¿Quién no se ha sentado en el jardín de su casa a deleitarse frente a una bella lectura? No puedo dejar de pensar que hay tantos lectores como formas de pensar e interpretar una prosa, cuento o final de historia. ¿Será que cada uno respira distinto la pluma semántica del autor? En algún momento de mi vida me he sentido atrapado por alguna obra, no por su extensión o renombre, más bien por la identificación con algunos de los personajes o algunos de los escritores. Siempre cuando leo algún texto me informo previamente de la historia personal del autor. Tomo como ejemplo para citar a alguien significativo para mí: Horacio Quiroga. Podría decir fechas, también detalles inconexos; pero su manera de narrar, tan directa como labrada, esa manera que provoca a la ternura, a la comprensión, tal vez de un alma tan singular como incomprendida. Esos genios, de tinta y papel, perseguidos por terrores tan oscuros, por melancolías y también por la tragedia. ¿Cuántos escritores no se han dejado vivir y morir en esos particulares personajes, tan humanos, tan víctimas del error, de un destino macabro o de un final no esperado? Imagino a Quiroga redactando a pluma alzada un dulce susurro, o una tierna mirada de uno de sus coaticitos que lentamente se pierden tras el cálido adiós de un tenue atardecer misionero.





























