Opinión
Martes 29 de Noviembre de 2016

El final de un tiempo

Cuba. Fidel ha muerto, pero el deceso de su Revolución aconteció antes, mucho antes, cuando los sueños de miles se transformaron en pesadilla.

Nadie puede negar el lugar central que para el siglo XX latinoamericano han tenido Cuba y su Revolución. Y no hay capítulo de la historia de nuestras luchas que no pueda ser asociado a ese gozne abierto a partir de 1959 en la pequeña isla caribeña.

Fidel ha muerto, pero el deceso de su Revolución aconteció antes, mucho antes, cuando los sueños de miles se transformaron en pesadilla. Es cierto que las estadísticas de las agencias internacionales ubican a la Cuba contemporánea en un lugar destacado en el desarrollo de sus políticas públicas asociadas en especial a salud y educación, sería necio negarlo. Pero también es cierto que las mismas organizaciones referenciales de Derechos Humanos, las que han denunciado con insistencia las violaciones a la dignidad humana perpetradas por los países centrales, desde Estados Unidos y su violencia imperial hasta Inglaterra o Francia y su criminal colonialismo en clave contemporánea, son las mismas que han insistido en señalar la violencia del régimen cubano. En las estadísticas exitosas y verdaderas de la Revolución que hoy se difunden por las redes sociales, no figuran las decenas de miles de personas arrojadas al exilio, los miles de asfixiados y muertos en su huida desesperada por mar, la censura implacable, la violencia policial, el poder autocrático del gobierno, el miedo sistemático a expresar algo diferente por fuera del dogma establecido. En esas estadísticas exitosas, no figuran ni los campos de concentración creados en los años sesenta donde los homosexuales fueron recluidos como ganado, ni los privilegios de una casta política que supo consolidar su lugar de poder y por extensión de beneficios en clave burocrático partidaria, una clase privilegiada en el corazón de una supuesta sociedad sin clases. En esas estadísticas no están tampoco ni los juicios sumarísimos como los que llevaron a la muerte frente al pelotón de fusilamiento a Arnaldo Ochoa ni el hostigamiento sistemático a las Damas de Blanco, esposas de los presos políticos.

Las críticas más fuertes a la Revolución, a sus atropellos, no fueron enunciadas exclusivamente por la derecha más radical, sino también por un amplio abanico de hombres y mujeres miembros del progresismo, muchos de ellos protagonistas de la gesta emancipatoria, entristecidos testigos del modo en que lentamente, como en los clásicos textos orwellianos, el imperio de las sombras se iba desplegando sobre la forja de los sueños libertarios.

Durante años, enunciar un juicio crítico hacia Cuba implicó la condena al ostracismo. Un espejo de lo que sucedió en los años 50 y 60 europeos cuando un puñado de intelectuales se atrevió a denunciar públicamente la existencia de los campos soviéticos y los atropellos cometidos por el stalinismo: la condena que sobre ellos recayó fue implacable. La misma que cae cuando se recuerdan los lazos de férrea hermandad de La Habana con los regímenes de Caucescu, Kim Il Sung o Honecker, o el rechazo sistemático, en esos mismos años, a sumarse a la condena a nuestra dictadura en los foros internacionales. Una negativa que tenía lugar mientras las Juntas militares desplegaban en nuestro país una cacería en clave de exterminio que tenía como víctimas privilegiadas, paradojalmente, a quienes habían impulsado sus luchas políticas con el pensamiento puesto en la Revolución cubana como modelo.

Los maniqueísmos solo contribuyen a confundir la visión de los panoramas históricos. No se trata de estar a favor o en contra de Cuba como si se tratara de una justa deportiva. Se trata de estar dispuesto a no tener un doble rasero a la hora de señalar y denunciar la arbitrariedad de lo injusto, sea cual sea el gobierno que comete esa injusticia. Ningún campo de concentración, ningún exilio, ninguna cárcel política, ninguna censura puede ser justificada por el bien de ningún ideal superior. Ninguna detención arbitraria, ninguna tortura sobre el cuerpo de nadie debiera ser minimizada. Sea quien sea la víctima de ese atropello y sea cual sea la autoridad que la perpetra.

Criticar las injusticias de un régimen que llegó al poder para ampliar los territorios de la libertad y el derecho, para hacer realidad el justo sueño igualitario, y "dar con sus acciones cumplimiento al Evangelio sobre la tierra" como solía saludar a la Revolución en sus primeros años el viejo Lezama Lima desde su casa en La Habana Vieja, no implica acompañar ni suscribir el discurso del recalcitrante republicanismo norte americano o de los sectores reaccionarios latinoamericanos o europeos que no se cansaron nunca de celebrar y financiar a todas las dictaduras del siglo XX. Implica ser solidarios con las víctimas de lo arbitrario, atender a sus reclamos, no abandonarlos a su soledad ni negar la persecución del disidente o la brutalidad que implica cualquier presidio político. Y estar dispuesto a ampliar el pensamiento crítico, y poder aceptar que la Revolución, aún siendo justa en sus fundamentos originarios, junto a sus grandes logros y conquistas en materia social y educativa, también fue responsable de generar una inmensa cantidad de hombres y mujeres dañados en su dignidad humana.

Esta memoria incómoda e inquietante, que no forma parte de las estadísticas oficiales debiera acaso ocupar un lugar nada menor en estos ceremoniales de despedida que hoy se multiplican por el mundo. Al menos así debiera ser por justa solidaridad ética con tantas miles de almas que a lo largo de estas décadas fueron injustamente humilladas por los implacables vientos de la Historia.

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