Relatos rosarinos

Beatriz y el avatar veterano

" Muchas veces me pregunté qué era lo admirable de su arte y creo haber encontrar una respuesta: la deshumanización". Un cuento para el verano

Domingo 17 de Enero de 2021

Uno es lo que simulas ser, uno es lo que representa, dice, más o menos así, Kurt Vonnegut en Madre Noche. ¿Cuánto de genuino, entonces, implica representar o simular? Podemos pensar que esforzarnos por ser honrados es una manera de simulación porque, justamente, no nos surge espontáneamente. Queda tensionada nuestra sinceridad: de alguna manera, estamos mintiendo al ser honrados.

Me encantás, ¿me entendés?, me encantás, le decía ella a su…, hablándole casi al oído, si es que tuviese uno, o dos, porque cabeza decimos todos que tiene. ¿Cuánto de honesto tendría decir pene o glande? Y por otra parte ¿cuánto de engolado y simulador suponen esos casi eufemismos? Es toda una decisión utilizar un lenguaje soez, o al menos vulgar, u otro más acorde con la compostura.

Vos me encantás, le repitió mientras la sostenía con una firmeza cercana al ahorcamiento. Se lo decía a ella y no a su portador. ¿O sí? ¿Era esa una demostración de máxima honradez? ¿Era ese su esfuerzo por ser honesta y expresar lo que, en verdad, le interesaba de él? ¿Era un piropo por ser acreedor de un miembro aquí va mejor ese término que muchos quisieran tener?

Uno es lo que pretende, dice el libro de Vonnegut.

Lo que importa es coger, y lo que importa es el deseo, vivir con deseo, le había dicho a mi amigo un par de veces, Y poco después le dijo que el deseo era una mierda y que siempre te llevaba a hacer cagadas.

La recuerdo porque era actriz, casi siempre. Actriz de su propia vida y con plena conciencia de eso. Y guerrera, o mejor soldada. Me gusta imaginármela vestida de soldada.

Beatriz había entendido, supongo que lo entiende ahora mismo. Y solía ponerse manos a la obra, cualquiera fuese, con avezado toque de experta y actitud de comprender y de haber hecho eso toda su vida. Puedo imaginarme sus dedos gruesos apoderándose de lo de él y hablándole con convicción de patriota y también puedo imaginármela escuchando las canciones que ama, lánguidamente melancólicas.

Beatriz era capaz de escindirse y de ser lo que representaba con una honestidad completa y, por eso mismo, con una volatilidad de animal: lo confirman las veces que lo echó de su casa por alguna estupidez que él habrá dicho y que nunca habrá sabido identificar.

Fue ella la que le dijo tenía razón, que ella lo bancaba. Eso dijo el día que se alejó para siempre.

Ahora ha comenzado a maltratarlo, mejor dicho, a destratarlo. Según me contó, responde lacónicamente a sus mensajes que él siempre remata con un cariñoso y simulador “un beso”. Lo toma con dócil melancolía y si algo rescata de la gran actriz de sí misma que es ella, es su completa identificación y su profunda sinceridad desde el más cuidadoso ocultamiento. Oculta para ser sincera, así quiere verla. Y yo coincido.

Aunque, a la manera de Sabina, él se sigue quejando de lo perdido, que, a fin de cuentas, es lo único de lo que podemos dar fe, entiendo que es momento de ahondar en los personajes que se hacen cargo de la simulación como un modo genuino, de vivir.

El personaje al que me voy a referir es, en verdad, quien motivó esta pequeña historia. Me refiero al avatar veterano. Le he dado ese nombre porque el avatar veterano tiene muchos años, me atrevo a decir que unos ochenta y porque su empaque es tan notorio como exótico. El avatar veterano sale a correr regularmente por la costanera norte desde La Florida hasta pasada la cancha de Central, supongo. Lo hace por los canteros que dividen la avenida rozando las columnas metálicas y las palmeras pindó. Pasa por el medio, insisto, y eso lo hace acabadamente notable porque, además, corre en cueros y enfundado en calzas negras que justamente calza sobre los huesos de la cadera como suelen hacer las mujeres, lo que redondea lánguidamente su longilínea figura. Sujeta con las calzas de neopreno su sexo hasta minimizarlo. Atención: no lo oculta, lo minimiza. No importa si hace treinta grados o diez bajo cero, el avatar veterano corre siempre en cueros exhibiendo la musculatura escueta y marcada de cualquier corredor, así como un bronceado intenso que hace resaltar sus ojos claros. Muchas veces se arrolla un fular en la cabeza a modo de vincha que, en teoría, le permite contener las gotas de transpiración que, eventualmente, le caerían sobre los ojos y la cara. Aunque no se puede saber si realmente transpira tanto o se embadurna de algún aceite que lo hace tan escurridizo como su pasaje por los canteros. Solamente dos veces vi al avatar veterano y brilloso fuera de su carrera solitaria, enajenada y un poco fantasmagórica. Una ocurrió en la peatonal. Ahora que reflexiono fueron varias las oportunidades en que lo vi caminando por nuestro envejecido paseo. Guardo siempre la misma imagen y no creo que sea un juego de mi memoria. El avatar veterano caminaba solo, por supuesto, a paso largo y elegante, tan elegante y suelto como su impecable traje azul de holgura demasiado a la moda del momento y, por eso, perfecto para resaltar frente al que vestían la mayoría de los hombres de oficina. La imagen es así: cruza de un costado al otro de la peatonal en un sesgo largo y con apuro de ir hacia ninguna parte, sino de pasar, de ser visto a la pasada, como hace regularmente en los canteros de Alberdi. Es como que el avatar veterano tiende a manifestarse como algo inasible, de realidad imprecisa.

Alguna vez pude interactuar brevemente con él y estoy seguro de que llegué a reconocerlo porque, en determinados casos, tiendo a grabar ciertas fisonomías e identificarlas en las más variadas situaciones. Fue en una cochera del centro donde paré a dejar mi moto. El cajero me indicó que el lugar de las motos estaba al fondo y que el encargado de acomodarlas estaba ahí, con bermudas floreadas, me remarcó. Me atendió un hombre excesivamente simpático, de hablar elaborado. Elogió mi moto y me dijo que él también tenía una y que no hay como andar en moto, con tanto tránsito. A mí, que aún no había terminado de identificarlo, me sorprendieron sus amplias bermudas y su camisa casual. Ahora que lo pienso habría que haberle cambiado el paisaje y ponerle algo más acorde donde no faltaran agua marina, playa y palmeras. Lo concreto es que estaba al fondo de una intrincada cochera rosarina ocupándose de acomodar los autos. Cuando me iba retirando confirmé al personaje y fui directamente hasta la caja donde pregunté si el hombre corría. El muchacho me dijo que era él y que tenía, en ese momento, setenta y seis años. Increíble, le respondí y, curiosamente, no encontramos más referencias para seguir hablando del sujeto. Aun siendo mucho más joven debo reconocer que me sentí tentado a compararme a la carrera, pero me desalentaron mis consideraciones respecto a la esbeltez y a la velocidad. Yo vendría a parecerme a un búfalo fatigado y el avatar veterano, en cambio, a un ofidio con prisa, raudo y sinuoso.

He pensado en el misterio del avatar veterano y en sus interpretaciones y no he hallado nunca referencia alguna que me permita saber más de su vida hasta el punto de plantearme si no forma parte de una alucinación colectiva. Nada, el avatar veterano es solamente eso que encarna al momento de su carrera, ni hombre, ni mujer, solamente ser y velado por su retiro continuo y pedestre.

Pasados algunos años, he descubierto algo novedoso que lo hace más... corriente: el avatar veterano envejece. Me conmueve. Creo haber detectado una nueva lentitud encubierta en su paso grácil. Debería correr a la par para comprobarlo, pero tendría que enfrentarme al ridículo. Lo cierto es que creo que el avatar sigue simulando para poder ser, sea lo que sea.

Preocupado por los seres vacíos y por las interpretaciones me remito a un caso extremo y absolutamente público como es el del bailarín y coreógrafo Michael Jackson. Siendo yo, más muchacho, me deleité al ver a un artista callejero haciendo movimientos mecánicos. Me gustó mucho el acto por su capacidad de persuasión, pero sin saber bien cuál era el motivo de mi embeleso. Aquellos eran los gestos que se irían imponiendo hasta formar una estética que Jackson llevó a su expresión más alta. Muchas veces me pregunté qué era lo admirable de su arte y creo haber encontrar una respuesta: la deshumanización. Seguir el camino del muñeco para evitar el tormento que significa existir, o sea, simular hasta la exasperación.

Era verdad, se estaba transformando en un muñeco. Un muñeco con una mueca muy particular donde, a mi parecer, combinaba azoramiento y horror. Estupor frente a la tragedia de ser. Testimonio extremo de no soportar la condición propia y convertirla en algo móvil, pero inanimado.

Uno es lo que pretende ser. Cualquiera que haya leído la novela de Vonnegut se verá afectado por esa idea. Pretender en relación al acto de simular. Es claro que ese acto necesita del otro, de ese que nos percibe. Ser porque somos percibidos, e intentamos ser eso de lo que queremos persuadir a nuestros testigos.

En el incremento de la escala de simulación y cuyos hitos son Beatriz, el avatar veterano y Michael Jackson se percibe la humana imposibilidad de sustraerse al acto de representar. Tan es así que somos diferentes cada vez que interactuamos con alguien, somos otros. Cabe preguntarse: cuándo se es verdaderamente honesto. Para mí es una gran pregunta tramposa.

La escala parece tener una correlación positiva con el sufrimiento y se ve que Beatriz es la que menos sufre. Rectifico, Beatriz no sufre, Beatriz gozaba tanto manoteando lo de él, como goza haciéndose un asadito para ella y alguien más, o bailando o jugando con su cuerpo, que es casi lo mismo. Ella ha encontrado una de las fórmulas de la ventura, representar en la dosis correcta, que es su mejor modo de seguir siendo honesta y, sobre todo, muy humana, tanto que no solo no reniega de esa condición, sino que la agradece.

Y para mi amigo:

“Force un giorno tornerai, Susana, Susana, mon amour”.

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