Pero ya van a entender por qué hablo de “Lost”. Denme un poquito más de tiempo.
Como enseña la canción de Gustavo Cerati podría decir que, en este viaje, se vaya para donde se vaya, de oeste a este o al revés, al final hay recompensa. En una punta del recorrido está el paso fronterizo de Agua Negra, noroeste de San Juan. A 4.780 metros sobre el nivel del mar, es uno de los cruces más altos del mundo y se mantiene abierto sólo entre noviembre y abril. Tan ásperos y generosos a la vez, estos Andes nuestros.
En el extremo opuesto del camino están Coquimbo y La Serena. Puerto con un mercado de pescados y mariscos irresistible, largas playas y la segunda ciudad más antigua de Chile, fundada en 1544 y dueña aún de una fuerte, aunque acotada, impronta colonial.
En el medio, a lo largo de los apenas 230 kilómetros de ancho que mide Chile a esa altura, unos paisajes increíbles que bajan o suben dependiendo desde el extremo del que se parta y un rosario de pueblos con historia y fisonomías muy singulares. Cada uno tiene su aura y su mística. Consejo, tratar de recorrerlos a todos y de dormir en cuantos se pueda.
En nuestro caso, llegamos primero a Coquimbo porque veníamos del sur, hilvanando pueblitos y ciudades costeras desde el centro de Chile. Luego pasamos a La Serena y después de recorrerla y de dormir ahí, bien temprano, encaramos la subida por el valle. Pavimentada en buena parte del trayecto y bordeando casi siempre el río Elqui, que desagua en el Pacífico, un poco más arriba de La Serena.
El camino corre encajonado entre cordones montañosos que van creciendo en altura y pese a eso nunca dejan de sorprender por el verdor: sobre sus laderas trepan increíbles los viñedos y llegan arriba, muy, pero muy arriba.
Era primavera avanzada, claro, otra historia habríamos contado en invierno. Pero en ese caso habría sido imposible cruzar hacia Argentina porque el paso se cierra por nieve.
Sobre ese paisaje del Elqui, el cielo no puede ser más azul y el aire más transparente. Es tan diáfano todo que enceguece y justamente por eso se multiplican las cúpulas de los observatorios astronómicos, tanto profesionales como aficionados. Casi no existe contaminación lumínica.
De hecho, en la zona operan dos telescopios de la Asociación de Universidades para la Investigación en Astronomía (Aura), una institución con nombre propio a nivel mundial, con más de seis décadas de trabajo y que nuclea a unas 50 casas de altos estudios, la mayoría de Estados Unidos. Pero aparte de esos observatorios (ubicados en los cerros Tololo y Pachón, abiertos incluso a las visitas del público), centellean entre los cerros domos y cúpulas de observadores apasionados, entre los que tampoco faltan los infatigables rastreadores de ovnis.
Como si se tratara de una locación de cine, a cada vuelta del camino se despliega una abundante iconografía New Age, mucho más emparentada con la fantasía, la ciencia ficción, las creencias de todo tipo e incluso con la astrología que con la astronomía.
Pero en plan de viaje ese perfil no le resta encanto al Elqui. Todo lo contrario, le suma y se imbrica de un modo delirante con la historia de cada pueblo, incluida la ciudad de Vicuña, donde nació la poeta y premio Nobel Gabriela Mistral.
El nombre de Mistral (en realidad, seudónimo de Lucila Godoy Alcayaga) está ligado a todo el valle porque de hecho la escritora chilena, que también fue diplomática, creció y vivió en varios de sus pueblos y ciudades.
Antes de morir, en 1957, pidió incluso ser enterrada en uno de ellos, Montegrande, al que nombraba justamente como su “amado pueblo”.
Enhebrados
Desde que el mar azul de La Serena va quedando atrás, los paradores, caseríos y poblados se suceden casi sin interrupción sobre la ruta 41, como es común en los caminos más lindos de Chile, justamente por lo angosto que es el país en algunas de sus regiones, en este caso la IV. También pasa eso en el Cajón del Maipo, por ejemplo, pero ese es otro cuento.
A 32 kilómetros de La Serena ya aparece El Molle, epicentro de la cultura agroalfarera más antigua de la zona, pueblo con historia y una iglesia de valor patrimonial. Tranquilo, siestero, con apenas 200 habitantes, un primer lugar donde frenar para empezar a respirar el aire del valle.
Poco después llegamos al embalse Puclaro, que a fines del siglo pasado sepultó a tres pequeños poblados. Uno, Gualliguaica, se refundó a más altura al otro lado del río e incluso trasladó buena parte de su antigua iglesia de San José (1757) y construyó una réplica de la original estación de trenes.
Pocos kilómetros más allá, antes de llegar a Vicuña, arribamos a El Tambo, un caserío crecido donde supo estar la vieja estación de trenes del mismo nombre. En todos lados hay sitios donde parar. Cuestión de elegir dónde.
Y nuevamente tuvimos que cruzar el Elqui para entrar a Vicuña, capital del valle y del pisco chileno, además, ciudad natal de Mistral. No es sólo por haber sido cuna de la poeta y del buen trago que se conoce en el mundo a Vicuña. También, o a lo mejor en especial, por ser uno de los mejores enclaves de la Tierra para la observación astronómica debido a la transparencia de sus cielos.
Justamente por eso, en su jurisdicción existen varios observatorios de uso científico y público, así como un gran telescopio. Para los amantes de la astronomía, una ruta todavía más en serio.
Vicuña tiene aires de otra época, casonas de principios del 900, una plaza de armas con esculturas flanqueada también por el cabildo y su torre de reminiscencia medieval y la iglesia de la Inmaculada Concepción.
Es una ciudad con color: roja por algunos de sus edificios emblemáticos, y sobre todo verde, por las calles arboladas y tranquilas y los viñedos y las huertas con frutales que dominan todo el paisaje con aires de prosperidad provinciana.
De la comuna dependen un montón de rincones interesantes para conocer y donde se puede parar porque abundan las cabañas, los hospedajes y campings.
Aparte de El Molle, los pueblos de Peralillo, Calingasta, Villaseca, Diaguitas, Rivadavia... Cada cual, con su historia única y su ecología, todos productivos, pintorescos, soleados, vigorosos, energéticos.
Rivadavia, por ejemplo, es de una belleza increíble, enclavado en un valle verde entre montañas altísimas y desde donde nace el desvío a un collar de otras localidades que vale la pena conocer, como Paiguano, Pisco Elqui, Montegrande o Cochiguaz. Todos son hermosos, en todos dan ganas de quedarse un mes, un año, la vida entera.
Entre tantas vueltas y recodos no nos resultó fácil decidir dónde volver a detenernos, pero la elección finalmente valió la pena. Porque sin saberlo entonces, estábamos entrando a un capítulo de Lost.
¿Se acuerdan de la serie? La vimos antes del streaming, pura tevé. A lo largo de seis temporadas, “Lost” narra la historia de los sobrevivientes del vuelo 815, que cae en una isla cautivante, presuntamente desierta y sin ninguna conexión con el resto del mundo. Allí comienza la larga historia.
Recuerdo haber ido a trabajar prácticamente sin dormir cuando un amigo me prestaba el DVD con todos los episodios de una temporada, en los que el presente amenazante en la isla se iba entretejiendo con el pasado de sus personajes enigmáticos, en un ir y venir que a la vez sugería y ocultaba soluciones a misterios que no paraban de crecer y complicarse.
Con el correr de los capítulos iban surgiendo pistas que llevaban hasta la Iniciativa Dharma, un proyecto científico secreto que se había ido pervirtiendo, identificado con un emblema octogonal (¡como el del etiquetado frontal!).
En cada cara de la figura había un trigrama, al estilo de los del I Ching o el Bagua taoísta. Cosas de expertos...
Como casi siempre, nosotros viajábamos fuera de temporada y entonces la mayoría de los lugares a los que llegábamos se veían muy, pero muy solitarios.
Supongo que así fue como terminamos alojados en algo que se presentaba como “spa cósmico” en una vuelta del valle de Cochiguaz, pero a precio más bien de pensión barata.
Estaba enclavado en medio de la montaña, lejos de casi todo, y sus construcciones (una constelación de edificios pequeños, incluidas salas de yoga, meditación y otras prácticas “espirituales”) reproducían, justamente, el formato octogonal de la Iniciativa Dharma. Cada espacio parecía resguardar un enigma reservado sólo a los iniciados.
Para volver todo más misterioso (y atractivo), no había otros huéspedes en ese complejo diseñado para cultores de una cosmovisión tan vaga como diversa. Éramos claramente sapos de otro pozo. Pero los sapos, al final, disfrutaron de esa escenografía similar a la de “Lost” como extras de la serie.
El viaje siguió por más pueblos, algunos por la ruta 41, que es la que desemboca en el paso fronterizo, y otros dispersos sobre las que se abren a los costados, como la 485.
Rodeado de unos cerros majestuosos, Pisco Elqui es uno de los más lindos y también de los que ofrece mejores alternativas para alojarse, aprender de historia, de arquitectura y de pisco, uno de los orgullos chilenos en eterna disputa con Perú y estrella de exportación de la zona.
Cada vez más hacia el corazón de la montaña, en dirección sur, se suceden otras comunidades, como Horcón y Alcohuaz. Y como siempre en Chile, hay lugares donde hospedarse.
Y por supuesto, a lo largo de todo el recorrido se ofrecen visitas a bodegas, cabalgatas, observaciones astronómicas, paseos en bicicleta, aguas termales y miles de experiencias promocionadas como terapéuticas.
Cada quien elige lo que siente más suyo. Lo mío fue el color de los paisajes mientras vibraba el día y la oscuridad envolvente de las noches, espolvoreadas por una cantidad de estrellas como no he vuelto a ver.
Cuando volvimos a la 41, empezamos poco a poco a abandonar los verdes del valle del Elqui para ascender hacia el límite con Argentina. Del lado chileno se pasa por el complejo fronterizo Aguas del Toro, donde por ahora termina el pavimento y empieza el ripio.
Restan a esa altura 65 kilómetros para llegar hasta el cruce de Agua Negra. El camino, en general ancho, se angosta por momentos y tiene pendientes fuertes, con tramos bien, pero bien de cornisa. Igual, siempre manejable incluso a bordo de un auto.
Ahí la montaña recupera ya su color profundo: ese de piedra y tierra, de puro rojo a marrón oscuro, surcada también por grandes extensiones de hielo y dos kilómetros de nieves eternas. Sus filos erguidos como monjes glaciares a los costados de la ruta se llaman Los Penitentes.
Una vez pasada la frontera, la ruta 41 chilena se convierte en la 150 argentina. Por eso no decepciona el viaje ni siquiera después de que el Elqui queda atrás, aunque den ganas de pegar la vuelta para desandarlo.
Es que adelante está San Juan, con nuevos caminos para seguir explorando. El mapa desplegado sobre la falda manda. Y dice vamos.