−En su primer tercio de vida, el diario tuvo una propuesta periodística medio pobre. El Herald nació como la hoja de servicios para el puerto y para el comercio −incluso se asumió por momentos como el órgano de lobby de los intereses británicos y rendía tributo a Su Majestad− y se automarginó. Si bien apareció muy temprano la mirada del desarrollo de la noticia, la primera explosión informativa cotidiana, metódica, fue la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, la fuerza informativa del medio se construyó en las décadas del 60 y del 70: a esa altura, el Herald ya era un diario singular para el panorama mediático de Occidente, porque no había muchos diarios de habla inglesa en una capital de habla castellana. Eso se logró, por un lado, por la particularidad de la comunidad de habla inglesa y por las características socioeconómicas de la Argentina, que estaban por encima de casi todas las capitales de habla castellana. La comunidad británica había sido muy endogámica y se había reducido mucho, pero la década del 60 es un período de multinacionales, y ese escenario le da al Herald otro horizonte más allá de la comunidad británica y del lobby de negocios. Como director, Robert Cox aporta una mirada periodística −con su impronta y su ideología−, pero lo que le dio una fuerza simbólica excepcional fue el proceso de la dictadura, que son los años emblemáticos del Herald.
- Un elemento muy presente en el libro es el cambio en el lectorado, de la mano con las transformaciones socioeconómicas del país. ¿Quiénes fueron los lectores típicos del Herald a lo largo de los años?
−El primero es la comunidad de negocios extranjeros: el Herald se propone darles un servicio a inversores, comerciantes, bonistas, público financiero. Tempranamente, a principios del siglo XX, aparecen suplementos para la mujer, que reflejaba que el Herald entraba a las casas. Eso tenía que ver con una comunidad británica que no había sido masiva al nivel de la italiana, la española, la rusa −contando todas las nacionalidades de las islas británicas estaba en el orden de las 60 mil personas− y que asumía que estaba de paso . Los textos históricos muestran una mirada bastante despectiva pero también de cierto entusiasmo con el progreso de Buenos Aires. A partir de la guerra el Herald se dedica a otro público y ya la década del 30 lo encuentra con crónicas más urbanas, con opiniones políticas, en diálogo con los que se han vuelto al Reino Unido a la Primera Guerra Mundial, con las inversiones inglesas que entran en la siderurgia, el agro y los frigoríficos. Luego, como dijimos, aparecen los ejecutivos y después llegan finalmente esas mujeres que no hablan inglés, que apenas sabían algo del Herald y van en procesión a la sede de Azopardo y desbaratan la redacción del diario. A partir de los 70 y los 80 se incorpora el mundo educativo de las academias de inglés, la élite cultural y claramente las embajadas, especialmente durante la dictadura. Lo que se dio es una especie de empate de lectorados: mundo de los negocios, familias británicas antiguas, turistas, embajadas, mundo vinculado a los Derechos Humanos. Ninguno era claramente prevaleciente y eso fue una dificultad para la dirección, para encontrar un rumbo y un sustento económico.
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- ¿Se puede identificar aunque sea el trazo grueso de una línea editorial permanente en 140 años?
−Podemos decir que desde 1876 hasta la década del 1980 fue un diario liberal conservador. Y cuando se metió en política, que es justamente cuando comienzan los golpes de Estado, dijo presente siempre: de 1930 a 1976 los apoyó a todos, los reclamó. La llegada de Cox respeta la visión antiperonista de derecha. Muchas veces se dice que el Herald era un diario liberal, liberal a la inglesa, y por eso se rebeló contra la dictadura, y no es así. Las páginas dicen que era un diario liberal conservador, más parecido a La Nación y La Prensa que a The Guardian. Claramente, con la llegada de la dictadura hubo una ruptura porque el Herald confronta con parte de su entorno cultural, con su propietario y con algunos editores. Cox, que era un conservador cristiano con una mirada humanista que vivía en la avenida Alvear y dialogaba vis a vis con el establishment, es acusado de comunista por ese entorno y por los lectores. Terminada la dictadura, hay una discusión sobre qué Herald tiene que seguir: el de la agenda de los derechos humanos, el conservador antiperonista, el que está a favor de la economía abierta. Esa puja duró cuatro décadas.
- Cuando uno repasa la historia aparecen tres nombres asociados al Herald: Robert Cox, Andrew Graham-Yooll y James Neilson. Me gustaría que cuente qué le aportó cada uno al diario y cómo fue la relación entre ellos a lo largo del tiempo.
−Los tres tienen historias familiares con traumas fuertes y representan tres estilos periodísticos muy distintos. Andrew pateaba la calle, Cox iba a los despachos y Neilson observaba desde el altillo. Eso tuvo con la dictadura un derrotero muy disímil −aunque los tres coincidían en que estaba mal que secuestraran a la gente de noche y la torturaran con picana− y cada uno abordó el tema con sus contradicciones. Ahora bien, creo que cuando una redacción chiquita −en la que incluso había sobrevivientes del Holocausto− vive un momento de tanta densidad, se le meten los represores en los despachos, hay sospechas mutuas, crece la tensión con uno de los dueños y el público , ya la vez el Herald hacía la tarea de salvar vidas, no hay forma de que salgan tres amigos tomando whisky como en una película. Evidentemente, salieron peleados.
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- En el libro señala que la guerra de Malvinas planteó una serie de dilemas al Herald. ¿Cómo los abordó el diario?
−Primero hay que remitir a cómo llega el Herald internamente a Malvinas: con Andrew que vivía hace seis años en Reino Unido y es enviado por el Guardian el 3 de abril, con Robert Cox exiliado hace dos años, con vocación de volver y con la convicción de que lo estuvo traicionado en la cúpula del Herald. Se les plantea el dilema de cómo llamar a las islas y las nombran una vez Malvinas y otra vez Falklands. Cox, dolido, dijo que el Herald fue el diario de la Armada y la acusación es injusta: hubo opiniones cercanas a la posición militar pero también hubo críticas y severas. El episodio concluye con la ida de Andrew después de una golpiza, Cox toma distancia y Neilson −que había recibido amenazas y se había ido del país− vuelve de Uruguay.
- Me interesa consultarte cómo vio el Herald la década menemista, teniendo en cuenta que fue un experimento de desregulación económica pero llevada adelante por un peronista.
−Uno podría concluir que hasta Menem el Herald, además de apoyar las dictaduras, había sido un diario oficialista casi todo el tiempo. Excepto con Alfonsín, que fue un motivo de distanciamiento entre ellos porque Neilson retomó la agenda conservadora liberal y a Cox le pareció mal. En las elecciones de 1989 el diario se inclinó por Angeloz, Menem causaba espanto, pero rápidamente las primeras medidas promercado seducen al Herald, aunque toma distancia con los indultos y el Swiftgate. En 1994 vuelve Andrew −dieciocho años después es otro Andrew, con la familia crecida, él con otras ambiciones y mucho más relajado− y tenía alguna simpatía por Menem. Dice que le consiguió sacar una sonrisa a un país que no se ríe de sí mismo, dice que no comparte los indultos pero los entiende y reparte un memo interno que dice “no somos más el diario de los derechos civiles, damos vuelta a la página”. Ya hacia el fin del menemismo el Herald entra en problemas económicos −el mecenas de Charleston estaba grande−, el propio Andrew tiene problemas de salud severos y el diario cruje.
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- En el caso Nisman tuvo protagonista un periodista del Herald, Damián Patcher. ¿Cuál es tu mirada de lo que sucedió y por qué usaste la famosa frase de Marx del 18 Brumario?
−Él en su franco se enteró de la muerte de Nisman y tuiteó que aparentemente se había suicidado. Eso concita una enorme atención en el Herald, a la mañana siguiente atendí a diarios de todo el mundo. A su vez, en esos cuatro días habíamos percibido que la denuncia de Nisman no parecía tener una ilación mínimamente considerable y se había dado en el marco de lo que parecía una operación de inteligencia poderosa y burda a la vez, con intervención de servicios locales y extranjeros. Pachter estaba calmo y al cuarto día se va de buenas a primeras porque dice que un cable de Télam con un error ínfimo había sido un mensaje mafioso para él. Parte a Mar del Plata, lo recibe a la madrugada un hombre con vínculos con servicios de inteligencia, que lo ayuda a salir del país, y se saca una foto en Aeroparque minutos antes del embarque. Hay una foto emblemática de Cox en Ezeiza, en diciembre del 79 con su familia minutos antes de partir. Por eso, que cada uno vea las pruebas y por eso digo que una de las fotos es tragedia y la otra es farsa.
- ¿Fueron tus objetivos en la dirección del Herald?
−A raíz de que el perfil del Herald estaba de alguna manera en disputa y yo me quedaron con la noción de que el Herald era el único diario que había denunciado los crímenes de la dictadura, me pareció interesante hacer un diario liberal, que dialogue con la comunidad de negocios pero que también asuma una agenda progresista en derechos civiles y políticos y que retome la tarea de memoria, verdad y justicia sin que eso fuera lo único en agenda. Creí que el rumbo debe ser un diario liberal, no polarizado, que se apegara a los hechos. Ese camino ya es complicado de por sí en el ecosistema de medios argentinos, y hacerlo con un diario en inglés, con la suma de todas las crisis, como la de la industria y la del propio medio −que en 2015 es comprado por Indalo y un año después de las relaciones con el gobierno de Macri se desbaratan por completo y había funcionarios que querían meter presos a los dueños−, era difícil. Con una redacción tan pequeña y mis errores, más difícil todavía.
- ¿Qué perdió el ecosistema mediático argentino con la desaparición del Herald?
−Diría que se perdieron dos cosas. Uno es este lugar de centroizquierda plural −muchas veces asociado a "Corea del Centro", un concepto que no me gusta−, y el otro es un activo único: el relato de un país en inglés. Que hubiera una redacción de quince personas en la ciudad de Buenos Aires con la agenda cotidiana en inglés sobre el Cono Sur de América Latina era algo que no estaba en otro lado. Eso le hubiera dado sobrevida al Herald si hubiera habido, por ejemplo, una apuesta por una web navegable.
Un fragmento del prólogo del libro, escrito por Sergio Olguín
Ángel y demonio
Coherente con su postura histórica, el Herald apoyó el golpe de Estado de 1976. No escatimó alabanzas a la hora de hablar del presidente de facto Jorge Rafael Videla. Tanto Robert Cox como otras firmas importantes del diario fueron defensores apasionados de la política económica de José Martínez de Hoz y su segundo, Guillermo Walter Klein (amigo de Cox). Y, sin embargo, en la redacción del Herald, de la mano de Cox y Graham-Yooll, se produjo uno de los momentos más dramáticos y emocionantes del periodismo argentino: cómo un diario de corte liberal en lo económico, antiperonista en el ADN y golpista friendly, se convierte en la voz de los familiares de los detenidos y desaparecidos por la dictadura. No solo eso: el propio Cox se ocupó de llevar sus artículos traducidos a los máximos responsables de la dictadura (Videla, Harguindeguy, Massera) para, de alguna manera, presionarlos. Resulta conmovedor ver que su campaña de denuncia de unos chicos robados por militares culmina con la devolución de los pequeños a sus abuelos. O el testimonio posterior de familiares, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, que vieron en Cox un ángel protector. Orgullosamente, Cox puede decir que su actitud salvó vidas.