreglada de la misma forma. En efecto, aunque pueda parecer extraño, su sala de espera proporcionábame una sensación de encontrarme en mi propio país, mayor que cualquier otro sitio de aquel pago, y me había acostumbrado a mirar con afecto al empleado que despachaba los boletos a través de la ventanilla”.

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Richard Seymour: un cronista excepcional.

Richard Seymour: un cronista excepcional.

Antes de concluir su relato, Seymour volvió a hacer alusión a la epidemia de cólera que “…hora a hora se agravaba en el Rosario, que con sus calles desiertas de público y hasta de soldados, parecía la ciudad de la muerte. Veíanse cuadras enteras de casas cerradas, con sus moradores yaciendo en su interior sin vida. Todo el que podía hacerlo disparaba al campo, donde una familia francesa había sido cautivada por los indios”.

Desde Cañada de Gómez, Seymour partió a caballo hacia Las Rosas. Siendo “presa de un fuerte ataque de cólera del que felizmente pudo reponerse”, sintiendo en la estancia que sus espíritus se sentían “poderosamente reanimados, en aquel feliz ambiente”, en especial tras las horrorosas escenas de que habían “sido testigos en el Rosario”. Pero allí renació la preocupación por la conflictiva situación política que se vivía dado que “durante la semana que permanecí en Las Rosas llegábame toda suerte de rumores sobre los sucesivos triunfos del partido revolucionario. Uno de los informes decía que los rebeldes habían estado tratando de destruir el puente ferroviario sobre el Carcarañá para impedir la llegada de las fuerzas que venían de Mendoza. Aunque al principio no lo creíamos, el dato resultó verídico. Los rieles fueron levantados y el tránsito de trenes suspendido por algunos días. Poco tiempo después, y reparados los desperfectos, las tropas pudieron entrar al Rosario, tomando posesión inmediata de la plaza. El ejército Federal se retiró hacia las afueras de la ciudad, donde estableció campamento. Tan pronto como se reanudó el tránsito de la línea, regresé al Rosario, marchando el tren cautelosamente al acercarse al puente del Carcarañá, pues se temía que los rieles hubiesen sido nuevamente levantados o por lo menos movidos, de modo que nos mantuvimos listos para saltar a tierra en caso de necesidad”.

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La tapa del libro de Seymour, editado en 1947.

La tapa del libro de Seymour, editado en 1947.

La epidemia fue tan devastadora en Cañada de Gómez como en la cercana Rosario y, a pesar de que se consideraba que la vida rural alejaba los peligros de contagio, Seymour consideró que en la Estancia Schönberg o Colonia Vieja, el establecimiento modelo de Pablo Krell, el yerno de Guillermo Wheelwright, había muerto buena parte de sus pobladores:

“En Cañada de Gómez, la cosa era terrible. Morían familias enteras y en una pequeña colonia alemana, compuesta por veinticinco miembros, dieciocho de éstos fallecieron en pocos días. Para dar una idea del estado de desesperación en que la gente se encontraba, podría mencionar el caso de un infeliz estanciero, quien después de ver desaparecer a todos sucesivamente en su casa, al sentirse él también enfermo de cólera, se pegó un balazo”.

Antes de concluir esta historia de vida de Richard Arthur Seymour, el viajero y poblador inglés que aludió en sus memorias a Rosario, Roldán, Carcarañá, Cañada de Gómez, Bell Ville y la estancia Las Rosas, además de relatar su dura existencia en la peligrosa frontera del sudeste cordobés en el que residía, debe concluirse que, a pesar de su perseverancia y de su valía como investigador, no fue mucho lo que Justo P. Sáenz (h.) pudo indagar sobre él, un hombre que al parecer fue “culto y de buena cuna, quizá un segundón de alcurnia” que arribara al río de la Plata el 3 de marzo de 1865 “acuciado tal vez, tanto por el deseo de ganar dinero como por el de correr aventuras en estas tierras vírgenes” y regresar a a su patria el 27 de octubre de 1868, donde el 21 de noviembre del año siguiente publicaría su relato. No obstante ello, pudo averiguar que en Rosario, al igual que el desdichado estanciero de Cañada de Gómez a quien se hiciera referencia en un párrafo anterior, uno de los Seymour, Richard Arthur o Walter, “… se mató de un balazo, desesperado por no tener con qué comprar una botella de caña… ¡Triste jugarreta del destino, por cierto, pues al día siguiente y al Banco de Londres de aquella ciudad, le llegaba de Inglaterra un giro a su orden por diez mil libras esterlinas!”...

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