Cultura y Libros

"El medio es siempre hostil con las mujeres"

El caso de Lila Gianelloni (1959) es atípico: escribe desde siempre, pero recién ahora se lanzó al ruedo con Mapamundi, un libro de cuentos sensibles y profundos.

Domingo 24 de Febrero de 2019

Entrañable es la palabra que resume los nueve cuentos que componen Mapamundi, el primer libro de Lila Gianelloni (1959), docente, escritora y actriz que obtuvo dos veces la mención del Fondo Nacional de las Artes y que, pese a escribir desde muy joven, recién ahora empieza a publicar. "Escribo desde siempre, una cosa es escribir y otra que se sepa que una escribe. La escritura, como cualquier arte, no es solo lo que una produce, es una red de relaciones. Yo vivo en el Saladillo, tengo cuatro hijos que ahora ya son mayores, estoy jubilada pero tuve dos o tres trabajos a la vez y una vida social escasa. Para una mujer en esas condiciones no fue sencillo salir al mundo", dice Lila. Sin embargo, ni la falta de tiempo ni las múltiples actividades hicieron mella en esta mujer de sonrisa generosa. Dos de las escritoras de mayor importancia a nivel nacional fueron sus maestras. Se trata de Samanta Schweblin y Liliana Heker, quien presentó Mapamundi en Buenos Aires y con la que Gianelloni trabaja a modo de clínica su material. Lila es afectuosa en el hablar, tiene el don de la pausa y la mirada sincera. Algo de eso tiene el personaje principal de todos los cuentos de Mapamundi: una niña criada por sus abuelos que vive en una zona rural y que mientras descubre el mundo también arma su propia historia familiar.

Lila es un nombre peculiar que ahora está de moda...

—No era un nombre común cuando yo era chica, pero no me molestaba, creo que porque es una flor y un color, pero más que nada porque no me había dado ningún trabajo aprender a escribirlo. Es la brevedad misma. Cuando tenía trece o catorce años, esa edad en la que solemos observarnos en forma despiadada en todos los aspectos, iba a un taller de pintura, al estudio del pintor Marcelo Dasso. Era la más chica de sus alumnos y él me había tomado cariño. Cuando yo llegaba, subía las escaleras del taller, en la calle España, que eran largas, entonces él se iba al piano y tocaba una canción antigua, en francés y era más o menos así; la la la lalala, lala lilas blanc y ese recibimiento era una fiesta, yo era bienvenida.

El taller de Dasso fue muy conocido en la ciudad...

—Sí, fue un maestro de artistas, era francés, recuerdo a Norberto Moretti que pintaba al lado mío, era más grande que yo pero era un joven que pintaba zapatillas Flecha en medio de naturalezas muertas. Yo estaba en la carbonilla, primera etapa del aprendiz, y miraba de reojo. No decía una palabra, solo miraba. Tengo entendido que también Fontanarrosa pasó por ese taller. Antes, yo había sido alumna del querido Domínguez, de su taller de las islas, era maravilloso. Todavía dibujo, o pinto, con felicidad clandestina.

¿Sos de las que se sientan cuando tienen el cuento escrito en la cabeza o de las que van haciendo el cuento en el proceso?

—La escritura me ocupa bastante tiempo de pensamiento. No de manera consciente, pero supongo que, aun cuando no lo sepa, la materia oscura debe estar trabajando. Cuando aparece una mancha, algo que puede ir conformando algún día un cuento, lo dejo avanzar. Cuando creo que lo tengo, escribo. Al principio no sé dónde voy, sólo lo intuyo y sigo adelante. Eso valoro de la ficción, de las historias, que no se detienen, que, por más tristes o azarosas que se presenten, siempre avanzan, es un optimismo imperceptible del mismo hacer.

¿Cómo es el momento de la corrección?

—Generalmente termino de escribir, lo imprimo, lo dejo al lado de la cama y digo "mañana será otro día". Y hay algo muy hermoso que es abrir los ojos y manotear lo que una escribió el día anterior, ese momento en el que una está tan dormida, antes de poner un pie, ve cosas que ya no las va a ver cuando se incorpore y desayune. A la mañana una tiene esa energía tan linda de recién levantada, lo hice siempre aunque me levantaba muy temprano porque trabajaba lejos de mi casa.

¿Te llevó mucho tiempo entrar al universo de Mapamundi?

—Este libro no demoró tanto porque se instaló una voz y se hizo como una puerta en la que se volvía a repetir esa voz. En el medio escribí otra cosa pero esa voz volvía, así que le tuve que hacer caso. La corrección me llevó tres o cuatro años.

¿Escribís con un lector modelo en la cabeza?

—No. porque si escribo con eso directamente no escribo, la idea me da un susto bárbaro, pero sí me gusta que mi material sea para todo público.

¿Qué libro creés que es para todo público?

—El guardián en el centeno (Salinger) se lo daba a todo joven que empezaba a leer y nunca me falló. Creo que ese es el modelo. A mí me gusta Retrato del artista cachorro, de Dylan Thomas, que no se edita más. Es un libro hermoso y que creo que puede ser leído por todos. Y también puede ser algo de Conrad, el mismo El corazón de la tinieblas, que me lo sé de memoria.

¿Había biblioteca en tu casa?

—Sí, enorme, porque mi mamá, que murió muy joven, había estudiado la carrera de Letras y entonces en mi casa yo veía esos títulos que no podía leer como el Ulises y decía qué habrá acá adentro. Y mi abuela era una gran lectora también, al igual que mis tías.

Obtuviste en dos ocasiones la mención del FNA... ¿Por qué recién ahora publicás, teniendo tanto material?

—Y… era esperar un momento: la soledad y aceptar la mirada del otro. Yo trabajé muchos años en el cordón al sur de la ciudad y mi vida estaba ahí, escribía en la biblioteca, en la escuela, en los recreos, mis alumnos decían qué estás escribiendo y a lo mejor hasta han leído mis cosas. Y de ahí esto de tratar de perfeccionarme, viajando a Buenos Aires los sábados o domingos. No es solo escribir, tenés que tener inserción, tenés que tener vínculos. El padre de mi hijo y mi hijo son personas conocidas que ocuparon el espacio, la escena, yo fui actriz en algún momento, pero también en algún momento tuve que sostener una casa, una familia, a mis hijos que eran muy chiquitos, los 90, el 2001 fueron momentos terribles. He hecho los trabajos más disímiles.

¿Cuáles?

—He hecho tortas, dictado talleres de teatro, he preparado alumnos en casa, todo mientras trabajaba también en la escuela. No sé, en un momento una amiga cortaba telas para un negocio en calle San Luis y me traía una caja para que yo atara los hilos. Otra vez me daban a pintar los marquitos de un caballete chiquito donde iba una frase muy cursi y un paisaje peor, pintaba de a miles y en el medio escribía y te voy a decir una cosa, el medio siempre es hostil con las mujeres. Pero yo no decía es para siempre; decía es posponer. Siempre hago el chiste de que entre todas las artes me dediqué a la escritura porque era la más barata y es la que podés hacer en tu casa cuando todos se van a dormir.

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