Cultura y Libros

El primer cronista del Rosario

Me llamaban el tolerable autodidacta. Me conformo con que digan de mí: Pedro Tuella, el primer cronista del Rosario.

Sábado 01 de Diciembre de 2018

Me llamaban el tolerable autodidacta. Me conformo con que digan de mí: Pedro Tuella, el primer cronista del Rosario.

Cuando divisé el puerto en el Río de la Plata, se terminaba el viaje por el Atlántico, se apagaba el sonido de las olas, el crujir de las maderas del barco atiborrado de gente, desaparecía la inmensidad del cielo. A mis veintiún años, la villa de Naval, mi pueblo de Aragón, se volvió un recuerdo melancólico. Desarmé mis valijas en Montevideo, donde ejercí como maestro de escuela, volví a repetir la escena cuando arribé al Chillán, un colegio de la misión guaraní de Itapúa, Misiones, donde di clases durante quince años. Después desembarqué, accidentalmente, en el Rosario, poblado de escasos ranchos de barro y tolderías, donde todo estaba por hacerse. Uno de los tantos españoles que se había radicado aquí se encargó de darme la bienvenida.

Fui nombrado Receptor de la Oficina de la Real Hacienda de la ciudad de Santa Fe y administrador de Rentas de Tabaco y Naipes. Como súbdito del rey, como administrador de la aldea debía escuchar las reiteradas quejas de los vecinos por los altos impuestos que pagaban, las pocas ventas y el incesante contrabando de mercaderías que llegaban desde Colonia de Sacramento.

También fui pulpero. Coloqué trastos, cajones y pequeños bancos para la charla distendida. "Pague y les doy", les decía a los clientes que llegaban para comprar vino, aperos, fideos, anzuelos, telas, sombreros, naipes y tabaco.

Los domingos después de misa, mientras en las casas se jugaba a la báciga y se tomaban mates, y otros se dedicaban a sacar un pacú del Paraná, me encargaba de recitar letanías a Dios a las señoras en el interior de la capilla.

En una aldea analfabeta, era el único habitante que estaba suscripto a El Telégrafo Mercantil, el primer periódico de Buenos Ayres donde escribían Manuel Belgrano y Juan José Castelli. Tenía ocho páginas, salía los miércoles y sábados, pero luego sólo los domingos. Allí publiqué una crónica de la que se ha hablado por siempre: Relación del pueblo y jurisdicción del Rosario de los Arroyos. Un grupo de calchaquíes buscó refugio en el norte chaqueño pero los abipones y mocovíes, guerreros de temer, originarios del lugar, lo impidieron. Sobrevivientes de una peste que diezmó a la tribu liderada por el cacique Tomás Lencina, llegaron a la reducción (a la fe católica) del río Salado, guiados por misioneros franciscanos. Levantaron una capilla con la imagen de Nuestra Señora del Rosario que les había donado el sargento de la familia Montiel.

1720 fue un año violento en la ciudad de Santa Fe. Al mando del cacique Lariguá, los abipones bajan del norte y llevan adelante vastas incursiones en las estancias para apoderarse de ganados, objetos y cautivos, que otorgan prestigio y reconocimiento político a los jóvenes indios. El panorama es devastador, la guerra no cesa hasta la destrucción de la reducción del pago del Salado.

Con su brazo de plata colgado al cuello como un blasón honorífico, el gobernador y capitán general del Río de la Plata, Bruno Mauricio de Zavala, llega a Santa Fe. La ciudad agoniza, está despoblada por la hostilidad de las naciones bárbaras y la peste de viruela, vecinos reducidos a yertos cadáveres, y pobladores en continuo movimiento, siempre vigilantes en su propia defensa, de día y de noche. Aun en el momento de ir a misa entraban a los templos con las espuelas puestas y las armas en las manos, dejando en la puerta a los caballos ensillados. Era tal el asedio que para traer leña a dos leguas de distancia se juntaban todos los dueños de carretas y salían con escolta, o con una guarnición de cien hombres para asegurarse el alimento en la otra banda del río Paraná. El gobernador Zavala tiene una idea: trasladar toda la población, desde el Carcarañal hasta los arroyos del sur, donde se ha retirado parte de la vecindad, y, como ya lo había hecho con Montevideo, fundar una ciudad.

—Lo he visto con sus propios ojos, no hay pueblos ni villas allí, apenas algunas casas de campo —le escribe Zavala al rey Felipe V, a la espera de una señal de aprobación que nunca llegará.

Fui el primero que se atrevió a asegurar, usando como fuente el relato oral, como si eso fuese una impostura, que el Rosario fue fundado por indios.

El principio de este pueblo fue en 1725.

Había por las fronteras del Chaco una nación de indios reducidos, pero no bautizados, llamados calchaquíes o galchaquiles, a quienes les hacían la guerra e incomodaban mucho los guaycurúes, nación brava y numerosa. Era muy amigo de los calchaquíes don Francisco Godoy, quien para libertarlos de estas extorsiones los trajo a estos campos. Godoy se vino con ellos y con su familia, a quienes siguió su suegro, el capitán Nicolás Martínez. No tardaron en venir otras familias que entablaron estancias, porque a lo agradable de estos campos se les sumaba la conveniencia de tener subordinados a los calchaquíes que eran guapos, pero conducidos por los españoles defendían estas tierras contra todo insulto de los indios infieles.

Godoy nació en tierra de caracarás, timbúes y corondas, respetuosos del gran río al que veían como una creación sobrenatural, y continuó la idea que pregonaba el gobernador Zavala. A Godoy, el amigo cristiano de los indios reducidos, no le resultó difícil convencer al cacique Lencina de trasladar a su pequeña tribu calchaquí. El jefe indio escuchó atento el relato de la existencia de tierras regadas por arroyos en un lugar incierto llamado el Rosario. Había que huir de los indios invasores.

Godoy y su suegro Martínez levantaron una casa de techos pajizos y paredes de ladrillo crudo a pocos metros de las tolderías que los calchaquíes montaron, a metros de la plaza Mayor, fabricadas con troncos, ramas de árboles, cuero de potros y espontáneamente dieron origen al primer poblado en tierras de don Domingo Gómez Recio, el nieto de Romero de Pineda, el primero en instalarse en el Pago sin ánimo de fundar nada.

¿Cómo? ¿Hay historiadores que sostienen que Godoy nunca existió? ¿Mito? ¿Me acusan de escribir un relato ingenuo por el solo hecho de no haberse encontrado la fecha de nacimiento del fundador (impostor) en los libros parroquiales o en las escrituras públicas que se tomaron el trabajo de revisar? ¿Se burlan de mí por haber insinuado que los calchaquíes fueron los primeros rosarinos? Han argumentado los investigadores sobre la invención del acta fundacional, han dicho que describí un escenario imaginario, me calificaron de peculiar personaje en busca de una historia oficial con contenido simbólico más que por la validez de los datos vertidos.

El "historiador" del Rosario dijo que fue un nacimiento espontáneo por necesidades espirituales antes que políticas, algo —cito— harto más honroso que el artificio de cualquier hipótesis indemostrable tejida a base de indios vagabundos.

Señores, a las pruebas me remito:

¡Yo no inventé al capitán Nicolás Martínez! El capitán era hijo de Melchor, quien había sido propietario del terreno donde se fundó Coronda, y un importante estanciero.

Acta de cabildo de Santa Fe, del día 26 de junio de 1720: El Capitán Nicolás Martínez que a expensas del Cabildo edifica una Capilla en el pago de Coronda, pide la ayuda de una licencia para traer vacas de la Otra banda del Paraná. Se determina darle la Providencia conveniente. El capitán Martínez se casa el 17 de noviembre de 1680 con María Cristal. Una de sus hijas, Micaela Cristal, contrae matrimonio el 20 de abril de 1704 con Francisco Godoy, quien tendría 20 años. La pareja tuvo una hija a la que bautizaron el 16 de junio de 1707 con el nombre de María Josefa. (Las partidas de casamiento están a disposición de los incautos).

En 1732, el capitán seguía viviendo en el Rosario. Fue padrino de un casamiento de Ignacio Zaperón, y un año después de un niño. Hay otros Godoy viviendo en la aldea, Elvira y Bernarda (tal vez hermanas de Francisco), José, Gerarda, Gerónimo y Esteban Godoy, testigo del casamiento de indio Francisco, también llegaron al Rosario otros Godoy, Salvador y su hijo Pedro, Sebastián para acrecentar las relaciones de familia y con ellos llegaron Antonio Ludueña, Luis Farías, Santiago Montenegro, Miguel Arias Montiel…

¿El Rosario es hija de nadie? ¿Se puede decir desembozadamente que nació por generación espontánea? No. Godoy, Francisco, no tuvo el propósito de fundar ciudad alguna pero sí de poblarla con los emigrantes de Santa Fe. Pero con su humanitarismo y con la colaboración de los indios, y no en estado de guerra con ellos, Godoy dejó una huella cuando se levantó el rancherío.

Capítulo incluido en el libro Desde el Rosario (Homo Sapiens Ediciones) que se presenta el martes 4 de diciembre, a las 19, en el Centro Cultural Fontanarrosa.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

script type="text/javascript"> window._taboola = window._taboola || []; _taboola.push({flush: true});