Cultura y Libros

Banquete de cine, Lèaud, Richard y Martel

El último Festival de Mar del Plata se prestó tanto a la crítica como al elogio. Un balance y un diálogo con la talentosa directora argentina.

Sábado 08 de Diciembre de 2018

"Si esto fuera un sanatorio —bromeaba José Martínez Suárez en la ceremonia de inauguración— el neumonólogo, apoyando su cabeza en mi espalda, me pediría que diga treinta y tres y yo lo gritaría, porque este es el mejor festival que hicimos". Pero, por encima del indiscutible entusiasmo del presidente del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, ciertos hechos ensombrecieron un poco los aciertos de la programación y el brillo de las visitas.

De los gritos al silencio. Si todo festival de cine constituye un tentador itinerario a ser explorado durante determinada cantidad de días, debe admitirse que el recorrido por la 33ª edición del MDQFilmFest ofreció menos alternativas (invitados, películas, salas, actividades especiales) que ediciones anteriores, consecuencia del ajuste que le valió a Pablo Avelluto, secretario de Cultura de la Nación, ser abucheado en la ceremonia de apertura, sumándose reacciones de bronca cuando aparecía en pantalla un texto en homenaje a la tripulación del ARA San Juan. El broche fue, en la entrega de premios, el silencio impuesto a los ganadores (que, sin micrófono, no pudieron expresarse en voz alta ni siquiera para agradecer), episodio que las autoridades no se preocuparon en aclarar.

El cine, una fiesta. A pesar de todo, el festival fue (y ojalá lo siga siendo) disfrutable y valioso por distintos motivos. Cientos de cinéfilos de distintas partes del mundo se reunieron para regocijarse con la proyección en condiciones ideales de las nuevas películas de Sang-soo, Assayas, Ceylan, Porumboiu u otros que formaron parte de la Competencia Internacional como Abbas Fadhel, Isaki Lacuesta y Barry Jenkins. También eran reveladas las producciones recientes de argentinos como Ana Katz, Ezequiel Acuña, Carlos Echeverría, Raúl Perrone, Alejandro Fadel o Iván Fund, agregándose el rescate de la obra de directores como Hal Ashby, el estreno de Roma (Alfonso Cuarón), de obras experimentales de Maya Deren y Narcisa Hirsch, y de filmes restaurados como El último malón, realizado en San Javier por el santafesino Alcides Greca un siglo atrás (musicalizado en vivo por Maia Koening). El interés que despertaban estas funciones lo demuestra el hecho de que no era sencillo conseguir localidades.

Invitados y homenajes. Hubo también espacios de discusión y homenajes, como el dedicado a Ingmar Bergman en el Museo Castagnino marplatense, que abarcó la presentación de un libro. Entre las novedades estuvo el debut de una mujer como directora artística (Cecilia Barrionuevo), nuevas secciones competitivas y un Foro de Cine y Perspectiva de Género. Y aunque directores, productores o actores de casi todas las películas exhibidas estaban presentes, dispuestos a dialogar con el público, tres franceses acapararon la atención: el realizador Leos Carax y los legendarios actores Pierre Richard y Jean-Pierre Léaud, quien debutara con catorce años en Los 400 golpes (1959) para continuar trabajando junto a grandes directores hasta nuestros días. Como sus filmes más conocidos son de su etapa juvenil (Besos robados y La mamá y la puta, por ejemplo, exhibidos en el festival), algunos se sorprendían al verlo septuagenario, pero lo cierto es que allí estaba el mítico Antoine Doinel creado por François Truffaut, agradeciendo sonriente los fervorosos aplausos del público antes de las funciones de sus películas o en el Museo MAR, donde fue premiado por su luminosa trayectoria.

El festival de Martel. La extensa columna de gente rodeando el Tronador Concert una ventosa tarde, para asistir a la Masterclass que brindaría Lucrecia Martel, obtuvo su recompensa en una exposición que se extendió por más de tres horas. Al finalizar la charla, logramos hacerle unas preguntas.

A propósito de la presencia aquí de Jean-Pierre Léaud, ¿por qué, cuando te propusieron elegir películas de Criterion Collection, descartaste Los 400 golpes?

—No es una película que me haya gustado especialmente. Es extraordinaria, pero ahí tenía un bolso, un límite, y prefería poner otras que no había visto o me gustaría tener. Los 400 golpes nos va a sobrevivir a todos nosotros, en cambio otras no sabés si las vas a poder ver o volver a ver.

En los últimos tiempos te suelen convocar para dar charlas. ¿Cómo vivís esa experiencia?

—Conversar es lo que más me gusta, en realidad. Además es parte de mi trabajo: lo que hago con el cine tiene que continuarse con la posibilidad de conversar.

Fuiste logrando reconocimiento sin dejar de estar atenta a tu lugar de origen. Hasta los años noventa no era fácil: los largometrajes concebidos fuera de Buenos Aires eran pocos y solían ser vistos con cierto paternalismo.

—Son cambios inevitables. Ese esquema de Buenos Aires como la productora de cultura del país es una idea tan absurda que naturalmente iba a empezar a aparecer gente por todos lados y a destacarse. De todos modos, no soy chauvinista. Si filmo en Salta es porque me gusta estar ahí, comer la comida salteña… (risas)

¿Qué pensás de la gente que se acerca a tu cine después de escuchar tus opiniones sobre otros temas?

—Me encanta. Tal vez haya alguna carrera evangélica por delante… (risas)

A muchos les sorprende que, después de la repercusión de Zama, tu nuevo filme sea un documental (sobre el asesinato del dirigente indígena Javier Chocobar).

—Lo que pasa es que hace ocho años que estoy trabajando con este proyecto. Rehúyo los temas que están en el candelero, prefiero abordarlos con cierta distancia. En el fragor o la efervescencia del momento es muy difícil poder razonar, llegar a alguna idea.

¿Cómo ves hoy Zama?

—Me pone muy feliz todo lo que pasó, pero todavía estoy muy cerca. Qué va a significar eso exactamente en el futuro, no lo sé. De alguna manera, Zama ayudó para el financiamiento del documental, que conseguimos con mucha dificultad. Por suerte, ya podemos pensarlo como algo que va a ser real.


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