—Seño, quería contarte que soy escritor.

Por Paula Busnadiego
Silvina Salinas
La maestra Silvina Gandini convirtió el cuento de Lautaro en un libro artesanal. La propuesta incentivó a otros chicos y chicas a la escritura.
Silvina Salinas
Además de escritor, Lautaro es un gran lector de comic y ciencia ficción.
Silvina Salinas
La historia escrita por el alumno de Los Arrayanes ofrece un escenario distópico donde los gatos son mutantes.
Silvina Salinas
El estudiante muestra feliz el libro artesanal que se regaló su maestra.
—Seño, quería contarte que soy escritor.
—Sí Lauti, yo sé que te gusta escribir.
—Escribo libros y además tengo una editorial propia que se llama “Las alas del stickman”.
—Ah, pero sos muy groso.
—¿Querés que te escriba un cuento?
—¡Obvio que quiero que me escribas una historia!
—Yo te voy a escribir un libro seño.
El diálogo tuvo lugar en la sala de música de la escuela primaria Los Arrayanes y la promesa se materializó en tan solo una semana dando nacimiento a "El apocalipsis de los gatos mutantes", el cuento que Lautaro Jauregui le escribió a su maestra de música Silvina Gandini donde ella es la protagonista heroína que logra salvar a toda la humanidad. “Este libro lo escribí para vos”, le dijo el nene a la docente la clase siguiente, y la ofrenda se llevó mucho más que un sello de felicitaciones, porque ella decidió convertir ese texto en un libro artesanal.
Lautaro tiene 10 años y está en quinto grado de la Escuela Los Arrayanes. En una charla con La Capital cuenta que escribe desde que tiene 5 años. En un principio de puño y letra, hasta que comenzó a familiarizarse con el teclado de la computadora, especialmente durante la pandemia, y ahora tipea todos sus cuentos. Le gusta leer y escribir todo tipo de historias, pero sobre todo las fantásticas, de aventuras y ciencia ficción.
“¿Si me acuerdo el primer cuento que escribí? El primero creo que fue el de detectives, ¿no má?”, dice Lautaro haciendo memoria, y su mamá Patricia responde: “El primer cuento me lo dictó porque él aún no sabía escribir”, confirmando que su hijo desde muy pequeño es un gran contador de historias. “Cuando tenía dos años Lautaro se dormía si le contaban un cuento, yo no tenía intenciones de enseñarle a leer cuando estaba en preescolar, pero él me pedía que pasara el dedo por donde leía y ahí aprendió”, cuenta.
En la charla, el pequeño escritor despliega sobre la mesa algunas de sus producciones literarias. Las de los primeros años de primaria están escritas en puño y letra, abrochadas en forma de librito y se lucen con ilustraciones propias. Otros cuentos se corresponden con los últimos años de virtualidad escolar y están tipeados. Entre los primeros títulos se destacan “El gato perdido”, “El despertar del vampiro”, “El ornitorrinco, un animal fantástico”. A estos se le suman los textos pandémicos nacidos cuando cursaba 3º grado: “Cinco días en la pandemia”, “Cinco días en un apocalipsis zombi”, “Las aventuras del detective zorro”, y “El apocalipsis de los gatos mutantes”, el cuento dedicado a su querida seño Silvi como él la llama. Una característica distintiva de todas estas producciones es el sello de la editorial “Las alas del stickman”, una invención presente desde el nacimiento de su primera obra.
Pero además de escritor, Lautaro es ante todo un gran lector. “Bodoc, Fontanarrosa, libro que cae en sus manos libro es bienvenido”, dice Patricia, y él agrega: “Me gusta leer muchas cosas, ahora me copé leyendo mangas, también me gustan los cómics, hay un escritor que me gusta mucho que es Neil Gaiman, mi libro favorito es Coraline al mismo nivel que El libro del cementerio".
La mañana que Lautaro entregó a su maestra el cuento que le había dedicado, ella le puso un marco a la ofrenda. Comenzaba la clase de música y Silvina decidió leer “El apocalipsis de los gatos mutantes” a todos los estudiantes de 5º B con la música de Vivaldi como banda sonora de fondo. Consideró que ese cuento debía transformarse en clase y que además, debía convertirse en libro. “Esa mañana lo recontra felicité y le escribí una nota, pero me fui de la escuela con sabor a nada, me di cuenta que tenía que hacer algo más importante con esto que había pasado, una notita con un sello no me alcanzaba. Así que llegué a casa y dije «yo a esto lo tengo que materializar, él tiene que ver su cuento en un libro con prólogo, ilustraciones, una contratapa», y me senté a hacerlo en mi casa”, cuenta Silvina, que junto al aporte de una ilustradora concretó esa idea en forma de libro artesanal, un regalo que ella misma le entregaría la próxima clase.
Lautaro recibió la sorpresa de su maestra frente a todos sus compañeros. “Este libro ahora lo podés compartir si querés, ya tiene forma”, le dijo Silvina haciendo entrega del regalo. El nene lo recibió conmovido al igual que el resto de sus compañeros. “Esa clase me sentí feliz, en ese momento me di cuenta que el cuento que había escrito a ella le había gustado mucho”, dice el pequeño escritor. Aquella clase fue de emociones para Lautaro, sus compañeros y toda su familia. Y además abrió una ventana de posibilidades, porque desde ese momento comenzaron a abordar en el salón de música el tema de la escritura y cuáles son las partes de un libro.
Silvina también compartió la lectura de “El apocalipsis de los gatos mutantes” en los otros cursos de la primaria, un suceso que él sintió como un honor y el resto de los chicos como un estímulo para animarse a la escritura creativa. La emoción generó un efecto multiplicador, porque con el paso de los días ya son varios los estudiantes de 5º grado que se lanzaron a la escritura. Cada tanto escucha de algún alumno “seño, yo también te voy a escribir un libro”. En eso están varios chicos y chicas. La docente ya guardó en su portafolios un libro colectivo en el que participaron cuatro estudiantes que se llama “La seño Silvi y Yuli en el apocalipsis”, otra historia de amor donde ella y la maestra de grado son las protagonistas.
La historia escrita por Lautaro ofrece un escenario distópico donde todos los gatos se transforman en mutantes y bajo el liderazgo de Arnoldo, un felino malhumorado, ponen en riesgo a toda la humanidad. El reinado gatuno genera una verdadera catástrofe donde encierran a los humanos y lo único que les dan de comer es pescado y leche. Por suerte, el escritor ofrece una salida salvadora. “Todos los planes de los gatos parecían ir excelentes, pero en realidad no iban tan bien, porque una persona seguía suelta, esa persona se llamaba Silvina, antes del apocalipsis era la profesora de música en la escuela Los Arrayanes”, presenta Lautaro en el capítulo 3 a la heroína de esta historia. La seño Silvi no solo es la creadora de unas microbombas, también es dueña de una importante destreza que le permite llegar a la base de los gatos y hacer volar el trono de Arnoldo. Una explosión reparadora, porque gracias a ella los animales mutantes se transforman nuevamente en mascotas comunes y se pone fin al reinado felino.
“A Arnoldo me lo imaginaba como un gato naranjita, con bigotitos, gordito con patitas cortas. A los mutantes enormes con cabeza chiquita, a Silvina toda vestida de negro como quien sale a robar un banco”, cuenta Lautaro, rememorando aquel proceso de escritura creativa. “¿Qué tiene la seño Silvi de especial? Toca muy bien el piano y varios instrumentos, tiene carácter y me encanta que sea tan activa”, dice él. Pero hay mucho mas que eso. En la charla, el alumno cuenta el vínculo y los aprendizajes que logró con su maestra de música durante todo este tiempo pandémico, y que la hacen dueña de habilidades más que suficientes como para merecer el papel protagónico de esta historia.
Lautaro es alumno de Silvina desde que comenzó la primaria, aunque gran parte del tiempo cursó su materia a la distancia. Para ella, que venía desarrollando en la escuela un proyecto de alfabetización musical, la pandemia fue un momento de muchos interrogantes. ¿Cómo continúo con las clases, cómo me vinculo con los chicos y las chicas?, se preguntó Silvina, y como todos los docentes salió a la búsqueda de recursos y se reinventó para llegar con la música a sus estudiantes.
Hacía un tiempo desarrollaba en Los Arrayanes una campaña para limpiar la escuela de ruidos y concientizar sobre la contaminación sonora. “Estamos sometidos a un montón de decibeles”, explica, y con el inicio del confinamiento les propuso a sus alumnos ser investigadores. Para eso tenían que trabajar con un sonómetro —una aplicación que mide los decibeles— y transformarse en detectives sonoros. En horarios establecidos previamente, los chicos y las chicas tenían que salir a medir los sonidos de la calle o el patio, escuchar la ciudad silenciada, tomar registros auditivos y compartirlos con la clase. Así fue que durante el confinamiento más estricto Lautaro salía entusiasmado de su casa para registrar los sonidos de la cuarentena. “En la primera fase solo se escuchaban grillos y pajaritos”, recuerda él.
Otra de las propuestas de Silvina fue trabajar con la aplicación Perfect Piano, con la idea de que los estudiantes aprendieran en sus casas a tocar el instrumento, y por lo que cuenta Lautaro obtuvo muy buenos resultados. “La seño me motivó a tocar el piano, sé tocar Misión imposible, el Himno a la alegría, Baby shark, y un pedazo de La vie en rose”, dice. Su mamá agrega que con esta aplicación que les hizo bajar la maestra en plena pandemia Lautaro estaba entusiasmado en aprender aunque sea un pedazo de una canción para mostrarla en la clase de música.
Patricia recuerda las experiencias educativas que se vivieron en los hogares y agradece la dedicación de todos los docentes que lograron a la distancia y a través de una pantalla llegar a los chicos. A través de sus propuestas innovadoras, “la seño Silvi lo motiva a crecer”, afirma.
Con el fin de las medidas de aislamiento y el encuentro en las aulas, las emociones que circulan en ellas volvieron a tomar protagonismo. Las escuelas se llenaron de expresiones amorosas que en forma de palabras y canciones circulan libres por patios y salones. En el cara a cara se concretan promesas y se hacen ofrendas, como el cuento que Lautaro le dedicó a su maestra y el libro que ella hizo con sus propias manos para agradecer ese gesto.
El final del cuento de Lautaro es épico. “Todas las personas festejaron la derrota de los gatos mutantes y construyeron una estatua en honor a Silvina. Luego de unos días todo volvió a la normalidad y Silvina volvió a dar clases de música a los chicos de la escuela Los Arrayanes”, cita el último capítulo del texto. Cuando la maestra termina con la pequeña tarea de salvar a la humanidad vuelve a la escuela para dar sus clases de música. Porque para que el final sea feliz, en los ojos de Lautaro la seño Silvina tiene que estar presente en el aula.


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