Literatura infantil

"El libro es un lugar donde estar toda la vida"

Horacio Cavallo es un escritor uruguayo que se destaca en géneros múltiples, entre ellos los textos dedicados a los chicos. Lo acaba de publicar un sello rosarino y dialogó a fondo con Cultura y Libros

Domingo 01 de Noviembre de 2020

“Uno cree que para ser lectores los chiquilines tienen que conocer un libro que les guste mucho, que los haga querer quedarse en ese mundo y estar toda la vida. Que el libro vaya cambiando, pero el lugar del lector no”, le dice a Cultura y Libros Horacio Cavallo, el multifacético escritor uruguayo, a propósito de la reciente publicación de Fábrica de escalofríos. 10 millones de poemas para combinar temblando. Se trata de un libro objeto, ilustrado por la rosarina Tati Babini, anillado y troquelado verso por verso para armar poemas, que lanzó Libros Silvestres como la mayor apuesta de este año pandémico, ¡aunque no la única! El sello rosarino de literatura para las infancias también se despachó en cuestión de meses con otros dos títulos: Cuentos rayados, de Laura Vilche, con ilustraciones de Miguel Mazza, y Los raros II, la continuación de las historias dadatrónicas de niños patafísicos, a cargo de la dupla integrada por el músico y escritor Marcelo Ajubita y el dibujante Gonzalo Rimoldi. Un pack de obras transgresoras, ricas y diversas en sus formas y lenguajes, que desafían a lectores y lectoras de todas las edades a participar de una o múltiples lecturas. En sendos reportajes (ver páginas 2 y 3) la autora y los autores comparten su mirada sobre la literatura infantil y juvenil, y cuentan sus experiencias de intercambio con su público lector, en este caso niñas y niños muy exigentes y creativos.

Horacio Cavallo nació en Montevideo en 1977 (vive actualmente en la capital uruguaya) y lleva publicada una veintena de libros de cuentos, narrativa y poesía, incursionando en casi todos los géneros literarios. Multipremiado en su país, es uno de los más reconocidos escritores uruguayos de su generación. “Yo escribo desde un lugar del que han ido saliendo tres novelas y un par de libros de relatos que son oscuros o como es el mundo para mí, terrible, y no invento nada, pero capaz que cuando hago literatura infantil intento correrme y escribir desde un lugar un poco más esperanzado, eso no quiere decir que vaya a escribir una literatura bobalicona para niños”, contó vía Zoom.

Un año atrás la editora de Libros Silvestres, Carolina Musa, le propuso llevar a cabo un experimento literario inspirado en el libro Cien mil millones de poemas, que el poeta Raymond Queneau publicó en París en 1961, desafiando las convenciones literarias y estableciendo un nuevo método de escritura. De allí salió Fábrica de escalofríos.10 millones de poemas para combinar temblando, un libro objeto con diez poemas de ocho versos troquelados que se pueden combinar casi al infinito, pero a diferencia del libro modelo de origen francés, la propuesta incluye la posibilidad de armar poemas ilustrados, con los dibujos de la artista rosarina Tati Babini. “Lo tuve que escribir en un archivo de excel para que me fueran cuadrando las permutaciones, tenía que verlo de alguna manera, que todos más o menos pudieran funcionar en distinto orden”, contó Cavallo sobre el complejo armado de esta obra que tiene maravillados tanto a grandes como a pequeños, a los dos lados del río de la Plata.

En tren de homenajes y tributos, Cavallo también es autor de una novela escrita en sonetos, con ilustraciones de Matías Acosta, titulada Los dorados diminutos (Ediciones del Estómago Agujereado, 2017) que surgió a partir de la lectura que hicieron ambos (poeta y dibujante) de El gran surubí, de Pedro Mairal. Aunque hace más de setenta años que en el género predomina el verso libre, la poesía versificada de métrica fija conserva (en el mejor de los sentidos) un lugar de culto entre escritores y lectores contemporáneos. “Cuando era un poeta joven y escribía en verso me sentía bastante marciano”, reconoció Cavallo, que el año pasado publicó, a través del sello porteño Calibroscopio, Poemas para leer en un año, un poemario almanaque donde dialogan haikus (para los días de la semana), tankas (para las cuatro estaciones) y limericks (para los meses del año).

“Me entusiasma escribir algo que tenga un sonido. A mí me gusta la rima por su musicalidad, porque me gusta mucho la música. Cuando hicimos El marinero del canal de Suez (Pípala, 2018), que tiene rima consonante y versos alejandrinos, ese libro podría ser una canción ilustrada”, ejemplificó. “Yo insisto en que el poema es como el pionono, depende con qué lo vas a rellenar. Yo he visto libros con métrica precisa y rima de estos tiempos que son preciosos, y uno no siente que sea cursi ni artificial, también hay muchos con rima que son horribles, pero también hay muchos de verso libre que son horribles”, meditó el escritor.

—¿Tenés un lector ideal o imaginario para escribir literatura infantil?

—Siempre caigo en el lugar común, que empecé a escribir para niños desde que le cuento cuentos a mi hijo, que ahora tiene trece años, pero cuando publiqué mi primer libro, tenía cinco. Empecé a escribir algunas de las historias que le contaba para que no se pierdan, y a tomar como referencia el momento en que estaba él, pero enseguida conecté con el Horacio niño que también estaba por ahí y que había tenido un montón de experiencias muy interesantes. Así que ese lector ideal es una mezcla de los dos. Intento no escribir solamente algo vinculado a mi infancia, sino también a la de los chiquitines. Por ejemplo, escribí una novela para pibes de diez años cuando estaban todos que se morían por el Minecraft, sobre todo mi hijo, y cuando iba a las escuelas y de pronto leía eso y causaba mucha sorpresa porque era algo que reconocían como propio.

—¿Tenés feedback con los lectores? ¿Sabés qué piensan de tu obra?

—Tengo bastante más comunicación con los niños que con lectores adultos. He recorrido muchas escuelas y colegios, y ahí los chiquitines te dicen todo lo que les pareció sin pelos en la lengua. Ese momento cuando uno está ahí y ve por qué lado fue, si gustó o no gustó y te abrazan, te piden que les firmes un papelito. Para mí esos momentos son la cosa más linda, sobre todo porque uno cree o siente que para ser lectores los chiquilines tienen que conocer un libro que les guste mucho, y que eso es lo que hace querer quedarte en ese mundo, darte cuenta de que el libro es un lugar donde estar toda la vida. Que el libro vaya cambiando, pero el lugar del lector, no. Como me pasó a mí de niño, me encantaría poder generarlo en otros niños. Me parece que sería divino y trabajo en ese sentido.

—¿Qué cosas te gustan o disfrutás de la literatura infantil?

—Me gustan mucho los cuentos maravillosos que no necesariamente son para un público infantil pero que tienen un peso siempre, que uno los puede seguir leyendo, como los cuentos populares mejicanos, o los cuentos populares italianos que recopiló Ítalo Calvino, por ejemplo. También me gustan los hermanos Grimm, y toda esa literatura que es para todos: un niño puede flashear y uno disfrutarlo mucho como adulto. También leo libros actuales de autores que fui conociendo como María Teresa Andruetto, Elsa Bornemann, Silvia Schujer, y de este lado del río también. Me gusta ver por dónde van otros, de qué cosas se agarran, estoy atento y por ahí quedo enganchado, me pasó con el libro Piedra, papel o tijera de Inés Garland, la protagonista tiene quince años pero recuerdo haberlo recomendado para esa edad en la librería donde laburo, porque eso también me da un panorama de lo que hay, de lo que llega a las librerías.

—¿Qué cosas no te gustan o no quisieras hacer dentro de la literatura infantojuvenil?

—No me gusta esa literatura que tiene como cometido enseñar, o incluso educar en las emociones. Me parece muchísimo mejor escribir una historia que pueda tener en el fondo una emoción pero que no sea el centro, que mi intención no sea querer transformar al otro y enseñarle de la vida. No me gustan los libros de autoayuda para niños y tampoco me gusta esa cabeza muy arcaica que toma al niño como un ente medio tonto o vacío al que hay que llenar. En términos de imaginación y de inventar historias los niños están muchísimo más adelantados que nosotros. Le exijo, a la literatura en general, un trabajo que salga realmente de adentro. Un compromiso creativo, intentar darlo todo para hacer un producto artístico lo mejor posible, contemplando que del otro lado hay alguien que merece de uno lo mejor.

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