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De La Viruta al mar Negro

Cuarenta años atrás Enrique Llopis se había mudado a Buenos Aires y vivía en una pensión con el sueño de convertirse en profesional; imprevistamente el cantautor rosarino era invitado a participar del Festival de la Canción Política en la ex Unión Soviética y ganaba el primer premio. Un viaje que le cambió la vida.

Domingo 14 de Enero de 2018

La suerte quiso, en el invierno de 1977, que la vida de Enrique Llopis diera un giro inesperado, algo que él nunca terminará de valorar y agradecer. En efecto, hace poco se cumplieron 40 años de su obtención del Primer Gran Premio del V Festival de la Canción Política Clavel Rojo, celebrado en la ciudad de Sochi, Rusia, en la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Sin embargo, vale aclarar que no todo fue fortuito, ya que su voz, sus virtuosas interpretaciones y la frecuentación de un repertorio de empinada calidad le anunciaban ya a los 24 años un futuro importante en la canción popular. De aquellas casualidades que precedieron al largo viaje que culminaría en ese reconocimiento mundial trata esta historia para ser contada.

Folclore, rock y peñas

Llopis canta desde que tiene memoria; empezó a hacerlo en actos y reuniones de su escuela primaria, la 801, de Virasoro y Dorrego, próxima a su casa natal; siguió en concursos de cantores infantiles en los barrios y de manera especial en "El club de los Ruxcolitos", que se trasmitía por LT2, entonces filial de Radio Splendid, los domingos a la mañana. Los fines de semana, y a veces en otros días, se presentaba con una embajada artística del programa en clubes de barrios y en localidades vecinas con gran asistencia de público. El pequeño Quique estuvo allí entre sus 10 y 14 años interpretando temas del folclore de la época.

Ya en la adolescencia, mientras trabajaba de día y estudiaba de noche, incursionó en el rock. Formó parte del grupo beat Clericó, que tocaba en los bailes; esa etapa se cerró a comienzos de 1971, para volver al folclore, "que nunca había dejado", pero en otra instancia, porque "ya tenía otras inquietudes y había conocido personas que influyeron" en su vocación, recuerda. Viene entonces una etapa ligada al fenómeno de las peñas, a la politización de la juventud, a la efervescencia de la vida universitaria, a la que se sumaban centenares de mujeres y varones procedentes de pueblos y ciudades del interior santafesino y de provincias vecinas.

Así las cosas, buscando la manera de convertirse en cantor profesional llegó el momento, casi inevitable, de probar suerte en Buenos Aires. Estaba instalado en una pensión de la Capital Federal, que compartía con los integrantes del grupo Cantoral, cuando recibe un llamado de Chany Suárez.

"Me dijo que quería hablar conmigo, proponerme algo. Cuando nos encontramos me preguntó si estaba dispuesto a viajar a la URSS. Fue algo muy generoso de su parte porque ella era la invitada pero no podía viajar en ese momento por cuestiones personales y propuso mi nombre. Siempre se lo agradecí porque ese viaje cambió mi vida. En Buenos Aires yo estaba trabajando con Hamlet Lima Quintana y con Armando Tejada Gómez; eran tiempos muy difíciles, la falta de trabajo era tremenda, sobre todo por las prohibiciones. En aquel momento había salido mi primer disco. Cuando Chany me llamó se me presentó una oportunidad y las posibilidades que se me abrían sentí que me desbordaban; en menos de dos semanas estaba viajando a la URSS para participar de ese importante festival internacional. No lo podía creer", recuerda el cantautor.

Rusia en primavera

El viaje concluyó en Moscú, donde Llopis se encontró con innumerables colegas desconocidos del ancho mundo.

"La primera sorpresa se reveló ante mis ojos minutos antes de que el avión aterrizara en Moscú: Rusia en primavera era un país verde. Pero ese era un verdor distinto al que yo conocía, de una intensidad extraña y profunda. La segunda sorpresa fue su gente. Los rusos resultaron ser un pueblo hospitalario, alegre y melancólico a la vez.

Les gustaba emborracharse y cantar a coro, emocionarse hasta las lágrimas con viejas canciones, bromear, romper el protocolo. Eran afectuosos y demostrativos, de abrazo fácil y de carcajada estruendosa", cuenta aún sorprendido.
   Días después todos viajaron a la que sería la sede del encuentro, Sochi, ciudad situada entre las montañas del Cáucaso y el Mar Negro, cerca del límite con Georgia.
   El festival era competitivo y se premiaban a los intérpretes, no a las canciones. Había cantoras y cantores de todos los continentes; él era el único argentino y recuerda, entre muchos otros, al venezolano Alí Primera (1941-1985), un referente de la canción política de Latinoamérica, de quien se hizo amigo. Lo mismo sucedió con el músico y compositor chileno Sergio Ortega (autor de los famosos "El pueblo unido jamás será vencido" y "Volveremos"), que integraba el jurado y con el que siguió viéndose con frecuencia hasta que aquél falleció en París en 2003.
   "El festival se realizaba en el marco de los sesenta años de la Revolución de Octubre. Había que cantar una canción rusa de ese período, una canción del país del intérprete y otra de libre elección. Yo elegí «Canción con todos», de Tejada Gómez y César Isella; «Los pueblos de gesto antiguo», de Lima Quintana y Tacún Lazarte. La canción rusa la elegí a partir de lo que me propuso Leónidas Arnedo, músico vinculado a la Sociedad Argentina de Relaciones Culturales con la Unión Soviética (Sarcu), entidad que me asesoró antes del viaje", explica el músico.
   Y detalla: "Por la sonoridad, por lo que me trasmitió, elegí «Noche oscura», sin saber que esa elección iba a ser decisiva para ganar el premio. Yo no sabía lo que esa canción significaba para el pueblo ruso. A mí me había impresionado su sonoridad y su tono nostálgico, intimista. Que era, me enteré después, una de las más cantadas durante la guerra. La ensayé por fonética muchas veces y el día que la canté pasaron cosas que no olvidaré jamás. Era la primera noche del festival. Estábamos en el anfiteatro esperando el momento de cantar. Cuando me llaman y llego al escenario saludo al director. Y veo que él le habla a la intérprete. Le pregunté qué había dicho y me traduce que esa canción no va con orquesta. Para mí fue un impacto porque yo la había escuchado con orquesta. Pero resulta que el maestro había estado en el frente y esta canción se cantaba mucho entre los soldados pero siempre a capella o acompañado con una guitarra o un acordeón. Para él era así. Entonces la canté acompañado por mi guitarra. La gente se puso de pie, se acercaban con flores. El jurado me calificó con alto puntaje que, estoy seguro, me favoreció en el cómputo final".
   Terminado el festival, Llopis y los demás ganadores recorrieron parte de la URSS dando recitales; el cantautor rosarino pasó luego a Portugal y más tarde a España, donde se encontró con otros músicos argentinos con los que siguió actuando en diferentes escenarios por un largo tiempo. En 1979 volvió a la Unión Soviética al ser invitado, como último ganador del primer premio de ese encuentro bienal, para integrar el jurado del nuevo festival. En los años que siguieron, volvió a Europa en diferentes oportunidades, se radicó un largo tiempo en España y entre tanto desarrolló un calificado trabajo profesional junto a poetas como los ya mencionados y el español Rafael Alberti y el paraguayo Elvio Romero, compuso canciones con Teresa Parodi y Juan Carlos Muñiz y publicó libros sobre Alberti, Romero, Lima Quintana y una autobiografía, Retrato de un cantor.
  Hoy vive otra vez en Rosario junto a su compañera, la periodista y documentalista Alicia Ovando; tiene dos hijas de parejas anteriores: Lucía, que se dedica a la danza contemporánea, y Sara, que estudia historia del arte. Entre sus proyectos figura, además de grabar, continuar con su programa de radio (FM 96.5, domingos de 9 a 11) y recrear la serie de fascículos dedicados a Rosario publicados hace más de dos décadas por sus Ediciones de Aquí a la Vuelta, ahora en versión digital.
   Vista en perspectiva, esta trayectoria tiene en sus comienzos una anécdota que resulta esclarecedora: "Antes de viajar a la URSS, en Rosario había muchas peñas. Una de las más frecuentadas y una de las que más me gustaba era La Viruta, que regenteaba el Gringo Dante Licaussi, que estaba en Buenos Aires y La Paz. Ahí había un piano vertical que Eduardo Spinassi, Jorge Cánepa o Chacho Müller tocaban cuando iban. Con motivo del viaje, yo no tenía un mango y Dante, con Daniel Tenenbaum, organizaron una actuación para recaudar unos pesos. Cuando terminé de cantar, Dante se acercó al escenario y anunció que iba a pegar un sobre en un costado del piano. Lo encintó, lo pegó y dijo que lo abriría cuando yo volviera del festival. Cuando obtuve el primer premio lo primero que hice, desde Sochi, fue mandarle un telegrama a mi familia. Mis padrinos artísticos aquí eran Quito Figueroa y Pancho Romero, bajo y tenor del célebre conjunto Los Trovadores. Mi viejo, que se llamaba Raúl y era taxista, fue de inmediato a la casa de Quito, que vivía en Parquefield, a comunicarle la noticia, y después se dirigió a La Viruta para contarle a Dante. El Gringo detuvo la guitarreada y dijo: «un momento», despegó el sobre, lo abrió y leyó lo que había escrito aquella noche: Enrique Llopis, primer gran premio del festival de la canción. Fue un momento muy emotivo que mi viejo siempre contó y que también emocionaba a mi mamá, la modista Ana María, que aún hoy lo sigue recordando".

Oficio de cantor

"Nací en Rosario el 17 de noviembre de 1952, en el seno de una familia peronista. La familia entera (mis padres, mi hermana Silvia, que murió en 1973, y yo) ocupábamos una casa modesta, en la calle Rueda entre Dorrego y Moreno. Dormíamos todos en una habitación de cuatro por cuatro. Pero a pesar de todo, recuerdo con mucho amor esos años en los que hubo que trabajar desde muy pequeño y tuve que aprender, llevado por la necesidad, algunos oficios. Aprendí, aunque a medias lo confieso, el oficio de tapicero, también fui cadete repartidor de café, fui colectivero (línea Rosario-Puerto San Martín) y, en Buenos Aires, fui vendedor en las canchas de Atlanta, Ferro y San Lorenzo. Trabajé de canillita en la parada de Juan B. Justo y Corrientes. Digo a medias porque siempre supe que estos oficios estaban de paso. Soñaba ser cantor. Los trabajos simplemente acompañaban mi sueño. Ahora que soy un hombre y miro al niño que fui, pienso a menudo que la adversidad enseña más que la abundancia, y siento que cuando nada se tiene, cuando se parte de cero en la vida, a veces, el camino es más claro. Quizás por eso siempre he sacado fuerzas en la adversidad. Cuando escucho a muchos hablar acerca del compromiso, del hecho de comprometerse, pienso que nunca tuve la oportunidad de saber que me comprometía, porque desde siempre estuve comprometido".

La leyenda de Rosario

"A Rafael Ielpi lo conocí en la época en que frecuentaba una casa de estudiantes, en Santa Fe y Maipú. Allí escuchábamos discos que eran difíciles de conseguir, como los primeros que llegaron al país de Quilapayún o de Daniel Viglietti. Con el Negro nos vimos allí y también en bares y peñas como Corchos y Corcheas, en calle Mitre, o A los Caños, por Laprida. Él estaba muy relacionado con el grupo Canto Libre, que estrenó la primera versión de La Forestal. Poco tiempo después ya estábamos componiendo juntos", cuenta Llopis.
   De esa sociedad entre músico y poeta surgieron varias canciones de sostenida vigencia, como "La leyenda de Rosario", "Para salvar la primavera", "Rita desnuda", "De mi ciudad recuerdo", "Réquiem para el rey Alfonso", entre otras, además del conjunto de temas que componen la obra musical y teatral La Forestal.
   "Hace poco —relata Llopis— estuve cantando en un teatro de Santiago del Estero y en el momento de los bises (en una provincia que tiene muy arraigado sus ritmos) se escucharon voces que pedían "La leyenda de Rosario"; era de un grupo de santiagueños que había estudiado en Rosario. Pensar que en ese tema se mencionan nombres del pasado de Rosario, que pocos recuerdan, como la Liga de la Decencia; creo que habría que explicar al público qué era eso".

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