Turismo

La gran aventura de navegar el Iguazú hasta la boca de la Garganta del Diablo

Es una vivencia inquietante. El agua cae desde ochenta metros de altura y rompe contra el río con una fuerza sobrecogedora. La experiencia es única y emocionante.

Domingo 23 de Junio de 2013

Hay que cruzar la selva en jeep, serpentear entre la vegetación espesa por un camino de tierra roja, entre árboles altos y flacos, lianas que se enroscan en los troncos, caen de las ramas, se ocultan entre hojas verdes, frescas, húmedas que brillan cada vez que las ruedas muerden el borde de la huella que dejaron otras marchas, otros días, acaso lluviosos, siempre calientes, y que si se levanta la vista se pierden en la espesura.
 
En lo alto, un pájaro que no se alcanza a ver, aletea con fuerza asustado por el ronroneo del motor y los clicks de las cámaras de fotos. A un costado, confundido con la vegetación, un capuccino se despereza mientras mira con desconfianza a ese monstruo metálico que se arrastra dando tumbos. No está solo, el clan, la familia lo rodea mansamente. Una de las hembras, más menuda, más ligera, se descuelga a su lado; uno de los pequeños se aferra con fuerza a un palo que a la distancia parece seco; todos tienen los ojos bien abiertos y fijos en el extraño visitante que se mueve pesadamente bajo sus pies.
 
Es un trecho corto, que termina en la cima de una escalera estrecha de hormigón que se quiebra sin dejar ver a dónde va. Al cabo de descender unos pocos peldaños se ven las aguas marrones del río, una playa de arenas oscuras y un lanchón que se mece con suavidad amarrado a un espigón de madera. Antes de terminar de bajar hay que ponerse el salvavidas por consejo de los guías, debe ir bien amarrado y no hay que quitárselo por nada del mundo.
 
La recomendación no está de más. Basta dar vuelta la cabeza, mirar río arriba, para entender por qué tanto celo. A lo lejos, pero no tanto que no se pueda sentir su fuerza, el estruendo que hace al estrellarse al chocar el agua contra agua, cae la Garganta del Diablo, el salto más imponente y salvaje de las cataratas del Iguazú. No asusta, pero intimida, es pura espuma, nervio, vapor, un rugido que emerge de las profundidades y se eleva al cielo donde bandadas de pequeños pájaros vuelan enloquecidas de un lado a otro.
 
“Son vencejos, anidan en las piedras, detrás de la caída de agua”, explica con voz ronca Miguel, uno de los lancheros mientras enrolla en el  brazo los gruesos cabos de yute que amarraban la embarcación. El motor arranca vigoroso, la proa del lanchón se levanta y las aguas se parten al medio mientras el grupo de turistas, súbitamente enmudecidos, ven cómo la cascada se hace cada vez más grande. Van directo al salto de agua más alto de los 275 de las cataratas del Iguazú y basta echarle una mirada para entender por qué fue elegido como una de las nuevas siete maravillas del mundo.
 
Avanzan  velozmente, sin hablar, con las manos aferradas a el respaldo de los asientos, sin animarse a sacar las cámaras de fotos, aunque mueren de ganas de inmortalizar el momento. Nadie lo dice, nadie se queja, pero el avance incesante del lanchón los inquieta. Y no es para menos, la fuerza de la naturaleza es una amenaza en ciernes. Por fortuna, en el último instante, cuando ya están sobre la boca
del salto, un giro brusco del timón les devuelve el alma al cuerpo.
 

La Garganta del Diablo quedó atrás, pero al frente aparece inesperadamente el salto Tres Mosqueteros, esta vez no hay freno ni cambio de dirección, el bote queda justo debajo de la caída del agua y los pasajeros, perplejos, quedan empapados. Nadie se queja, todos ríen, festejan como chicos el chapuzón. El piloto no les da tiempo a pensar y vuelve a la carga, empina el casco con un nuevo golpe de motor y pone proa al salto San Martín, nadie se sorprende cuando vuelven a quedar bajo la lluvia intensa. No hace calor, es bien entrado el otoño, pero el sol es intenso. En un rato nomás volverán a estar secos, no hay dudas, mientras tanto disfrutan el carnaval. El lanchón hace una última pasada bajo la cascada, estalla otra exclamación, y da un amplio giro en U para emprender el regreso. Antes de volver a tierra firme todavía queda un paseo más, frente a la costa de la isla San Martín, que desde el agua luce como Pandora, la luna que imaginó James Cameron para su filme de ciencia ficción “Avatar”.

La realidad supera a la ficción. El paseo, que han dado en llamar “La gran aventura”, dura poco menos de media hora y parece interminable. No obstante, cuando el bote amarra y llega el momento de bajar es inevitable sentirse con ganas de más. Hay una larga y esforzada subida antes de volver al jeep, pero no se siente el cansancio, la adrenalina de la navegación en las aguas turbulentas, bajo las cataratas, fortalece las piernas. Enciende el ánimo.
 
El ascenso es un juego de niños. Con una vista impactante, en cada recodo de la escalinata un salto distinto, un paisaje de ensueño, una foto para enmarcar o para compartir en Facebook. La caminata hasta el transporte de regreso encierra más de una sorpresa, los coatíes, dueños y señores del paraje, andan en grupos buscando comida. También los saltos escondidos, como el Lanusse, que se deja caer bien profundo, tanto que sería una tentación irresistible para un clavadista de Acapulco.
 
Frente al viejo pabellón de Gendarmería, que está siendo remodelado para convertirlo en un alojamiento cinco estrellas, espera el vehículo que los devolverá a la ciudad. Hace un buen rato que las Garganta del Diablo quedó atrás, pero la agitación que provoca tenerla al alcance de la mano persiste. Es una sensación única, un ligero temblor en las manos, una respiración entrecortada, querer contarlo todo ya, en ese mismo momento. Antes de que termine la magia.
 

Datos útiles

♦ Iguazú Grand, hotel casino cuatro estrellas, el más lujoso de Puerto Iguazú ubicado en el entorno natural de la selva paranaense.

♦ Restaurante Doña Flor del Panoramic hotel Iguazú, con carta especializada en carnes argentinas y pescados firmada por el chef Luciano Grimaldi.

♦ Parque Nacional Iguazú, área protegida de 67.620hectáreas. En su entorno hay 2.000 especies de flora autóctona, 450 especies de aves y 80, de mamíferos. La temperatura media es de 15 grados en invierno y 30, en verano.
 
Cómo llegar
 
♦ Por tierra, desde Rosario ida y vuelta $1.100 por Crucero del Norte.
 
♦ En avión, con LAN, desde Buenos Aires a Puerto Iguazú, tarifa $ 1.208.

¿Te gustó la nota?

Dejá tu comentario