Llopis es otro de los tipos que perdió el nombre y ganó un sobrenombre. A fuerza de sus canciones, Quique fue construyendo la carrera de intérprete y compositor de la mano de una voz inconfundible que ya es su sello. Esa marca en el orillo la lleva junto con su “rosarinidad”, por llamarla de un modo más cercano, y no en vano el disco con el que vuelve a las bateas se titula “Canto a Rosario”.
Hoy, a las 21.30, en el Gran Salón de Plataforma Lavardén (Sarmiento y Mendoza), Quique Llopis y su banda integrada por José Luis (Colo) Belmonte, baterista y uno de los directores artísticos de este disco junto con Llopis; Marisa Gallo en guitarra y Mariela Argentieri en contrabajo suben a escena junto al guitarrista Felipe Lima (hijo de Hamlet Lima Quintana) para cantar las canciones de hoy, pero también las de ayer y las de siempre.
Quique llega a la charla con Escenario diez minutos antes del horario pautado. Siempre con su chalina al tono y un gesto cordial, al verlo hasta dan ganas de cantar con él “la primavera viene mal herida”, frase vital de “Para salvar la primavera”, en un septiembre cálido que parece hacerle un guiño a aquella canción que él mismo le puso música sobre un texto de Rafael Ielpi.
Los poetas siempre acompañaron la obra de Quique, desde Rafael Alberti, Hamlet Lima Quintana y Armando Tejada Gómez hasta Elvio Romero, desde Paraguay, o el trabajo junto a figuras de la talla de Eduardo Falú, Jaime Dávalos, Teresa Parodi y Juan Muñiz. Ese es el universo de Llopis, en el que se mueve con soltura y un apego entrañable, no sólo desde el vuelo literario sino también desde el canto comprometido, como fue aquella inolvidable crónica cantada “La Forestal” (ver aparte).
—¿Por qué “Canto a Rosario”?
—Rosario es el punto de partida, de mi vida y de mi carrera, es el lugar donde los sueños se fueron haciendo realidad. Y este disco reúne canciones que canté en guitarreadas o espectáculos, como “Canto a Rosario”, “El cautivo de Til-Til” y “Que he sacado con quererte”, de Violeta Parra, que la he tocado en recitales con Hamlet (Lima Quintana) y yo tocaba el bombo. Es más, en el disco tiene prácticamente el mismo arreglo de los años 70 y 80. Pero lo particular es que nunca las había grabado y cuando empezamos a grabar con el Colo Belmonte y Javier Lozano, el Colo me decía «Quique, tocala como la tocabas vos». Y ese fue mi punto de partida.
—¿Las tres canciones que nombraste no las grabaste nunca?
—No, es increíble, y tampoco había grabado “Canción del jangadero”, que es otra de las que siempre tocaba en recitales. La única canción que ya tiene una grabación y que la incorporé en este disco es “Cantando un sueño”.
—Una joyita para abrir el disco.
—Sí, que incluye ese texto “Por eso empiezo el día cantando un sueño, la luz de la alegría no tiene dueño”. La frase de Hamlet es maravillosa, y además tiene el aporte de los hermanos (Marcelo y Hugo) Dellamea de los Dos + Uno, son muy talentosos, son los músicos que están siempre en el programa de Gerardo (Rozín, en referencia a “La peña de Morfi”, Telefe).
—¿Qué sensaciones te dejó este nuevo disco?
—Es un disco que me gusta mucho por el resultado general. Recién te nombraba al Colo, que también tocará en el show del viernes, y Javier Lozano, porque tuvieron presencia y me dieron consejos que me ayudaron mucho. Tuvimos un laburo colectivo importante.
—Hay una mixtura saludable de lo tradicional con lo moderno, como se ve en el arreglo de percusión de “Que he sacado con quererte”, por ejemplo.
—Mirá, eso convive todo el tiempo. Por eso incluimos en el arte del disco una foto mía de cuando tenía 11 años cantando en LT8 en el programa de Fernando Vilmar. Esa imagen es de comienzos del 64. Yo también coincido con esa mirada, porque cuando uno tiene determinado camino recorrido siempre caés en vicios y lugares comunes. Por ahí te repetís y se torna hasta aburrido lo que hacés y te lo cuestionás. Por eso valoro tanto el aporte de la gente que trabaja conmigo, porque ellos traen una mirada nueva, te puede gustar o no, pero lo tenés que escuchar para decidir con tranquilidad. Fue lo que me pasó, por ejemplo, con “Cantando un sueño”, que ahora tiene esa variedad rítmica y esa armonía que realmente es como un soplo de frescura que le da a un tema que, evidentemente, desde el punto de vista musical y poético se sostiene en el tiempo, pero con el aporte de lo nuevo le da un valor agregado.
—¿El canto testimonial se resignifica con el paso del tiempo?
—Algunas sí, por suerte no tuve muchas canciones coyunturales por así decirlo, pero el resto son canciones atemporales y ahí está el gran valor de los poetas que no escriben para el hoy, sino que tienen esa certeza de futuro. Pasado el tiempo ves que las canciones que uno cantaba y componía tenían un contenido social más que político. Yo fui dándole forma a un repertorio que después surgió naturalmente, si le sumás el contexto de aquellos años, las cosas que me gustaban, como Víctor Heredia, eran autores que me daban muchas respuestas desde lo emocional y desde lo estético, me gustaba la cosa juglaresca, de cantar tus cosas.
—¿Cómo fue que fuiste contemporáneo de la Trova Rosarina sin ser parte de esa movida?
—Estaba más volcado a la cosa folclórica y además soy unos años mayor y estoy más ligado a la generación de Contracanto, de Canto Libre, de Canto Popular Rosario, a toda esa formación. Ellos fueron mis referentes, es la camada anterior a la Trova. Pero siempre tuve una admiración natural por todo lo que aportaron a la música y además un reconocimiento muy grande como lo tienen jóvenes que los siguen descubriendo. Es más, yo toqué con todos ellos, con Fito, con Fandermole, pero fueron caminos distintos y creo que en esos años 80 fue una hermosa época en la música de la ciudad. Tejada Gómez decía “nada ni nadie puede impedir que una nueva generación tome la guitarra y la palabra”. Y eso es lo que pasó con la Trova, tomaron la guitarra y la palabra.