La hora del escritor secreto
La reciente publicación de los textos de Adolfo Bioy Casares sobre Juan Rodolfo Wilcock merece ser considerada un acontecimiento literario. En este libro el desaparecido narrador hace un retrato preciso de su colega y amigo, creador de una obra que comienza a ser reconocida por fuera del universo de los especialistas
4 de julio 2021 · 05:00hs
Adolfo Bioy Casares, además de ser autor de cuentos y novelas canónicas, fue un consumado diarista. Cualidad que su albacea y editor Daniel Martino ratificó con la aparición del colosal Borges (2006), allí donde sus aptitudes de retratista minucioso, a través de una prosa transparente y precisa, alcanzaron su máximo esplendor. Ahora es el turno de Wilcock, dedicado al poeta, narrador y dramaturgo Juan Rodolfo Wilcock, Johnny, (1919-78), uno de sus amigos más próximos también, y donde el cuidado de su prosa vuelve a lucirse con igual, o mayor fidelidad estilística. Registros pormenorizados, que documentan largos diálogos con el personaje en cuestión, son el núcleo de un libro rico en matices, reconstruyendo, además, todo el trasfondo de una época cultural a través de cartas, fragmentos de sus diarios personales, fotografías; documentos de gran valor testimonial. Sus largas sobremesas, disquisiciones literarias junto con Borges, Silvina Ocampo o Manuel Peyrou; el círculo de la revista Sur. El autor de El estereoscopio de los solitarios y protegido (y promovido) por Silvina, pasaba temporadas en la casa de veraneo de los Bioy en Mar del Plata, o viajando por Europa, visitando ciudades de Francia, Italia o Inglaterra, entre otros destinos. Tras su abrupta partida a Italia, en 1957, los encuentros con los Bioy fueron más breves y espaciados, pero el sentimiento de legítima amistad se mantuvo hasta el final. Bioy lo admiraba tanto o más que a Manuel Peyrou, mientras que, por su parte, Wilcock ayudó -una vez radicado en Italia- a que las novelas de su amigo fueran traducidas y muy bien recibidas por la intelligentsia romana. Ambos compartían cierto escepticismo ante las posibilidades de la palabra para expresar lo inefable.
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Bioy y Wilcock se divierten en la residencia marplatense de Villa Silvina, en el lejano y emblemático año 1945.
Este trascendente libro, entonces, consiste en el testimonio de un vínculo intelectual único en la literatura del siglo XX. En consecuencia (y como se espera) hay suculentas anécdotas, cientos, pero lo que resulta más importante aún es que ellas, superpuestas, van dilucidando ese temperamento misterioso, tan ambiguo e inestable que fue Wilcock.
Respecto a la personalidad del retratado, los juicios sumarios por parte de sus amigos, inclusive el propio Bioy, revelan a un Wilcock no muy fácil, y nada empático con sus colegas. Así lo indican los hechos, las circunstancias que fueron moldeando sus días y que Bioy registra sin pruritos. Su talón de Aquiles, al parecer, fue su mortífera altivez. Escribe Bioy al inicio de su amistad: “Borges es la persona más inteligente que conozco. Wilcock es muy inteligente y muy capaz, pero la vanidad a veces lo desequilibra”. Más adelante dice: “Se deja dominar por el snobismo de los modernos”. Por otra parte, Borges, además de disentir en casi todo lo que él decía, le reprochaba que nunca era tranquilamente natural: “O insulta o adula; o es afrentosamente soberbio o abyectamente servil”. Silvina es aún más tajante: “Es demasiado variable, debe de ser loco”. Su naturaleza mercurial, su irreverencia e intransigencia solían jugarle malas pasadas. Eran sus taras, que, por cierto, muy poco se preocupaba en disimular. Acaso se confiaba demasiado en su ingeniosa inteligencia. Le faltaba estar un poco menos interesado en sí mismo. “Yo, que vivo para hacer un favor al mundo”, se ufanó cierta vez en decir. También sus feroces comentarios hacia autores de prestigio, como el poeta Alberto Girri, quien lo creía un “monigote”, no les hacían mucha gracia a sus colegas. Tampoco hay que olvidar que Wilcock consideraba los sentimientos como ridículos, y rara vez demostraba empatía por el otro. Bioy inmortalizó su carácter brusco e impertinente en el celebérrimo cuento El perjurio de la nieve, a través del personaje de Oribe. Pero a pesar de su desconfianza por los sentimientos, o de su propensión por lo escatológico (en contrapunto a la pudiente y siempre bien pensada prosa de Bioy), el autor de La invención de Morel lo valoraba por sus virtudes, claro: su mordaz inteligencia y gran memoria, la precisión con que escribía y su vasto conocimiento en varias disciplinas del saber (era políglota, ingeniero y además tocaba el piano). Bioy admiraba, por sobre todas sus cualidades, su inusitada originalidad. Escribe hacia 1968, no sin un dejo de envidia: “Es continuamente inventivo”, y celebra esa característica muy de Johnny, la de complacerse en firmar artículos que eran absolutamente irrefutables.
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Wilcock con Bioy y Silvina Ocampo, entre otros, en Italia, 1970.
Así, el lector comienza a familiarizarse con las antiguas mañas y caprichos de Johnny, y no tarda en experimentar simpatía por sus excentricidades. Su pasión por Brahms, su egoísmo desaforado que a menudo cristaliza en excelentes artículos para La Prensa, al cuestionar la siempre dudosa legitimización de los premios literarios, la dinámica oscura de algunos sectores de la prensa cultural, y la decadencia con que ciertas editoriales suelen comportarse con el escritor y, aun, lector (por más distinguidas que ellas sean). Lúcido, arbitrario ad nauseam, divertido (a su manera), homosexual “del que se enamoraban las mujeres”, su peculiar gusto por autores como Henry Green, “el venerado Wittgenstein”, o el teatro del absurdo; todo se vuelve extrañamente querible a través del tono con que se narra el libro. ¿Nostalgia? Tal vez. Hacia el ocaso de sus días, luego de la muerte de Wilcock, Bioy se pregunta retóricamente: “¿Cuándo lo descubrirán?”. Ansiaba ese reconocimiento que el tiempo parecía haberle injustamente vedado a su genial amigo.
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Hoy, su novela Los dos indios alegres (1973) no ha envejecido, mientras que Dormir al sol (1973), de su venerado Bioy, acaso resulte algo anacrónica. En los últimos años, su narrativa se ha traducido y vuelto a reeditar; también su poesía en italiano. Otro tanto ocurre con su reciente Correspondencia, las cartas con Agustina Bessa-Luís. Su esperada biografía, escrita por su traductor y exégeta Ernesto Montequín, saldrá finalmente este año; las expectativas crecen, al igual que sus renovados lectores y su posición cada vez más central en el canon latinoamericano y europeo. Tal vez la súplica de Bioy fue oída y sea esta, al fin, la hora de Wilcock.