Opinión
Lunes 24 de Abril de 2017

El maestro que para, ¿enseña?

Aunque parezca increíble, la medida de fuerza de los docentes santafesinos que dejó por largo tiempo a la provincia sin clases fue por sólo 250 pesos. Razones y sinrazones.

En una de las redes sociales a las que poco a poco nos vamos haciendo adictos —los periodistas justificamos esas conductas en que son circuitos por los que fluye información (algo para discutir largamente), y por ende, no podemos abstraernos de ellas; lo que sí podemos hacer es no opinar pero caemos en la tentación— recordé días pasados que el Trono del Crisantemo exige a todo súbdito reverenciar al emperador con una sola y única excepción: aquellos que son maestros.

Desconozco si ello se cumplirá así tal cual hoy en día pero convengamos que el principio es sumamente interesante y, más aún, cuando se tiene en cuenta que de novedoso no tiene nada: la actual dinastía japonesa gobierna desde el 660 a.C. Es decir, seis siglos y medio antes de que naciera Jesús, la familia del actual emperador Akihito ya reinaba en aquella isla del extremo oriental asiático.

Quizás convengan algunas aclaraciones. No a modo de respuesta a las reacciones a mi tuit sino de aporte a la reflexión en conjunto. En su momento publiqué el dato —fue luego de la represión a maestros que querían instalar su protesta frente al Congreso nacional— para testimoniar mi total coincidencia con aquella sabia práctica oriental y mi alta consideración a quien dedica su vida a la vocación de enseñar a sus semejantes. No debe haber acción tan constructiva y solidaria como ésta destinada a liberar a otros de las cadenas de la ignorancia. De allí que la deferencia de los japoneses hacia sus docentes, no sólo relevándolos de inclinar la cabeza ante el gobernante sino obligando a éste a ser quien rinda el homenaje, me parece no sólo adecuada sino digna de destacar.

Es que, dicen los japoneses, sin el maestro el emperador no podría ser sabio y sin sabiduría no podría gobernar en beneficio de su pueblo. Existe, claro, la posibilidad de que no lo haga pero ciertamente no será porque carezca de los conocimientos adecuados. Empero sin el accionar y la dedicación de sus maestros cuando lo hubieron formado es seguro que no estaría en condiciones de afrontar la inmensa tarea de conducir al imperio más antiguo que hoy tiene la humanidad; en la actualidad uno de los países más desarrollados, pujantes e igualitarios de la Tierra.

Argentina es un país donde hubo hombres preclaros que lo entendieron. Con Sarmiento hay dos cosas que no se pueden dejar de hacer: discutirlo y reconocerle su visión en cuanto a la necesidad de desarrollar la educación como principal factor de transformación. La idea de que Sarmiento nunca faltó a clase es de Billiken, pero fue una máxima (con la síntesis lineal que debe tener toda consigna que se quiera eficaz) que transmitió generación tras generación a los chicos de que ese era el ejemplo, que no había que faltar a la escuela; y a los grandes que no podía no haber clases. En apenas algo más de una generación, Argentina pasó de tener el 80 por ciento de analfabetismo (la mayoría inmigrantes) a un porcentaje ínfimo. Es el país latinoamericano con mayor número de hijos de inmigrantes que llegaron a la Presidencia de la República.

Es verdad, que esto pasó entre los siglos XIX y XX —lo que en términos históricos no es nada—, pero no sé por qué tengo la sensación de que fue en la noche de los tiempos.

Recién en esta semana que pasó los niños santafesinos tuvieron clases. Es decir, unos dos meses más tarde o algo así, de la fecha en que las debieron haber comenzado. El viernes los docentes públicos (también los privados, por su lado) concluyeron el litigio por una abrumadora mayoría del 85 por ciento de los más de 29.000 afiliados que votaron en la asamblea de Amsafé. ¿Qué pasó entre que el gobierno formuló su oferta original y los docentes la aceptaron?

El Ejecutivo santafesino les agregó 250 pesos con una excusa baladí. ¡250 pesos! Le pido al lector que se detenga un minuto a pensar qué compra con esa cifra. Cualquier cosa a lo que acceda con ella. Ahora que ya enfocó mentalmente esa adquisición (los docentes, se dijo, comprarán útiles escolares) piense, ¿cuánto le cuesta a un Estado que sus educandos pierdan dos meses de conocimientos?

Es mucho más difícil de mensurar entre otras razones porque el perjuicio es infinitamente mayor. Y ahora que pasó el conflicto, ¿está bien que pensemos en la educación o, en todo caso, en quienes deben ser sus principales y excluyentes destinatarios? Es ocioso, encima, aclarar que la falta de dictado regular de clases perjudica de un modo más profundo a los niños más vulnerables cuyos padres no tienen opción económica para enviarlos a colegios en los que se garantiza que las actividades no se interrumpen o para contratar un docente particular. Lo formulo como pregunta porque los dirigentes docentes, en alarde de magno altruismo, no se han cansado de repetir a diestra y siniestra que su lucha es, exclusivamente, en beneficio de la educación y en beneficio de sus alumnos.

No tengo por qué dudar que tal sea la razón que mueva a muchos de ellos. Sí permítaseme dudar si no fue que el conflicto docente en la provincia de Santa Fe —donde además la inmensa mayoría de los demás gremios estatales aceptó una recomposición salarial casi idéntica—fue pura y exclusivamente por 250 pesos.

No digo que sea mucho o poco. Un solo peso es una fortuna cuando no se lo tiene (más allá del poder adquisitivo que tenga la moneda). Pero entonces digamos que el conflicto docente fue salarial y que la discusión por el futuro de nuestros niños obteniendo una mejor educación, una mera excusa. O en todo caso no la principal razón. Es verdad que se supone que un trabajador que está bien pago y que tiene cubiertas sus necesidades y las de su familia con su salario, está en mejores condiciones de cumplir con mayor tranquilidad su tarea. Y ello, también se supone, coadyuva a su eficacia. Se supone.

Está claro que a esa docente de Santa Cruz que vi llorar (si fue una puesta en escena de la televisión no escuché que la Ctera o el gremio santacruceño la desmintiera) el mismo viernes pasado contando que no cobra su sueldo no se le puede pedir que, encima, piense en sus alumnos. Está pensando en cómo les dará de comer a sus hijos. Y es comprensible que ello sea así. Allí el conflicto es salarial, sin eufemismo alguno.

Lo que no entiendo es por qué en la provincia de Santa Fe se empeñan en decirnos otra cosa. La dirigencia sindical que históricamente ha abonado la compulsión huelguística del sector repite cada año la misma puesta en escena. Pero también lo hacen los gobiernos.

El gobernador Miguel Lifschitz alardeó en los medios de prensa que no habría un peso más por encima del 25 por ciento ofrecido. Tanto es así que yo titulé una columna diciendo que el gobernador endurecía su postura. Sin embargo, firmó 250 pesos más. Entonces los docentes tenían razón. Plata había y sólo era cuestión de presionar un poco más sin ingresar a las aulas. Lo que como estrategia gremial es totalmente legítimo. Dos billetes de 100 y uno de 50 no harán demasiado pero multiplicados por la cantidad de docentes públicos y privados que hay en la provincia, ¿qué cifra global representa como erogación para el Tesoro provincial?

Paralelamente la ministra de Educación, Claudia Balagué, anunciaba haber dispuesto que las clases se extendieran hasta el 22 de diciembre para recuperar los días perdidos y que se descontara el día de paro del 5 de abril. Un día de paro descontado sería, según lo que me explicó un dirigente gremial del sector, menos casi tres veces más de los 250 pesos por los que el conflicto se demoró en resolverse más de quince días, como mínimo. Un docente inicial cobrará un sueldo a marzo de 14.156 pesos si esto se prorratea por los 22 días hábiles que tuvo marzo, da como resultado: 643,45 pesos.

El viernes, José Testoni, secretario adjunto de Amsafe, desautorizó a la ministra Balagué en los medios de prensa diciendo que no tomaban en serio esa decisión ministerial porque, aseveró, es de cumplimiento imposible. "En esa fecha estamos los maestros trabajando. No es cierto que tenemos cuatro meses de vacaciones (se debe haber acordado de aquel anatema de CFK desde el Congreso nacional cuando los trató de vagos) y hay actividades que hacen imposible dictar clases: como exámenes, libreta en proceso, actos de colaciones, entre otras".

Y no sólo fue el adjunto gremial, sino que también el Ministerio de Trabajo la contrarió al ordenar que no se descuente el día de paro tal como se había anunciado.

¿Sabe el lector cómo protestan los japoneses durante un conflicto gremial? Extendiendo sus jornadas laborales. Trabajando el doble o más. Generando—si se tratase de una fábrica— una saturación de stock, lo que traería aparejado inconvenientes de administración a la firma. Los docentes hacen otro tanto. En nuestro país fluyó recientemente —sobre todo en las redes sociales pero también en todos los medios— la consigna: "Un docente que lucha, enseña". ¿Es lo mismo que decir que un maestro que para esta dando clases?

Claro que los argentinos, obvio que tampoco los santafesinos, no somos japoneses. La estabilidad de nuestro estado de derecho apenas supera tres décadas recién. Y, en rigor, me cuesta asociar a la dirigencia gremial de los maestros del Japón con la imagen de Roberto Baradel o de Sonia Alesso, titular de Ctera, gritando desaforada en la Plaza de Mayo, o a la de Carlos de Feo, secretario general de la Conadu, vociferando que querían que al gobierno le fuera mal.


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