Cultura y Libros

"Que hubiese una red de evasión de nazis tan cerca me sobrecogió"

Almudena Grandes está acostumbrada al éxito. La popular novelista española pasó por Buenos Aires para presentar su último y voluminoso libro, Los pacientes del doctor García. En diálogo con este suplemento, contó por qué se interesó en la historia de Clara Stauffer, la mujer que construyó una red de evasión de criminales de guerra desde España.

Domingo 19 de Noviembre de 2017

Tras la caída del Tercer Reich, Clara Stauffer fue la única mujer que integraba la lista de los 104 reclamados por el Consejo de Control Aliado —responsable de la administración de la Alemania de la posguerra— al ministro de Asuntos Exteriores de España. Su extradición fue rechazada por el régimen de Francisco Franco. Nacida en Alemania en 1904, criada en España, donde vivió, Stauffer fue falangista y nazi hasta el día de su muerte. Pero ese es apenas el inicio de la historia.

En 2006, la escritora española Almudena Grandes había devorado la investigación del periodista Javier Juárez La guarida del lobo. Nazis y colaboracionistas en España. Allí aparecía el nombre de Clara, quien desde su casa en el barrio de Argüelles, en Madrid, armó una red clandestina para que cientos de criminales de guerra lograsen escapar de Europa a partir de 1945. Muchos de ellos terminaron en Argentina. Entre esas dos geografías se desarrolla Los pacientes del doctor García, la última novela de Grandes, cuyo subtítulo amplía: El fin de la esperanza y la red de evasión de criminales de guerra dirigida por Clara Stauffer, Madrid-Buenos Aires, (1945-1955).
Y es que Clara es uno de los personajes de este libro monumental (tiene más de 700 páginas) que constituye la cuarta entrega de los Episodios de una Guerra Interminable, la serie editada por Tusquets que arrancó en 2010 con Inés y la alegría. Estos episodios tienen un rasgo común (y fascinante): en ellos hay capítulos históricos intercalados entre los de ficción, con personajes y acontecimientos tan desconocidos como asombrosos (varios de ellos, reales) que forman parte de la historia española más silenciada. Y es que como aclara la escritora en una de las notas finales del volumen, “la norma de la Historia es la verdad, la norma de la Literatura es la verosimilitud”.
Lo cierto es que esta novela es bastante más que una historia de espías, como se la ha considerado. En ella, Grandes –que estuvo en Buenos Aires para presentarla y en ese marco dialogó con Cultura y libros– despliega la historia del doctor Guillermo García Medina. Él debe vivir bajo una identidad falsa en Madrid, con documentación que le da su gran amigo Manuel Arroyo Benítez, un diplomático republicano al que García salva la vida en 1937. Arroyo, además, pretende infiltrarse en esa organización clandestina que dirige Stauffer. Pero, también, Los pacientes del doctor García se detiene en aquellos ciudadanos de a pie que dieron su vida para una democracia cuya dirigencia, según la escritora, “hoy hace lo que quiere y elige siempre lo más nefasto”.
—¿Cuál es la importancia de Stauffer para la escritura de esta novela?
—Si esto fuera el comienzo de la Biblia, yo te diría “al principio estuvo Clara”. Porque realmente ella fue el motor de la historia. Encontré a Clara en La guarida del lobo, el libro de investigación de Javier Juárez, que compré apenas salió porque todo lo vinculado con Franco me interesaba. Entonces vi el nombre de Stauffer y lo primero que me llamó la atención fue la dirección: Galileo 14, que está bastante cerca de mi casa, en Madrid. De repente, que hubiese una red de evasión de nazis tan cerca me sobrecogió. Y los datos que pude obtener me terminaron fascinando completamente. Ella era nacida en España, de padres alemanes, muy vinculados al poder económico alemán. Se crió como una niña madrileña de buena familia, fue a estudiar a Alemania, descubrió el nazismo en los momentos en los que se proclamaba la República. Y aprovechó la libertad que tenían las mujeres republicanas para hacer una carrera fulgurante en el deporte y, luego, en las líneas falangistas. Ella era atleta pero sobre todo brilló como famosa nadadora y esquiadora en un momento en que el deporte de alta competición femenino en España era ínfimo. En los años de la República se hizo famosa porque fundó con su amiga Pilar Primo de Rivera la Sección Femenina del falangismo. O sea, la rama femenina del movimiento nacional que gobernó España durante cuarenta años. Hacían los programas educativos de los colegios de niñas, obligaban a hacer a las mujeres un servicio social... Es decir, eran las que legislaban sobre la vida de las mujeres en el sentido más conservador que se te ocurra.
—Quién hubiera pensado que, como decís en la novela, una chica que en los treinta posaba en bañador para una foto, terminara en tanto revuelo público.
—Ese detalle, que puede ser anecdótico, es importante. Cuando Franco ganó la guerra, lo primero que hizo ella fue ponerles pantaloncitos a las niñas para que no se les vieran las bragas cuando hacían gimnasia en el colegio. Ella fue el mundo al revés. Es decir, les prohibió a las mujeres españolas aquellas condiciones que a ella la habían convertido en lo que era.
—¿Cuál era la importancia de que fuera española, de origen alemán y rica?
—Durante la Guerra Civil tuvo mucha importancia porque hacía de guía y de intérprete en las entrevistas que tuvieron franquistas y alemanes para hablar de armamento y otras cuestiones. Además, cuando los alemanes perdieron la guerra, estaba en el lugar ideal para montar una organización que fue como la Odessa española. Ella llegó a apoyar a un millar de criminales de guerra. Pero es un personaje contradictorio. Porque trabajaba desde su casa para el mal pero a la vez era abnegada y sacrificada, entregada en cuerpo y alma a su causa. Todo esto le costaba dinero. Tenía una relación casi maternal con sus protegidos al punto de que en 1948 vino a América, Argentina, Chile, Bolivia y Perú, para ver qué tal estaban las cosas y para interesarse personalmente por los que había conseguido enviar aquí.
—¿Tuviste que tirar de muchos hilos para reconstruir el personaje?
—Sí, la organización Stauffer era muy herméticamente clandestina. Clara nunca publicó ni una sola coma sobre su trabajo y el franquismo jamás reconoció su vinculación con Stauffer. Pero ella no necesitaba la protección del Estado franquista porque ella era el Estado franquista. Fuentes primarias sobre su vida hay muy pocas. La más importante es la del periodista británico Sefton Delmer, que se coló en su casa en 1948 haciéndose pasar por alemán y la pilló en la cama con pulmonía. Esa entrevista me ayudó mucho a imaginarla. Porque yo pensaba: “A ver, soy Clara Stauffer. Estoy con fiebre en la cama y se me cuela uno para entrevistarme. Lo primero que hago es levantarme, ponerme una bata y sentarme en una butaca. Como para salvaguardar mi dignidad”. Pero ella ni se levantó de la cama. Con el camisón y la sábana por los morros, le recibió como diciendo: “Fíjate el miedo que me das y fíjate lo que te respeto que no me levanto”. Eso sí, fue simpatiquísima con él.
—Sin embargo, en la novela Stauffer va cobrando protagonismo desde la sombra.
—Claro. Los protagonistas del libro son el doctor García, y su amigo Manuel Arroyo, y también Adrián Gallardo, que malvive en Alemania luego de ser voluntario en las SS y participar en la defensa de Berlín. Mis novelas son ficción, construidas alrededor de hechos históricos reales. Pero es ficción porque me interesa contar la historia desde abajo. O sea, desde la vida privada de ciudadanos comunes. Mis personajes son gente de edades distintas, de clases sociales distintas, pero siempre representan a ciudadanos anónimos que vivían en España en aquella época. Creo que esa es otra forma de contar la historia.
—¿Es eso lo que se espera de una novela de espías?
—Esta novela, como todas las de la serie, tiene una clasificación genérica complicada. Pero para mí no es un problema porque escribo novelas complejas, con más de un eje. Todas son políticas, todas cuentan la vida cotidiana de gente después de una guerra. Esta además es una novela de espías. Pero no son espías de muy allá. A mí me gustaba que no fueran agentes contratados por alguna potencia mundial, al contrario. Manolo es agente de un gobierno que ni siquiera tiene Estado, ni poder. Y lo que les lleva a meterse en este lío es el tipo de cosas que nos impulsan a comprometernos a las personas normales. Manolo se deja reclutar por lealtad a los representantes que le sacaron de su vida miserable en un pueblo y Guillermo se deja reclutar por amistad. Eso me gustaba, que fueran héroes por accidente.
—¿Cómo aparece Buenos Aires aquí?
—Yo no la elegí. A Buenos Aires la eligió la Historia por mí. Pero me pareció fantástico porque esta es una de mis ciudades. Escribir sobre ella me daba una sensación epidérmica, como si estuviera aquí. Pero como mis personajes llegaron muy lejos, tuve que consultar amigos para que me dieran precisiones sobre esta ciudad, al igual que otros amigos en Berlín. Así es como, por ejemplo, una amiga escogió el Café de los Angelitos. Y me gustó tanto la idea que cambié mi plan para que el café entrara en la novela.
—Incluso te metés en un tema tan espinoso como el vínculo entre Perón y los nazis.
—Yo no me invento nada. Si tú estudias a Perón aisladamente, sus orígenes militares, sus vinculaciones con Franco, podrías decir que era muy fascista. Pero el movimiento que puso en marcha, y la forma que tuvo de tutelar ese movimiento, dan cuenta de que no tiene nada que ver con el fascismo y que por el contrario, fue progresista para la época. Una cosa es Perón y otra es el peronismo. Pero a Perón no lo elegí: venía con la Historia. Y en estas novelas, yo no busco acomodar los hechos reales para que queden bien. Eso sería maniqueo.
—¿Cuál es tu método de escritura?
—El proceso empieza muchos meses antes de escribir. Cuando tengo una idea que me parece madura, me compro un cuaderno, una caja de rotuladores de colores y empiezo a escribirme la historia a mano. Me la escribo bien, con adjetivos y adverbios. Luego me ocupo de los personajes y su historia. De ellos procuro saber todo lo que pueda. Porque aunque luego no la use, esa información me viene bien. Después empiezo a hacer desarrollo sectorial del guión y a trabajar la estructura. Yo sé que la estructura es como el patito feo de la crítica porque nunca se habla de eso. Pero una novela es como una casa. Una casa fea pero bien construida tiene arreglo. Una casa bonita pero mal construida, se cae. Además, creo que la estructura tiene un gran valor expresivo porque es la válvula que permite la relación entre el lector y los personajes.
—¿Por qué?

—Porque en una novela a veces conviene que el lector vaya por delante de los personajes y otras, por detrás. Lo que regula el suspenso es la estructura. O sea, necesito una estructura y una lista de capítulos con el “qué” de la novela, con lo que voy a contar. Luego es verdad que escribir es una aventura. Pero la literatura no es el “qué” sino el “cómo”. En el cuaderno tengo el “qué” pero no el “cómo”. Sin embargo, este método de trabajo es como una bitácora que me permite no perderme.

—En estos días has sentado postura sobre el referéndum catalán y la actitud del presidente Mariano Rajoy...

—Tengo una posición clara pero francotiradora, porque no estoy de acuerdo con nadie. Es más, estoy en contra de todos. Porque creo que no nos pueden obligar nunca a elegir entre lo peor y lo peor. Además, aunque comprendo que desde Argentina no lo parece, el gobierno de Rajoy y el de Puigdemont son muy parecidos. Los dos han aplicado a pie juntillas la austeridad que venía de Bruselas: la reforma laboral, la reducción de inversión pública... Han sido además muy autoritarios con sus oposiciones respectivas. Y sobre todo, son dos gobiernos marcados por la corrupción. Los dos han dejado que la situación se pudra porque les conviene electoralmente. Que Puigdemont haya optado por declarar unilateralmente la independencia en vez de convocar a elecciones para una salida honrosa a todos los catalanes y que luego se fugara dejando a la intemperie a tanta gente que tenía derecho a creerle, es una barbaridad y un acto de irresponsabilidad. Que a la primera de cambio metan a la mitad del gobierno catalán preso, también me ha parecido de una torpeza enorme. Que los jueces no sean capaces de modular la ley y ver las consecuencias de lo que hacen y opten por la interpretación es menos razonable, es tremendo.

—¿Tiene algo que ver este posicionamiento con la decisión de que tus novelas tengan un propósito político?

—Sí. Lo que pasa ahora en España tiene mucho que ver con cómo se gestionó la memoria allí. Estoy contando esas historias como escritora pero también con un propósito político. Esta serie me permite ajustar cuentas con el presente, no sólo con el pasado. Y decirle al lector “aunque no lo sepas, aquí vivieron estos señores, hicieron todo esto y lo hicieron por ti, para que tengas libertades y derecho”. A los resistentes contra la dictadura, nadie les ha agradecido su esfuerzo. Porque cuando llegó la democracia, la transición fue interpretada como un regalo que bajó del cielo. Entonces mucha gente quedó fuera del relato. Mis novelas son una manera de darles las gracias a los anónimos, los ninguneados. España está inmersa en una crisis poliédrica, que no sólo es económica o política. Creo que esto es producto del modelo de democracia que se diseñó en la transición. Un modelo que consistió en no mirar hacia atrás. Es el único país de Europa que no tiene una política pública de memoria, además de Turquía, que tiene un genocidio que esconder.

—Te has reivindicado como feminista desde hace décadas. Y sin embargo, también has dicho que aún queda mucho camino por recorrer.

—El feminismo es el único movimiento social que ha triunfado en el siglo veinte. Pero ha sido un triunfo amargo. Porque cuando se conquistó la equiparación jurídica que iba a traer la igualdad, resulta que no tenemos igualdad. Tenemos igualdad en las leyes pero no en la realidad. El desafío es repensar todo esto porque ya no se trata de conseguir la igualdad teórica sino de conseguir la igualdad real. Pero además esta época está marcada por el retorno de demonios que creíamos derrotados para siempre, que vienen con disfraces flamantes. Vivimos un retorno del fascismo a través de Trump. Los xenófobos y Marie Le Pen lloran porque dicen “yo no quiero que los africanos mueran, pero tampoco quiero que vengan”. De esa hipocresía biempensante está hecha la xenofobia ahora. Y el machismo se ha rearmado de un modo brutal. Entonces están la violencia machista y las estrategias engañosas de la nueva misoginia que se envuelve en una cáscara comprensiva para las mujeres. Hay muchos ejemplos. Uno muy claro es el de la empresa Apple, que invita a sus empleadas a congelar los óvulos para que sean madres a los cuarenta, para luego echarlas, para contratar a becarias de veinte a las que les pagarán nada y las invitarán luego a congelar óvulos y así en una especie de bucle infernal. Es muy bueno y necesario que el feminismo se haya reactivado en este contexto.

—Hace muchos años escribiste Las edades de Lulú. Sin embargo, la literatura erótica escrita por mujeres donde nosotras hablemos del deseo propio, sigue siendo una deuda pendiente.

—Sí, ha habido una involución. Cuando publiqué Las edades de Lulú en 1989, había muchas mujeres haciendo literatura erótica, cargada a la vez de ideología. La protagonista de esa novela no sólo deja de ser objeto para ser sujeto sino que se trata de una mujer que se atreve a elaborar sus propias perversiones; es decir, que deja de lado las perversiones masculinas. ¿Y qué tenemos ahora? Cincuenta sombras de Grey, fruto de una operación de marketing: ficción para mujeres a través de una literatura erótica que no dé miedo. Porque la literatura erótica real es la que se mete en líos, es la que sí da miedo. Y lo que provoca rabia es que Cincuenta sombras... sea una novela reaccionaria. Hay un chiste machista que, reconozco, es muy bueno. “¿Por qué ven las mujeres las pelis porno hasta el final? Para ver si los protagonistas se casan”. Y lo jodido de Grey es que al fin se casan. Es como la respuesta a ese chiste. Ahí tienes otra razón por la cual el feminismo sigue siendo tan necesario.

Fragmento de Los pacientes del doctor García

El último domingo de marzo de 1947 fui al encuentro de una mujer que conocía mi verdadera identidad.
—A ver, a ver —la portera salió de su chiscón para estudiarme de arriba abajo—. ¿Qué ha estrenado usted hoy, don Rafael?
—Pues nada, Benigna. No están los tiempos como para estrenar.
—Y que lo diga, pero... —rebuscó en su delantal para enseñarme una moña diminuta, tejida con tiras de hoja de palma—. Esto sí me lo aceptará, ¿verdad? Así, por lo menos no se nos quedará manco.
Domingo de Ramos, al que no estrena se le caen las manos. Después de dos años de sequía, tantos radiantes días de sol en cielos tan azules como recién pintados, la mañana prometía más tristeza que lluvia. Hacía frío. Los niños que habían cumplido con la tradición caminaban encogidos, tiritando en sus primaverales calcetines de hilo, faldas livianas y pantalones cortos que parecían desgajarlos del invierno por el que transitaban los adultos, gabardinas, sombreros, guantes a los que se aferraban las manos desnudas de los niños vestidos de verano. Para equilibrar su desgracia, en la otra mano llevaban palmas labradas con flores, moñas y cintas de colores, el modelo que había inspirado la miniatura que Benigna me había encajado en el bolsillo de la americana. Niños más desgraciados, mejor abrigados porque no tenían nada que estrenar, las miraban con envidia.
Al llegar a la plaza de las Salesas entré en un bar, casi vacío entre misa y misa, pedí un café y me senté dando la espalda al camarero, para enfocar la puerta de la iglesia de Santa Bárbara a través de un ventanal pintado con letras blancas. Así, entre las dos mitades de un letrero que prometía los mejores bocadillos de calamares de Madrid, vi salir la cabecera de la procesión. (…)
Entonces la vi, rubia como no había vuelto a ser desde los doce años, el pelo aún más dorado que cuando desprendía a su paso un intenso aroma a infusión de manzanilla, lo primero que me impresionó de ella. Por lo demás no había cambiado mucho. A medida que se acercaba, comprobé que seguía siendo guapa de la misma manera, siempre más de lejos que de cerca.

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