Si algo tiene Albert Serra es que su cine incomoda. El catalán es amante del
riesgo, quizá al límite de la exasperación. Lo hizo en "Honor de caballería", en el festival del
año pasado, y ahora va por más con "El canto de los pájaros". En cada filme de Serra se bate el
récords de espectadores que se acomodan en la butaca, tosen o, simplemente, abandonan la sala. Y
este año la constante se mantuvo. "Fueron muy pocos los que abandonaron, pero lo que cuenta son los
que quedan", desafió en la charla con el director Andrés Di Tella.
En honor a la verdad, si la referencia va a una cuestión estrictamente
matemática, Serra tiene razón. En el Auditorium, con capacidad para mil personas, la sala estaba
casi llena en la función de presentación y fueron menos de 50 los que se fueron. El tema es cómo
resistieron los que se quedaron, y si se explica someter a una resistencia estoica a un espectador,
cuando al menos sólo se trata de disfrutar de una buena historia en una digna película. Y ambas
cosas brillaron por su ausencia.
Así como en "Honor de caballería", el catalán hizo una libre interpretación
sobre la cruzada de Don Quijote, aquí en "El canto de los pájaros" hay una alegoría sobre los tres
Reyes Magos, que están en busca del Mesías que acaba de nacer. El filme casi no tiene diálogos.
"Aquí no hay dramatización, por lo que resulta muy difícil escribir un diálogo. Lo que le da fuerza
a la película es la fe, no desde el punto de vista religioso, sino la fe en la película", destacó
el realizador.
Acostumbrado a ser resistido, Serra elogió la actitud del público argentino.
"Aquí no son maleducados. El público argentino es muy cinéfilo, muchísimo más que el español, el
italiano o el inglés. Es respetuoso y tiene más cultura de cine que en muchos países líderes de
Europa", destacó ante la mirada atónita de muchos de los presentes.
El director catalán dijo que lo suyo es "ser original, mostrar el cine puro en
todo su concepto". Y agregó: "Lo puro es lo mejor, que no tenga influencia de la televisión. Si se
compara con la pintura, diríamos que es una pintura plana, simple y gráfica, una pintura
medieval".
El cineasta de 33 años, graduado en Literatura Española y Literatura Comparada
en la Universidad de Barcelona, dijo que escribió el guión "en un día y medio, al final de una
estadía en México y en el vuelo de regreso a Barcelona". Y ante algunas expresiones y gestos de
sorpresa de los presentes, remató: "Con el filme anterior comprendí que el guión es sólo útil con
el fin de obtener financiación, pero yo apenas lo utilizo cuando filmo. Este sólo contiene algunas
ideas estéticas, las fantasías que deseo plasmar".
Entre estas fantasías, volcadas en una película de muy bajo costo y con imágenes
en blanco y negro, Serra pretende darle su impronta al cine, con su mirada que hace eje en paisajes
bucólicos, con una narrativa en donde el tiempo pasa lánguidamente, y expresado en una trama donde
el pico dramático literalmente no existe. Como si esto fuera poco, la improvisación juega un rol
decisivo en la estructura del filme.
"Los diálogos son todos improvisados, sólo les doy una pauta a los actores y a
partir de ella pretendo que fluya la naturalidad del diálogo, es que quiero que ellos digan lo que
sientan". No faltará quien lo tilde de cine irresponsable, otros simplemente lo ven como un artista
de fuerte influencia de Pier Paolo Pasolini, de una gran devoción hacia el absurdo (las risas son
frecuentes entre el público en cada uno de sus filmes), y de un artista que le gusta jugar con los
límites. Lo cierto es que su película tiene tantas posibilidades de ganar el Astor de Oro como
cualquiera de las que pugnan por el mayor cetro internacional. Para tomar o dejar.
Hasta el momento, la competencia ofreció gran diversidad de propuestas estéticas
como la soporífera "Alicia en el país", del chileno Esteban Larraín; "Zift", del búlgaro javor
Gardey; "Fear me Not", del danés Kristian Levring, y "Medicine for Melancholy", del estadounidense
Barry Jenkins.
La otra mirada parece ser una constante de este desparejo 23º Festival de Cine
de Mar del Plata, que se aleja cada vez más del cine popular y se acerca, quizá innecesariamente,
al cine para cinéfilos o para exhibiciones limitadas, a excepción de "Home", de Ursula Meier, que
atrapa con una historia de marginalidad que obliga a la reflexión.