Cultura y Libros

"No consigo contención en ningún lado"

Con su primer libro ―Bajo el sol tremendo― sedujo a numerosos lectores. Y ahora, con la sombría originalidad de Magnetizado, Carlos Busqued vuelve a dar en el blanco. La historia del psicópata asesino de taxistas que eligió contar golpea por su crudeza, la misma que exhibe el escritor a la hora de opinar

Domingo 27 de Mayo de 2018

Carlos Busqued nunca hubiera imaginado que se iba a convertir en uno de los escritores de culto de la Argentina. O tal vez sí, porque sólo quien cree que tiene algo de peso entre las manos se presenta a uno de los concursos de novela más importantes a nivel mundial. A cualquier escritor de prestigio le hubiera tambaleado la estantería de haber recibido una respuesta firmada por el propio Jorge Herralde, el hombre que publicó por primera vez en español obras de Nabokov y Bukowski: el mensaje decía que no había ganado el concurso, pero que Anagrama igual iba a apostar por la obra.
Nada de esto sucedió porque Busqued haya sido tocado por la varita mágica. Bajo este sol tremendo, el libro en cuestión, es una novela escrita en un registro negro que no tiene nada que envidiarles a las mejores obras del género. Pasaron casi diez años desde aquel primer título y Anagrama volvió a apostar por él. El resultado es Magnetizado, extraordinario texto de no ficción sobre un asesino serial de los años ochenta.
La historia de Busqued es atractiva, y también su biografía: nació en Chaco, en la localidad de Roque Sáenz Peña, estudió ingeniería metalúrgica en Córdoba, a donde se mudó en la adolescencia, y allí da clases de Análisis Matemático III, aunque para hacerlo deba viajar desde la Capital Federal, donde eligió vivir en los últimos años.
Suele tener una estima no tan alta hacia sí mismo, o al menos eso demuestra en las entrevistas que brinda, congeniando siempre con "los que lo hacen todo mal". Le queda un dejo de cadencia chaqueña al hablar, entre lentona y suave, y no ha sido beneficiado por el don de la verborragia. Su vocabulario no es florido ni barroco, apunta como un tirador a la palabra exacta, sin vacilar.
Encontrar una historia es una ruleta rusa: se puede salir ileso, pero no ocurre siempre. Busqued tuvo la oportunidad y no la malgastó: en la primavera de 1982 se sucedieron en Buenos Aires cuatro asesinatos nocturnos de igual metodología e idéntica elección de la víctima, todos conductores de taxi, por lo que la prensa lo bautizó como "el asesino de taxistas". Las especulaciones en torno a los crímenes ganaron en espectacularidad y en teorías disparatadas: "No se descarta que el asesino pueda ser una mujer disfrazada con el pelo bien corto"; "el maniático llamó a la comisaría 42 y aseguró que volvería a atacar y que nadie podría detenerlo". Con poco se quedaron los medios cuando el homicida resultó ser un joven veinteañero con aspecto muy distinto al que circulaba como identikit. Se llamaba Luis Ricardo Melogno y admitió su culpa. De allí en más se abrió un agujero del que ni la psiquiatría ni el sistema penitenciario saben cómo salir: los cuatro crímenes fueron tan específicos como carentes de motivo.
Una vez apresado, Melogno no supo explicar el sentido de sus actos, ni tampoco logra definir el origen del oscuro llamado interior "es el taxi que viene", que lo llevó a cometer los homicidios. Incluso después de treinta y cinco años de reclusión carece de un diagnóstico psiquiátrico definitivo. Busqued llegó hasta él porque tenía contactos con el equipo que lo trata y lo que siguió a este encuentro es Magnetizado, libro que en este momento figura en el ranking de los más vendidos. ¿Por qué? Sencillamente porque el escritor no busca explicaciones, ni encajar a Melogno en ningún esquema preconcebido. Lo escucha, logra sintonía y le devuelve la entereza a alguien que lo único que quisiera es ser uno más en la muchedumbre. La razón por la cual el libro lleva ese título es que Melogno inmediatamente después de haber cometido uno de los asesinatos fue a comer a un restaurante y los cubiertos se le pegaban a la palma de las manos, con lo cual pensó que estaba magnetizado, aunque luego comprobó que la razón era que tenía sangre en ellas. El libro es el producto de noventa horas de diálogo en el hospital psiquiátrico del penal de Ezeiza. Y por momentos las palabras del asesino se vuelven de una intensidad arrolladora: "De algún modo todo el mundo vive en una fantasía. Comprar un billete de lotería es vivir de fantasía. Pero es una fantasía normal. La fantasía normal tiene siempre un muro. Una traba que te impide cruzar hacia el otro lado. Yo no tuve eso, no hubo ninguna cosa que me detuviera".
Cultura y Libros conversó con Carlos Busqued antes de su presentación en la Feria del libro de Rosario, programada para el jueves próximo a las 18.30.

—El epígrafe con el que se abre el libro es la ley de Ampère, ¿cómo fue esa elección?
—El libro recorre toda la parábola de la existencia de Ricardo y como el momento en que él cree que está magnetizado me parece que condensa todo, casi al final del proceso de escritura me acordé de la ley de Ampère: "Una corriente que circula por un conductor genera un campo magnético alrededor de ese conductor". Entonces me parecía que quedaba justo, cualquiera haya sido la corriente que circulaba por adentro de Ricardo y que le hacía deformar el universo a su alrededor. Me pareció muy poética y además igual de fría que el resto del libro. Y refería al corazón del misterio del caso, también. ¿Qué clase de corriente lo recorría?
La ley de Ampère entró a lo último, teníamos varios epígrafes, uno era de Ricardo Iorio y decía "en el heavy metal no es así, cuando estás en el heavy metal vos estás solo". Y otro es de un novelista inglés del siglo XIX que se llama Samuel Butler, que decía que "cuanto más conoce uno a un organismo, menos consciente es de ese conocimiento".

—Esta última idea es más interesante que la del heavy metal.
—Claro, es que la de de Iorio justamente perdió por ser de Iorio.
—¿Cuál fue la mayor dificultad con la se encontró durante el proceso literario?
—El mayor porcentaje de trabajo se lo llevó el ajuste. Por un lado no conocía la historia, me fui enterando de cómo pasaron las cosas en la charla misma, llegué con muy poca información previa. Una vez que encontré la historia, fue ir reagrupando el texto de las desgrabaciones hasta encontrar el eje del libro, y una vez ahí ajustar tono y texto para que fuera fluido y a la vez respete las palabras de Ricardo.

—¿Cómo fue el trabajo de desmalezar las noventa horas de conversación?
—Las charlas no fueron organizadas, fueron hablar de bueyes perdidos, pisar el tema, volver. En principio lo que yo tenía no era un reportaje orientado sino la desgrabación de una charla muy dispersa. La desgrabé artesanalmente, palabra por palabra, porque sentía que dentro de un relato tan difuso coordinando cada palabra podría encontrar cosas para agarrar y repreguntar.

—¿Dónde se realizaron las charlas?
—Cómo esto fue un trabajo autorizado por un juzgado, yo no tenía que pasar por la visita y nos encontrábamos en una oficina cerca de donde están los médicos, adentro del hospital. No se hicieron en la zona de celdas.

—¿Pudo corroborar la información que le brindaba Melogno?
—Han pasado cosas que la corroboraron. Dije: si me miente también es información. La propia mentira es información. Hice un trabajo importante con los diarios de la época y hay muchas cosas que él me había contado y figuraban, o circunstancias, pequeños detalles. Hace un tiempo Canaletti (N. de la R: Ricardo, el periodista televisivo) hizo una nota sobre Ricardo y tuve suerte porque trabajó con material de archivo y me aportó algo a lo que yo no había tenido acceso, que eran los noticieros de la época. En una de las entrevistas Ricardo me contó que en el último incidente estando dentro del auto, y después de dispararle al taxista, apagó el motor porque hacía mucho ruido y vio que se prendió una luz del frente de una casa a unos metros, pero no pasó nada. Y en los noticieros de la época salió una mujer contando que ella y su familia estaban cenando cuando escucharon el tiro, el marido encendió la luz, miró por la ventana y vio que estaba el auto y pensaron que era un ruido del auto, y volvieron a comer. A las dos de la mañana encontraron el cadáver del taxista adentro del vehículo. Es la misma escena relatada desde el otro lado.

—Durante los preparativos del libro, ¿alguien le revisó el material?
—Sí, y sufrí mucho, porque primero hubo un informe de lectura en el que figuraba un par de veces la palabra "larga", que es evidencia de que el lector se había embolado un poco. Y era cierto, algunas partes estaban largas, se empantanaban. El libro que mandé tenía sesenta páginas más de lo que finalmente terminó saliendo. Por otro lado, amigos míos ingenieros que tienen muy buen gusto y son muy directos para decirte las cosas, también señalaban cierta pérdida de aceite en el texto. Entonces lo estuve reorganizando de a pedacitos, lo pulía oración por oración. Le saqué de ese modo sesenta páginas. Lo leía hasta que llegaba a una parte pantanosa. La resolvía o la sacaba. Después volvía a leer y así hasta que me pareció que todo fluía. Trabajé hasta el último PDF, incluso cambié el armado de dos capítulos ahí mismo.

—¿A qué autores recurrió para que lo contuvieran en el proceso de escritura?
—No te podría contestar, no consigo contención en ningún lado (risas). Vinculado con el tema del libro, leía cosas de espiritismo o de religiones africanas, porque como Ricardo, que tiene una cercanía al espiritismo, no hablaba mucho de eso, me metí a leer y de ahí fui sacando algunas cosas que me sirvieron para la construcción de las preguntas. Aparte yo venía un poco con una lectura de cosas de asesinos en serie de hace mucho tiempo, así que esa parte no fue tan necesaria. Releí las clasificaciones de Robert Ressler, y trabajos sobre crímenes inmotivados.

—¿Cómo es la relación que se generó con Ricardo?
—Es un tipo bastante desafectado, en cierto sentido. Y por otro lado, tiene toda una serie de cosas que te hacen ponerlo en el casillero de la gente que te cae bien. Una de esas cosas puede ser la sinceridad.

—¿Le llevó el libro?
—Sí, Ricardo ya había leído una versión más larga impresa desde el Word, después le llevé el libro físico y ahora lo que le estoy por llevar son los recortes de diarios y una selección de las reseñas como para que vea cómo cayó la cosa.
—Es interesante porque el afuera está hablando de él con nombre y apellido.
—Sí, esa es una decisión suya, cuando el libro estaba tomando forma conversamos del tema, se barajó la posibilidad de manejarnos con iniciales pero él no quiso.

—¿Por qué usted se mudó a Buenos Aires si tiene toda la complicación de ir a trabajar a Córdoba?
—Lo que tiene de bueno es el anonimato, y esta ciudad me gusta. O para decirlo mejor, todas las otras ciudades son peores. Trabajo en la Universidad acá, también. Pero mi cargo concursado es en Córdoba, y lo conservo más que nada por una cuestión de pertenencia. Pero ya me cansa ir, así que estoy armando una transición. Mis proyectos de clases a futuro acá pasan más que nada por meterme en los nocturnos, en los secundarios. Todos progresan, menos yo.

—¿Hay algo más aparte del Quini 6 que crea que le puede salvar la vida?
—No, la verdad que no se me ocurre otra cosa. Si bien no tengo una relación cómoda conmigo mismo, por otro lado me entretengo bastante, y como lo que me ayudaría a tener una vida mucho mejor son cuestiones del alquiler, creo que heredar algo o ganarme el Quini 6 serían la salvación. Ojo, está todo bien, no me quejo, para mí un reconocimiento como el que tuvo conmigo Herralde ―quien seleccionó los libros que yo leí durante un montón de tiempo― me salva de alguna manera.

—¿Y dar talleres literarios?
—Dar un taller es lo que yo entiendo como chorear. Tengo la firme intención de chorear, pero antes de eso creo que para darme permiso tengo que ser serio un tiempo más. Hacer un aporte. Y después chorear como chorean todos. Aunque para chorear no hace falta ningún mérito previo, eso está más que claro. Cierto resabio católico me obliga a pagar previamente el derecho al afano. Una especie de peaje para subir a la autopista que otros recorren gratis, sin mayor problema ni cuestionamiento.

El hombre que tragó 27 hojitas de afeitar

—Una de las partes que me marcan como psicópata es la falta de emociones. Según el cuerpo médico forense, yo emocionalmente soy un adoquín.
No fui educado con sentimientos. Si vos no tenés el conocimiento o aprendizaje del afecto, no lo reconocés. No lo entendés.
En la 20 tuve un encuentro con una psicóloga que me hizo hacer un trabajo con mi viejo que era la única persona que me venía a visitar, y medio me obliga o me induce a hacerle ciertos planteos a él...
—Planteos de qué clase.
—Y, yo estaba muy drogado de la medicación, no era muy de pensar mucho, sino más de hacer cosas. Por ejemplo..., mi viejo venía a verme y nos saludábamos dándonos la mano, era algo muy distante el trato que teníamos. Entonces un planteo fue por qué nunca nos habíamos dado un abrazo. Mi viejo me explicó que él había sido educado así, qué sé yo..., y bueno, un poco a partir de esas charlas empieza a haber otro trato, cuando nos veíamos nos saludábamos con un abrazo, y con el tiempo un poco toda esa cosa de distancia se fue ablandando. Nos hicimos más amigos, fue un vínculo, un trato, que no tuvo nunca con mis hermanos. Él vino a visitarme durante once años, hasta que le agarró Alzheimer, se empezó a deteriorar y ya no pudo venir más. Después armó un par de quilombos y hubo que llevarlo a un geriátrico. Y después se murió. Esa única vez vino mi hermano, con mi otro hermano que vive en Estados Unidos, vinieron para avisarme que mi viejo había muerto. Aparte de eso, nunca más me visitó nadie.
...
—Para que veas a lo que llegó mi viejo con el tiempo en términos de onda: en el año 1991 o 1992 intentó preparar una fuga de la Unidad 20. Para eso me tragué veintisiete hojitas de afeitar, porque la idea era hacerme operar y escaparme del hospital. Mi viejo, como era zapatero, me armó unas zapatillas con todo un sistema debajo de las plantillas, con una traba, muy bien cosida, y ahí un equipito: plano tipo Filcar con las calles de alrededor, como para salir, un poco de plata y para que pudiera sacarme las esposas, había puesto el mando de una maquinita de afeitar de esas viejas, de metal porque esas máquinas se enroscaban, y la rosca entraba justo en las esposas viejas, tipo Halcón, y te las podías desatornillar, se usaban para eso, era el tamaño justo. Me trajo las zapatillas esas y me dijo: "Mirá, si vas al hospital te van a llevar más o menos a este lugar, yo ya estuve averiguando, de ahí tenés que salir para tal lado, te vas a encontrar con un murito así y así, que vos lo vas a poder saltar, porque yo lo pude saltar perfecto, así que vos no vas a tener problema...". O sea que el viejo había hecho el recorrido dentro del hospital, había marcado por dónde había que salir, por dónde había que saltar, y salto él, a ver si se podía... Ya para esta época tenía setenta y pico de años largos.
—Y esa fuga cómo terminó.
—La fuga fracasa porque yo me trago los feistes y me llevan al hospital, me hacen una radiografía y comprueban que efectivamente tenía las hojitas de afeitar en el estómago, pero no me dejan ahí. Me devuelven al penal, para operarme en otro momento. En ese interín, en el sector de al lado de mi celda (eran celdas de cinco personas), unos locos habían roto el piso, vieron que abajo la tierra era blanda y se pusieron a hacer un túnel. Al principio bastante desprolijo pero después ya cuando otras personas vieron que estaban cavando, fueron a ayudar, y, bueno, en un momento alguien delata el túnel, viene la requisa y lo encuentran. Vos imaginate qué es un intento de fuga de un psiquiátrico, hay catorce mil chistes sobre eso. Entonces, cuando llaman a declarar a los cuatro de la celda las declaraciones eran todas tipo: "Yo me quería construir un baño", "Lo que pasa es que me llamaban los extraterrestres del otro lado". Quedó ahí la cosa con el túnel, pero hubo una requisa general y me encuentran las zapatillas, o sea, zafan los otros, pero yo voy en cana por las zapatillas. Quince días de buzón: así termina la fuga.
—¿Cómo es tragarte veintisiete hojitas de afeitar? ¿Qué se siente?
—No se siente nada. Cuando hacés algo así, no lo hacés pensando en que te vas a morir o que te va a hacer mierda por dentro. Lo hacés pensando en que vas a buscar algo. Es un medio para conseguir algo.
—¿Y duele?
—No. De hecho no me tuvieron que operar, las largué sin problemas.
—Las cagaste.
—Sí, no es algo que sea demasiado complicado.

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