22 de agosto parece una fecha más. Pero para Sabatino “Cacho” Palma está repleta de significaciones. Un 22 de agosto de 1915 muere Miguel Vallejo, hermano de César Vallejo, el gran escritor peruano, y es en ese dolor donde rescata lo mejor de su poesía para transformarse en uno de los autores de mayor sensibilidad en América. Otro 22 de agosto, pero de 1972, se desató la genocida Masacre de Trelew, en la que 19 militantes políticos fueron fusilados por la Armada Argentina. Y el 22 de agosto de 1980 se estrenó en Rosario “Cómo te explico”, la primera obra para adolescentes realizada por un grupo juvenil de la ciudad. Y esa fecha final es el disparador de esta obra “22 de agosto. Y si después de tantas palabras”, que tendrá por el momento dos últimas funciones este sábado 17 y el próximo sábado 24 en Arteón (Sarmiento 778), porque no es otra que la misma sala en la que Cacho era un personaje del elenco, dirigido por Chiqui González, de aquella puesta de los 70 que fue una bisagra para los pibes y pibas que empezaban a descubrir los primeros chispazos del fuego artístico en sus vidas. Con toda esta información, con toda esta historia y, sobre todo, con todo este sentimiento, Cacho Palma pone en escena esta obra de su autoría, interpretada junto a su hijo Lautaro Palma, con dirección de Alejandro Casavalle, en un relato que enlaza todo el tiempo con el pasado para poder interpretar este presente.
La obra de Cacho siempre está atravesada por luces y sombras. Un hombre parado de frente al público desnuda su alma y muestra todas las llagas de su vida. Es un personaje, pero también es Cacho. La cuarta pared se rompe todo el tiempo y esa convención está clara, todos y todas juegan ese juego, y se emocionan con él, y se disfruta cuando suena “Durazno sangrando”, en la voz de Spinetta, o “Instituciones”, apenas se ingresa a la sala, en la voz de Charly. Eran los referentes musicales y culturales de una generación que también atravesó claroscuros. “Y si después de tantas palabras no sobreviven las palabras”, dice Cacho, descalzo, parado sobre una tabla de madera en una tarima inventada para la ocasión.
Cacho habla de la pasión de Vallejo, de la angustia de ese escritor nacido en un pequeño pueblo peruano y conecta con su vida en Villa Mugueta. Y en ese mosaico de culturas y sensaciones aparece Kafka en una metamorfosis simpática con Angel Di María. Y Cacho sigue contando y cantando su historia; y de Facundo Cabral con “No soy de aquí, ni soy de allá”, nos vamos al desenfado de “Me gusta ese tajo”, de Pescado Rabioso, y de pronto la lágrima pide pista. Aparece un relato que evoca a los fusilados y a los sobrevivientes de Trelew y no da para cantar. Duele. Y mucho. Y Cacho y Lautaro siguen de pie, como seguimos cada uno y cada una de los que estamos viendo la obra; y claro que también atravesamos tormentas. Por eso “22 de agosto” te pega en el corazón. Porque de ese llanto también vamos a la sonrisa de “Cómo te explico”. Y cómo no sonreír cuando se ve en una imagen a Myriam Cubelos y Juan Monfrini, como juglares de una impronta juvenil, de una poética, de un despertar cultural que mostraba su pulso cuando el “no se puede” era un cartel que te pegaban en la frente al salir a la calle.
La melodía de “quiero jugar, subir y bajar por el tobogán” te viene a la memoria aunque no la hayas llamado. Y Cacho lo sabe. Y va y viene con ese recuerdo. Y a la vez lo plantea como una osadía, un desafío, una revolución, casi una locura. Y los locos también invaden la escena. Cacho vuelca su experiencia como psiquiatra en el Agudo Avila y esos locos que siempre dicen la verdad se parecen también a los locos bajitos que cantaba Serrat.
Y entre tanta historia, tanta vida y tanta muerte, Cacho mira a la platea y dice “¿se entiende algo?” Y sí, se entiende, porque la información es mucha, es compleja, pero es esencial y, desde ya, es tan verdadera que es un llamado a la memoria colectiva.
Por eso, aunque cueste por momentos entrar en ese territorio cargado de luces, de sombras, de dolor, de canción y de pasión, hay que ir a ver “22 de agosto”. El día que sea, pero vale verla. Porque habla de un pasado dramático y a la vez maravilloso, que navega en un presente continuo, a veces circular, que sigue su ruta. Es allí donde esta puesta toma un valor superlativo, porque no es solo una obra teatral, es una obra en construcción.