Cultura y Libros

"En cada proyecto de escritura me bato a duelo con mis prejuicios"

María Teresa Andruetto acaba de publicar No a mucha gente le gusta esta tranquilidad (Random House), un libro de cuentos donde narra historias mínimas, construidas desde un puñado de vidas aparentemente comunes. En diálogo con Cultura y libros revela en detalle cómo es su proceso de escritura.

Domingo 22 de Octubre de 2017

A María Teresa Andruetto le interesa conversar, charlar, escuchar al otro, escucharse. Es escritora, acaba de publicar un libro de cuentos donde las historias se encadenan de una manera muy sutil, casi imperceptible, tal como es su escritura. No hay grandes acontecimientos, la materia sobre la que narra puede parecer mínima. En la marca de este libro hay intimidad. Y eso permite al lector creer que podrá atravesarlo tranquilamente pero se sabe: No a mucha gente le gusta esta tranquilidad, tal el nombre de uno de los cuentos y del libro.
   Una de las claves para lograr despabilar al lector es el trabajo que realiza Andruetto en la construcción de la figura del narrador. Eso brinda a sus relatos el ansiado verosímil, pero además al construirlo, moldea el recorrido. No hay posibilidad de una lectura ingenua sobre este conjunto de textos, aunque se la tenga.
   Los personajes principales son mujeres, por presencia o por ausencia, ellas manejan los hilos de las tramas, aunque a veces casi ni se perciba que lo hacen. Inclusive a pesar de algunos de los personajes masculinos.
   La memoria y el olvido, la identidad, las historias ambientadas en la llanura, los silencios son parte de la escritura de Andruetto, y en este conjunto de cuentos imbrican imaginación con escritura, en un cuidado equilibrio.
   Andruetto tampoco está dispuesta a mirar para otro lado. Durante el diálogo que mantuvo con Cultura y libros repasó el proceso de escritura del libro y también su obra. Ensayo, teatro, poesía, cuentos, novelas conforman un universo de palabras buscadas y halladas, muchas veces en los escombros o residuos de las historias que elige narrar. Entonces, en ese diálogo aseguró que es el deseo el que mueve su escritura, que en cada proyecto que encara se bate a duelo con sus prejuicios, que le interesa hacer foco en la figura del narrador porque busca en particular el punto de vista, y que es piadosa hacia sus personajes cuando toman rumbos con los que ella no acuerda. "Contar no es mostrar una historia sino que alguien te susurre al oído una historia", dice como al pasar. El susurro, lo mínimo, lo íntimo, ese parece ser su tono.
La tranquilidad
Hay calmas que inquietan. Y aunque uno pueda suponer que Andruetto acepta la entrevista desde la tranquilidad de su casa ubicada en un poblado de las sierras chicas cordobesas, hay en sus palabras una marcada intención de señalar que su escritura arranca de una pulsión vital. Si esa sensación no aparece, no hay escritura. No a mucha gente le gusta esta tranquilidad reúne el trabajo, bajo esa condición, que realizó durante dos años. Son ocho cuentos, en los que el lector descubrirá la vida de una mujer que no pasa desapercibida; las razones de por qué un hombre, ya viejo, abandonó y luego volvió a tocar el piano; maniobras en torno a la identidad; sensaciones cuando la muerte acecha; pactos de silencio en una familia; encuentros y desencuentros; amores filiales y de los otros.
   —¿Cuándo sentiste que estas narraciones podían ser un libro?
   —Siempre los cuentos ocupan como un lugar intermedio, de recreo, entre novelas y otros proyectos. Yo los dejo, los voy acumulando, y en algún momento se arman, en otro caso sucedió así. Este es el segundo libro de cuentos que yo tengo, el anterior es Cacería, que había tenido una primera edición más breve y después agregué otros cuentos. En ese caso, los cuentos habían sido escritos a lo largo de muchos años. Ahora, no. Esta serie fue escrita con una cierta continuidad, dentro del modo en el que yo escribo. Yo no soy una escritora que se levanta a la mañana y escribe determinada cantidad de horas por día , que tiene una rutina rígida. No, yo escribo impulsada por el deseo, por el deseo de conocer, por el impacto que me produce alguna escena que veo, escucho o recuerdo. No pensé tampoco en una unidad temática, nada de eso, son escenas que aparecieron en mi vida.
   —Supongo que debés tener una libreta de apuntes más que interesante.
   —Sabés que no tanto, más bien mi cabeza funciona como libreta de apuntes, aunque a veces anoto algunas cosas en un archivo de la computadora, algo que me impactó, a veces lo escribo mucho después. Por ejemplo, Lección de piano, ahí pasó algo muy curioso. Hará unos quince años, vino a mi casa un muchacho a arreglarme una cuestión de internet, y me preguntó "¿usted qué hace, a qué se dedica?", porque veía muchos libros, y yo le dije que escribía; entonces me contó algo que había visto ese día, en lo de otro cliente. Le he dedicado el cuento a él, a la persona que me lo contó, lo que me cuenta es que va a un lugar y de pronto había un piano que no sonaba, como abandonado, y en el curso de la conversación el dueño de casa, un viejo, se acercó a tocar el piano. Me contó eso y yo me pregunté por qué y el cuento es un poco ver qué pudo haber pasado. Le dije a ese muchacho, hoy un hombre, que se llama Sebastián Ruarte, "si algún día lo escribo, te lo dedico", y así pasó, está dedicado a él. Son recuerdos de cosas que en su momento aparecieron porque alguien me contó, o porque las vi yo, y que reaparecen en los procesos de escritura. Pero después que el libro estuvo hecho, después que reuní los cuentos, que los pulí y revisé, ahí apareció el libro. La escritura me ha acompañado en distintos momentos de mi vida y estos cuentos tienen que ver con gente que mira un poco hacia atrás y ve algo que no anduvo bien, algo que no se pudo ver o sobre todo oír del otro. No sé, encontré como que tenían esos puntos en común. Eso que le pasa a uno muchas veces cuando ha vivido muchos años.
   —¿Es como pararse en ese pasado que es presente?
   —Sí, y sobre todo con no haber escuchado bien o no haberse escuchado bien a uno mismo o no haber comprendido al otro, no haberse comprendido uno, algo de eso me parece. De todas formas, es lo que encontré después.
   —¿Y por qué elegiste el cuento No a mucha gente le gusta esta tranquilidad como título del libro?
   —Ese es uno de los últimos cuentos que escribí. Yo tengo la idea de que un libro de cuentos debe llevar por título el de uno de los cuentos y enseguida me pareció que ese los englobaba a todos. No sé bien por qué, muchos me han dicho, la editorial, el tapista, que era muy bueno el título. Sentí que era ese y ya no lo pude mover. Quizá porque es un poquito irónico, en el sentido de todo lo que sucede en el libro que parece tranquilo, las vidas o las personas que aparecen, pero en la vida de tanta gente hay un universo que a veces no se ve a simple vista. A mí me gusta mucho hurgar en las "vidas comunes", esto entre comillas, claro, me gusta mucho esa zona de la escritura, no tanto lo heroico, lo grandilocuente, sino ese lugar más pequeño. O a veces la heroicidad de ciertas vidas que pocos valoran o parecen no tener importancia. Me gusta hurgar en esa complejidad del vivir.
   —¿En estos cuentos vos apelás a lo íntimo, a lo mínimo, y eso pareciera que te permite profundidad, hondura, en la trama de la escritura?
   —Sí, claro, es ese tono menor que a mí me gusta mucho leer también. Porque yo creo que en lo íntimo, en lo cotidiano, en lo pequeño, en todo eso, se puede ver una metáfora de lo público. Por ejemplo, en ese cuento que vos decís, el que da título al libro, se ven esos hermanos, cómo han sido los padres, cómo es ese vivir en el campo, esa censura familiar... no son grandes desgracias, son como cosas que van amputando las vidas de las personas, y no siempre las personas tienen la fuerza para rebatir eso. Entonces, es como mirar en esos dramas en sordina, apenas.
   —¿Y vos aprovechás pequeñas hendijas que aparecen en esas vidas para mirar y ver qué pasa? Y elegís para nombrar al libro un cuento que justamente se juega sobre lo que no se puede nombrar...
   —Exacto. Esa cuestión de los hermanos que no sabés, digamos, si ahí hay un deseo que supera la condición de hermanos, pero que a la vez no se puede actuar porque prima la represión, o no sé qué será, esa zona indecisa. Yo no quería definir algo ahí, en el final quería dejarlo como en esa ambigüedad, en parte porque ya son viejos y porque me gusta que el lector también se quede ahí, en esa zona difusa.
   —Las historias muchas veces son eso, lo familiar, lo que no se dice, lo siniestro, aislarse para estar juntos, la vida en el campo, la soledad o lo solitario.
   —Sí, todo eso, en realidad eso que voy contando tiene que ver con cosas que conozco bastante. No la historia en sí, porque son historias ficcionales aunque a veces hay situaciones que he visto ha lo largo de mi vida, que me aportan algunas cosas para la construcción de esas historias, Pero sí conozco mucho los paisajes, las escenas, la vida en la llanura, la desesperación de los que dejaron sus tierras y viven en otras. Las he visto por observar vidas que he tenido cerca.
   —Las mujeres aparecen en primer plano en estos cuentos ya sea por presencia o por ausencia. ¿Hay una cuestión deliberada de que sea así?
   —No fue deliberado. A mí la cuestión de la mujer siempre me ha interesado mucho. Bueno, la problemática de las mujeres en general. En mi vida, la relación con las mujeres que estuvieron antes en mi historia familiar, tengo dos hijas mujeres, una complejísima e intensísima relación con mi mamá... Siempre me ha interesado mucho el universo de las diversas formas de ser mujer. Siempre me he corrido de ese lugar de un deber ser mujer heroico, ese lugar más bien conservador. Siempre busco mirar la complejidad. Y yo tengo Cacería, un libro que trabaja más en la contundencia de esa problemática. Acá es más en el susurrro, en aquel libro había una unidad ya que todos los cuentos estaban contados por una mujer, ya sea porque le daba la primera persona o porque era un narrador focalizado en un personaje femenino. En este me pareció que no, porque está el cuento del viejo, del hijo, el de la noche de Villa Crespo contando desde la historia de un hombre. Pero después, viendo el conjunto, pensé "claro, ahí están ellas", ya sea por ausencia o por presencia en demasía. No es algo deliberado pero me atraviesa tanto que aparece.
   —Algo que sí se nota es tu voluntad por construir narradores...
   —El narrador es algo que me fascina, para mí es el centro de todo. Si yo no tengo ese narrador, no me largo a contar. Aquí aparecieron pronto los narradores, a veces me cuesta mucho encontrar desde dónde contar, y no empiezo si no tengo como esa primera frase que indica una voz. Porque para mí escribir, que por supuesto es varias cosas, es un lugar para comprender algo de la vida que no he comprendido, de la condición del otro que me parece no entender, y entonces darle la palabra a un narrador para que desde ese lugar, no desde el mío, de la autora, sino desde ese lugar ficcional, yo pueda intentar mirar. Ese es el desafío o placer de escribir. Entonces eso también hace que cada proyecto de escritura sea un poco batirme a duelo con mis prejuicios. Por ejemplo, el de la redentorista. Yo estoy formada como católica, como mucha gente en este país, y siempre digo que soy una católica que perdió la fe en la adolescencia. No me parece malo que una persona se pueda sostener en la vida con la fe, quizá me hubiera gustado que a mí me hubiera pasado eso. En ese cuento está esa mujer muerta, sobre la que quizá se piensa que no hizo nada porque no tuvo una vida profesional, como nuestras madres o suegras, y está también esa otra mujer más joven convocada para un responso que pregunta "¿es verdad que no ha hecho nada?". Bueno, eso es como un desafío, un cuento como un camino a recorrer, a lo que me depare, no con un trazo definido, sino para ver hacia dónde me lleva la escritura, eso es lo que más me gusta.
   —¿Trabajar en particular para encontrar el narrador te ayuda a conseguir el tan ansiado verosímil?
   — Claro, es que va todo junto. Cuando yo leo, a veces e incluso escritores reconocidos, de pronto me doy cuenta de que algo me saca del pacto de ficción y es ahí cuando descubro que el narrador no está bien trabajado, es que tiene que sonar todo como una sola voz, porque un cuento no es mostrar algo sino que alguien susurre al oído una historia, entonces esa voz tiene que sonar todo el tiempo verdadera.
   —Y en tu caso tiene que tener cierta autoridad por la elección que vos hacés de escritura al trabajar como sobre los escombros, los residuos de una historia.
   —Sí, tal cual, eso, los escombros, los residuos, es lo que más me interesa, lo que queda como en los márgenes, porque esto que les pasa a los personajes me parece que tiene que ver con lo que dejaron a un lado. A veces en la vida uno llevado por algunas determinaciones, algunas certezas o algunos prejuicios va en una dirección y deja de lado algunas cuestiones, por menores, supuestamente, y después vuelve la cabeza y ve que en esos residuos, en esos restos, había verdades que se nos pasaron por alto. Incluso una posibilidad de vida que se pasó por alto. A veces lo que parece mejor no siempre lo es. A veces uno elige y cree que no está eligiendo, y a veces cree que está eligiendo con total libertad y en realidad nuestra libertad es magra, la libertad humana es magra, porque uno elige siempre en determinados contextos.

   —¿Hay cierta cuestión piadosa tuya como autora hacia ese tipo de personajes?
   —Sí, eso, eso me atraviesa cuando escribo mirando a ese otro, porque quién sabe que hubiese hecho uno en esa circunstancia. Trato de no ponerles mi camino, los sigo, intento comprender por qué van, hacia dónde van.
   —¿Y en esas maniobras es donde se ve cómo se imbrican imaginación y escritura?
   —Por eso la frase de cita en el primero de los cuentos: "Siempre dejo algo afuera cuando digo la verdad". Lo que alguna vez vi u oí, imágenes que vi al escribir, lo conocido y lo desconocido, ese juego entre realidad y ficción, todo eso, se pone en acto todo el tiempo en mi escritura.
   —A lo que hay que agregar tu propia huella personal, lo biográfico, ¿es posible no aparecer?
   —Esto que hablábamos de una cierta piedad mía respecto de los personajes es algo que forma parte de mi ser en el mundo. A veces yo he creído ser despiadada en lo que contaba y algo de esto, de la piedad, me lo señaló alguien alguna vez, Liliana Heker cuando escribió algunas líneas para la contratapa de Cacería. Y claro, hay muchas cosas en los cuentos que refieren a algún recuerdo, alguna imagen, alguna palabra pero debo decir que no es la vocación de contar mi historia sino que, en todo caso, hay algo de mi caja de resonancia, baúl o depósito de experiencias, imágenes o emotividades, que utilizo cuando los necesito en el proceso de escritura.
   — Justamente, ¿las imágenes no son un tema menor en tu escritura? Vos manejás el lenguaje de la imagen, buscás el foco, los encuadres, los fuera de foco...
   —Sí, sí, me gusta mucho el cine, la narrativa y la figura del narrador y su relación con lo contado, su proximidad o lejanía. Y también soy una consumidora muy intensa de las artes plásticas y de la fotografía. No sé hacer buenas fotos ni sé pintar, pero he visto mucho arte. Me interesa mucho el punto de vista de lo que se muestra, porque eso también está en mi condición, en mi propia vida. Para mí las cosas no son las cosas sino atravesadas por quien las mira y desde qué condiciones sociales, políticas, económicas, de vida, las mira. Por eso me interesa tanto el narrador.
   —La identidad, la memoria y el olvido, las palabras a disposición, son lugares que visitás a través de la escritura. ¿Esta cadena puede ser pensada como algo vital en vos?
   —Sí, es algo como ideológico, si querés llamarlo así. Siempre he sentido, yo, persona, no como escritora, que la belleza de la vida es volver cada vez más consciente nuestra presencia en el mundo, vivir con intensidad eso que trae la vida, tanto lo bueno como lo malo, lo difícil también, atravesarlo. En la novela Lengua madre puse una frase que le hice decir al narrador referida a que la estremecedora belleza de la vida consiste un poco en eso: vivir con intensidad, deseo y con responsabilidad lo que uno hace.

El juego de las citas

Una cita antecede cada cuento, un detalle que habla de María Teresa Andruetto como lectora. Mary Oliver, Georg Büchner, John McGahern, Wieslawa Szymborska, Oliver Sacks, Isak Dinesen, Raymond Carver y Alice Munro conforman la constelación de autores que la escritora eligió para introducir cada uno de sus cuentos. "A mí me gusta mucho encontrar la cita adecuada para un cuento —dijo Andruetto—. Son citas que tienen mucho de la esencia del cuento. Las encuentro después o durante la escritura, y algunas veces cuando el cuento está terminado. Yo soy muy lectora y tengo cosas marcadas en los libros, tengo muchas cosas en libros que he leído y que las marco para citas, sin saber para qué van a ser. Y entonces cuando los estoy escribiendo a veces me aparecen esas relecturas y me voy al libro a buscarlas".

Escribir, esa suerte de pulsión

Escribir,
esa suerte
de pulsión

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