Por Pedro Squillaci
¿Qué decir de Kirk Douglas que no se haya dicho? El primer Kirk Douglas que se me viene a la cabeza es el de "Espartaco". Porque el tipo con el pocito en el mentón compuso un personaje memorable en esa película de 1960, que por esas cosas de la vida la vi casi 15 años después. Aquel Kirk iba más allá del gladiador forzudo, atravesaba la pantalla con una historia de solidaridad. Solidaridad fue la que mostraban sus compañeros esclavos cuando los romanos buscaban a Espartaco para matarlo y todos se pusieron de pie a la voz de "yo soy Espartaco". O en la pelea a muerte con Antonino (Tony Curtis), donde ambos querían matar al otro para evitar el mal mayor que era sobrevivir, ya que el que ganaba sería crucificado. O la escena del final cuando Espartaco en la cruz ve a su amada Varinia irse con su bebé. Había perdido al amor de su vida y a su hijo, pero gracias a su lucha ambos serían libres. Claro que también disfruté el Kirk que le puso el cuerpo a Ulises, el que mutó en Van Gogh en "Sed de vivir"; el de las de cowboys con "Duelo de titanes" con Burt Lancaster; o aquel militar de la Primera Guerra Mundial de "La patrulla infernal". Pero hay películas que son mucho más que un hecho artístico. "Espartaco" fue una enseñanza de vida. Kirk Douglas me enseñó que hay que ponerse en el lugar del otro en los momentos más difíciles de la vida. Y todo por una película de esclavos.


