Con motivo de una nueva conmemoración del Día de la Raza, el candidato a diputado nacional por Avanza Libertad, José Luis Espert, manifestó lo siguiente: “El 12 de octubre los seres humanos normales festejamos, como toda la vida, el día de la Raza. Y eso no tiene nada de racista. Los simios drogados kirchneristas, no sabemos qué engendro lingüístico festejarán”. Para el economista liberal, entonces, quienes no piensan como él son simios drogados. Queda plenamente en evidencia su racismo, su visceral antiliberalismo. Porque lo que hace a la esencia del liberalismo es, precisamente, el respeto por quien piensa de otra manera. Espert no cree en el derecho de todo ser humano a pensar como le plazca. Tampoco en el derecho de todos a ser tratados como personas, como seres libres y pensantes. Para Espert sólo son normales quienes piensan como él. Los demás, no lo son. Estamos en presencia de la más infame discriminación que puede cometer el hombre. De este lado del mostrador están las personas de bien, los normales. Del otro lado, se sitúan los anormales, los simios drogados, quienes no son personas. Para Espert, en definitiva, quienes no piensan como él carecen de derechos, son, lisa y llanamente, cosas, como lo eran los esclavos para los romanos. Y con las cosas se puede hacer cualquier cosa, como tirarlas a la basura, por ejemplo, o quemarlas. Lo más dramático del asunto es que el racismo de Espert es compartido por un buen número de compatriotas. Ello explica el porcentaje de votos que cosechó en las recientes Paso. Estamos en presencia, qué duda cabe, del huevo de la serpiente. Si alguien no vio esa excepcional película de Bergman, le sugiero que lo haga. El nazismo siempre está al acecho, agazapado, aguardando los momentos de crisis extremas, como el que hoy nos agobia, para intentar pegar el zarpazo.

























