La consistencia de un equipo se logra afianzando algunos de los atributos elementales para lograr algo que en el fútbol paga muchísimo: la regularidad. Miguel Angel Russo había hablado en la previa de Sarmiento que es sobre lo que trabaja día a día porque está convencido de que es lo más difícil de lograr, pero los 90 minutos en Junín pusieron esa búsqueda (del entrenador y del grupo) a una distancia importante del ideal o, al menos, de ese mínimo de fisonomía de equipo al que se aspira en lo inmediato. A medida que pasa el tiempo, la idea de equipo en formación, de que se comenzó tarde a trabajar (producto del retraso de las elecciones) y demás, irá perdiendo sustento y de allí la necesidad de que esa bendita regularidad aparezca. Hoy Central vive una ciclotimia tal que lo expone con crudeza en ese trayecto que lo lleva de momentos convincentes a otros de una llamativa inconsistencia.
Central no está para darse el lujo de no poder salir de esa encerrona en la que está metido, porque los empujones hacia el frente que a veces consigue son inversamente proporcional a los frenos que encuentra también con demasiada asiduidad.
Quizá no sea casualidad que las dos peores actuaciones en el torneo hayan sido en condición de visitante. Es que lo de Lanús tuvo unas cuantas similitudes con esto que ocurrió en Junín, especialmente en lo que tiene que ver con la dureza del resultado.
A un equipo que le convierten siete goles en dos partidos jugados afuera debe saber que ese no es el camino y que la reacción se debe ser inmediata. ¿Por qué? Porque no siempre contará con una eficacia del ciento por ciento jugando en el Gigante de Arroyito que salga al rescate para mantener el status quo.
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Los jugadores de Central se muestran abatidos tras el partido, después de haber sumado una dura derrota.
Héctor Rio / La Capital
Pero establecer la dicotomía entre la fortaleza de local y la debilidad de visitante (amén de que hasta aquí es evidente) sería entrar en un reduccionismo tal que no da lugar a otro tipo de interpretaciones, donde seguramente están las causantes de este ir y venir entre alegrías y pálidas.
Porque hubo comportamientos dispares también dentro de un mismo partido. Contra Argentinos Juniors, por ejemplo, de a ratos no la pasó nada bien y por momentos se las ingenió para sacar el partido adelante. Con Tigre algo similar. Y es lógico que algo de eso suceda, más en el inicio del torneo, cuando muchas cosas no están del todo afianzadas, pero de eso se trata, de una regularidad que todavía no aparece, más allá de las pretensiones de Russo.
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En el Eva Perón, Central jugó un primer tiempo en el que atacó con profundidad, como para ganarlo, pero defendió como para exponerse al golpe en cualquier momento. Ni hablar de lo sucedido en el complemento. Fueron dos equipos en uno y dentro de un mismo partido. Ah, venía de un partido (contra Godoy Cruz) en el que había mostrado el mejor repertorio desde lo defensivo. De eso se trata la regularidad, ni más ni menos.
Incluso desde la cabeza mostró falencias y que, por supuesto, hacen a la cuestión. Una regularidad en el juego puede colaborar para que un equipo que va en busca de la cima de las posiciones y se ponga en ventaja a los seis minutos pueda actuar en consecuencia. Pero Central no pudo.
Un equipo consistente tiene muchísimas más posibilidades de reponerse ante algún tipo de adversidad y a Central lo obnubiló por completo el cimbronazo de la inferioridad numérica tras la expulsión de Kevin Ortiz. A la regularidad también se llega con inteligencia en momentos clave. Las dos amarillas de Ortiz fueron totalmente evitables y hasta Quintana pasó por una situación similar cuando intentó salir jugando, la perdió y no le quedó otra que la falta. Pero si algo de eso genera un contratiempo (como lo fue la expulsión) el equipo debe aparecer con aplomo para capear el temporal. El fin de la historia es reciente y conocida: el desplome colectivo.
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Después del partido, Russo fue en busca de sus jugadores para brindarles apoyo. Central volvió a caer de visitante.
Héctor Rio / La Capital
No es una cosa, sino varias, y lograr acomodarlas a todas obviamente llevará su tiempo, pero todo lo que se pueda corregir en lo inmediato le servirá al equipo para lograr que la regularidad que busca Russo no potencie su estado de rebeldía.
Nueve goles en contra en los tres de visitante
Ya tendrá tiempo Miguel Russo para pensar cómo corregir el comportamiento de su equipo cuando juega de visitante, pero en la búsqueda de la regularidad a la que se hace referencia no se pueden dejar de lado los nueve goles que recibió el canalla en los tres partidos en los que les tocó viajar. Fueron dos de Tigre, tres de Lanús y los cuatro ahora en Junín.
En la misma cantidad de partidos recibió sólo uno jugando en el Gigante y eso es otro claro indicio de que la inconsistencia futbolística le bloquea los caminos. Hubo diferencias entre un partido y otro, más allá de que en los tres sintió durante largos momentos la superioridad del rival. Lo de Tigre tuvo un color distinto por el gol sobre la hora de Mallo, pero contra Lanús y Sarmiento el padecimiento fue mayor.
Es cierto que el viernes en Junín Central pudo sacar una diferencia mayor en el primer tiempo y jugar el partido de otra forma, pero el desconcierto tras la roja de Ortiz fue muy parecido a la cara que mostró de principio a fin en cancha de Lanús. Así, por una razón u otra, Central se expone al golpe. Y no fue uno, ni dos, ni tres, fueron nueve en tres partidos. Demasiado.