Cultura y Libros

La historia oculta de la ciudad, contada con amenidad y rigor

En Desde el Rosario, el periodista Horacio Vargas hace gala de notables recursos literarios para narrar acontecimientos que muy pocos conocen. Un libro que merecería entrar como texto en las escuelas secundarias.

Domingo 03 de Febrero de 2019

En el mejor registro de Rodolfo Walsh o Truman Capote, Desde el Rosario, de Horacio Vargas, recientemente publicado por Homo Sapiens, es una crónica o relato de non fiction sobre el origen y construcción de la ciudad. Una narración de hechos y personajes verdaderos pero con los recursos literarios de las grandes ficciones, es decir, una prosa literaria y un sentido crítico que lo mixturan con la novela y el ensayo. Un texto donde la base es la investigación del periodista o estudioso, pero la forma del lenguaje es la de un escritor.

Horacio Vargas trabajó cinco años en todos los archivos históricos nacionales, provinciales y municipales, con las fuentes sólidas de Juan Álvarez y Fausto Hernández, de modo que lo primero que tiene el libro es un gran rigor histórico, pero el autor no se propuso escribir un libro de historia sino una historia completa de Rosario, por eso incorpora el ensayo, el análisis histórico, social y político, y la ciudad imaginada por utopía o distopía, elementos críticos que hacen ver la historia desde el presente, acaso, como decía Walter Benjamin, el único modo de ver la historia, desde el presente.

Y sobre esa base, lo más notable del texto es su lenguaje (baste como muestra el capítulo 1, "El silencio"), porque Vargas no escribe como un historiador ni como un periodista, escribe como un escritor: una prosa bella y rica, pletórica de alegorías, metonimias, hipérboles, intertextos (especialmente el tono de las cartas originales y su ensamblado), metáforas, descripciones y diálogos que vuelven al texto novelesco. El lector recordará el frenesí de cualquiera de los "fusilados" que vivían en Operación masacre. De ese modo está escrito Desde el Rosario, con amenidad, pero también con vigor, belleza y trepidación.

Desde Walsh (Operación masacre, Quién mató a Rosendo) supimos que esa era la única historia verdadera de un caso, la que incluía esos niveles de relato y análisis pero también ese lenguaje. El periodismo literario hoy es un estilo sólido en casi todos los diarios argentinos. Vargas viene cumpliendo ese rol literario en sus libros de crónicas o biografías, pero me atrevo a decir que en ninguno como en éste su lenguaje ha alcanzado la calidad de un novelista y el texto alcanza ese nivel alto de ser crónica con mucha literatura. Una lectura de la realidad histórica de Rosario desde el siglo XVI, desde Juan Sebastián Gaboto (1527) hasta nuestros días, pero agregando a los datos, la conjetura o el análisis a partir de otros hechos nacionales y su deriva, lo que puede hacer que aprendamos (no sin sorpresa), que los primeros pobladores (¿fundadores?) de estos pagos entre arroyos, fueron indios y que quizá debería existir una avenida de la ciudad que se llame Querandíes. O más aún, que para los rosarinos fueron más próceres y defensores de lo nuestro un caudillo uruguayo (Artigas), o un caudillo santafesino (el brigadier López), o un caudillo que prohijó a los indígenas como Francisco Godoy. Mucho más que los bronces foráneos de Sarmiento o Mitre.

Entonces aparece fulgurante el clímax del texto de Vargas, un hecho terrible de nuestra historia: el incendio de la Villa del Rosario ordenado por el general Balcarce, hecho por cierto bastante oculto, que el autor nos vuelve decisivo y comprensible, enlazado con la política unitaria de Buenos Aires. Uno de los grandes méritos del libro es que acaba siendo una gran reflexión sobre la historia argentina a través de cómo se hizo Rosario.

Vargas viene a recordarnos la importancia de la ciudad en la que vivimos, también su modo de ser original siempre vinculado al comercio (a menudo solo a eso), y que sus grandes expectativas, marcadas por quienes la construyeron, pero también por quienes la atacaron (o atacan), tiene que ver con la capital que podría haber sido, de otra república. El libro es muy entretenido y ameno; de los libros que se leen solos, donde el rigor no abruma ni es jerga, ni aburre, por ello no creo exagerar con una desiderata final y es que Desde el Rosario debería incorporarse como libro de texto en las escuelas secundarias, ya que reúne con eficacia los tres méritos de los buenos libros de enseñanza: su rigor informativo, la belleza de su prosa y un entretenimiento seguro.

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