El menú de contrastes que, para un ojo medianamente entrenado, ofrecen los graffitis y pinturas que saturan los muros de la ciudad, es en extremo suculento, cuando no de muy difícil digestión…

Por Rubén Echagüe
El menú de contrastes que, para un ojo medianamente entrenado, ofrecen los graffitis y pinturas que saturan los muros de la ciudad, es en extremo suculento, cuando no de muy difícil digestión…
Muchas paredes son verdaderos palimpsestos, plagados de intervenciones que solo dan cuenta, aerosoles y “fibrones” mediante, de la viejísima necesidad humana de perpetuarse –por más que sus artífices sean los jóvenes–, estampando alguna marca personal en un soporte que se presume perdurable.
En otros casos el producto es notoriamente más elaborado, como ocurre con esa plaga de gatos y demás engendros “surrealistas”, comprimidos en las paredes que flanquean el retiro en numerosos edificios de departamentos, y que vociferan con una complejidad formal y una intensidad cromática apabullantes para el ocasional contemplador.
La deificación de Lionel Messi quedó plasmada en un mural celebrado por sus colosales dimensiones (como para el Libro Guinness de los récords), y un capítulo aparte merece la feliz iniciativa de nuestro actual secretario de Cultura, Dante Taparelli, de reproducir a escala monumental algunas obras paradigmáticas de la gran pintura rosarina, pero que –ante una imposible labor de conservación y mantenimiento sistemáticos– se han ido degradando irremediablemente. (La intemperie es cruel, y no solo porque ampara el acto de destrucción intencional: ni el sol ni la lluvia se enternecieron ante la depurada belleza de La niña de la rosa, de Alfredo Guido, ni ante el impagable zorrito que acaricia los hombros de María Laura Schiavoni).
Pero mi propósito es ofrendarle aquí un canto de despedida a la que, para mi gusto, fue –o es– la pieza mural más bella que tuvo la ciudad.
Me refiero al marinero pintado en Urquiza al 1900, sobre una pared lateral de la “Compañía General de Artes Gráficas” (Ferrazini), al que dediqué una nota publicada por este mismo diario el lunes 4 de agosto de 2014, muchos años antes de que comenzaran las reformas edilicias que se llevan a cabo hoy en dicho inmueble.
“Pintado por una mano anónima”, decía aquel comentario, “el enigmático personaje suma alrededor de cuatro metros de altura, sin contar el parapeto sobre el cual se asoma, y, siguiendo los lineamientos de la iconografía de todos los tiempos, luce los atributos que permiten reconocer de inmediato su condición: camiseta a rayas celestes y blancas, birrete ladeado con el dibujo de un ancla, y a través de una ventana que se abre a sus espaldas, coronada por un arco de medio punto, una convencional pero coherente imagen del mar”. También hacía el elogio de su ajustada síntesis, del refinamiento de la gama cromática empleada, pero sobre todo de su fuerza expresiva, sencillamente arrolladora…
Hacia el final de la nota aludía a la expresión absorta y alucinada del misterioso hombre de mar, y me preguntaba si así habrá sido la expresión de Ulises cuando, amarrado al mástil de su navío, pugnaba por no sucumbir al canto de las Sirenas.
Pero viéndolo hoy, impertérrito, superando el portón con alambres de púas que lo aprisiona, y mientras todo lo que lo rodea parece condenado al derrumbe, he cambiado de opinión: creo que si ha logrado sobrevivir hasta ahora, es porque al marinero en éxtasis lo sostiene un propósito a la vez tan humano y tan desatinado, como el que alimentaba al capitán Ahab en su empeño por capturar a la ballena blanca: el propósito de resolver el único acertijo que quizás nos plantea el universo, pero que, de existir… es tan insondable como el mar.

Por Nicolás Maggi