La lista de los nominados al premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa 2021 es territorio sensible, como todo espacio que se proponga operador de legitimaciones, para quienes creen en la justicia poética. Durante la edición 2019 del galardón que entrega la cátedra Vargas Llosa y la Fundación Universidad de Guadalajara con el apoyo de la Feria Internacional del Libro de la misma ciudad, autoras como Rosa Montero, Lina Meruane, Claudia Piñeiro, Mariana Enríquez, Rosa Regás y Samanta Schweblin se manifestaron en contra de la falta de perspectiva de género en todos los aspectos del premio. Resultado de ello fue la carta abierta Contra el machismo literario que denunciaba la notable ausencia de mujeres en los paneles, en el jurado y en las listas de seleccionadas y seleccionados como posibles ganadores. Vale aclarar que, más allá del justo reclamo, la “perspectiva de género” redujo la cuestión, como suele ocurrir, a varones y mujeres, perpetuando por quién sabe cuántos siglos más las otras ausencias, las que nadie nombra.
Sin embargo, durante la edición de este año, la respuesta de organizadoras y organizadores se vio reflejada en un jurado presidido por Leila Guerriero y compuesto por Raquel Chang Rodríguez, historiadora de literatura, el doctor en literatura comparada Efraín Kristal, el docente y crítico literario Fernando Rodríguez Lafuente, la escritora y académica Rosa Beltrán y J. J. Armas Marcelo, escritor y periodista que participa de los debates pero no tiene voto en la elección de la ganadora o el ganador.
Por su parte, la lista de doce finalistas cuenta con destacados nombres de la literatura iberoamericana. Forman parte de ella la española Olga Merino por La forastera, el uruguayo Fernando Butazzoni por Los que nunca olvidarán, la mexicana Carmen Boullosa por El libro de Eva, Alejandro Zambra por Poeta chileno, el cubano Leonardo Padura por Como polvo en el viento, los colombianos Santiago Gamboa y Juan Gabriel Vásquez por Será larga la noche y Volver la vista atrás respectivamente y los españoles Juan Tallón por Rewind, Sara Mesa por Un amor y Rosa Montero por La buena suerte. La lista es coronada, finalmente, por las argentinas Selva Almada y Dolores Reyes, autoras de dos de los textos más potentes del 2020: No es un río (Literatura Random House) y Cometierra (Sigilo).
Con la irrupción de Almada y Reyes en el campo de la literatura nacional, hay algo del orden del lenguaje que de pronto brilla y se asienta revelándolas a ellas mismas –y a sus obras– como la voz propia de un cuarto que se hizo paisaje. Como parte de la lista chica de finalistas al Vargas Llosa, es evidente que el mundo confirma lo que sus lectores sospechábamos: en el ejercicio de sus literaturas la palabra se vuelve cuerpo en el espacio y ya no mera comprobación de una habilidad técnica o instrumento de una gran historia. Ambas autoras ponen a andar en el mundo obras que tensan en el lenguaje los límites de la forma y de lo narrable.
Selva Almada: “No es un río”
“Caminan por el monte de noche. Lo atraviesan al tanteo. Todo está tan vivo ahí adentro y ellos ciegos. Los velos de las telarañas se les prenden de los pelos, de la cara. (…) Las copas de los árboles se agigantan con la noche y apenas dejan ver, de cuando en cuando, una estrella o dos, un pedacito de cielo. Los pies tropiezan con raíces o se doblan los tobillos en la arena suelta. Cada tanto el brillo de unos ojos aparece y desaparece en la espesura: dos diminutas luces suspendidas que se apagan en un pestañeo. Los sonidos varían en intensidad a medida que se meten en el monte. Bichos, pájaros tal vez, que chillan todos juntos, asustados y al mismo tiempo amenazadores. Aleteos, pastos que se abren al paso de algo y vuelven a cerrarse tras la criatura. La vigilancia callada de arañas, insectos y culebras. La sospecha ominosa de las yararás”. Una sinfonía entrerriana del monte que cruje y chilla y todo a su paso se lo traga. Un río relativizado desde el inicio que, como la pipa de Magritte, no es un río. La pesca como ritual de iniciación para los varones de provincia que duelan a los suyos y se duelan a sí mismos.
Almada cierra con su última novela –¿o es acaso un poema de largo aliento?– la trilogía que comenzó con El viento que arrasa en 2012 y continuó en 2013 con Ladrilleros. Una profunda investigación sobre las masculinidades que se internan, crecen y se propagan de un modo particular en las dinámicas pueblerinas. Una indagación comprometida sobre el ritmo, la pausa, el límite del verso, la contundencia de las imágenes poéticas. Una invitación a descubrir en qué momento cambia de estado y se vuelve otra cosa la palabra, como sugiere Arnaldo Calveyra en el epígrafe que elige Almada: “Observa, amigo, el lujo de las casuarinas de la costa. Ya son agua”.
Dolores Reyes: “Cometierra”
“Me acosté en el suelo sin abrir los ojos. Había aprendido que de esa oscuridad nacían formas. Traté de verlas y de no pensar en nada más, ni siquiera en el dolor que me llegaba desde la panza. Nada, salvo el brillo que miré con toda atención hasta que se transformó en dos ojos negros. Y de a poco, como si la hubiera fabricado la noche, vi la cara de María, los hombros, el pelo que le nacía de la oscuridad más profunda que había visto en mi vida” dice Cometierra, que traga tierra y ve. La protagonista de la novela es una chica que tiene visiones y así descubre cosas que sus vecinos desesperados buscan saber: dónde están –o no están– los cuerpos sacudidos por la violencia, nuestros cuerpos, desaparecidos y muertos sin que nadie sepa ni cómo ni por qué. Vive con su hermano, único sobreviviente de una familia desmembrada por el asesinato de la madre y la fuga del padre. Sabemos que a Cometierra el milagro que no entiende la asalta cuando niña y le llevará tiempo comprender que lo que tiene es, en realidad, un poder.
Las imágenes que Dolores Reyes invoca son las del infierno grande, el baldío, los perros flacos y el yuyo. Aparece el barrio, con sus lógicas específicas, como miniatura opaca a la que el lenguaje saca brillo. Una muestra representativa de la sociedad y sus violencias. Cuerpos desgarrados, excluidos; muertos que hablan a través de los vivos. Hay allí una revancha, un grito. Una revelación. Porque en Cometierra las palabras devoran al lector como la chica a la tierra y lo dejan ver.
Es llamativo notar cómo en ambas novelas son los elementos de la naturaleza los que organizan, tiñen y otorgan densidad a los textos. El agua y la tierra. Quizás haya allí un gesto de apropiación, una puerta abierta –rota, destrozada a fuerza de siglos de lucha– que por fin comunica el cuarto propio con el paisaje detrás de la ventana.
Más allá del resultado final del IV Premio Bienal de Novela Mario Vargas, Llosa –que no conoceremos hasta septiembre– que resuene en otros espacios lo mejor de nuestra literatura nacional es motivo suficiente para comenzar a celebrar.