Rosario cumple 170 años de la elevación de Rosario al rango de ciudad, ocurrida un 5 de agosto de 1852, tiempo más que suficiente como para que una gran metrópolis de su característica haya alcanzado la mayoría de edad que significa gozar de las herramientas necesarias para un ejercicio pleno de sus potencialidades, entre ellas, las que le posibilitarían enfrentar los desafíos más apremiantes.
Durante mucho tiempo detentó con orgullo el título de “Segunda Ciudad” en importancia de la Argentina. También fue designada Capital de la República por dos leyes del Congreso Nacional, magna resolución del Poder Legislativo que fue vetada por los presidentes Mitre y Sarmiento aludiendo razones de oportunidad…
No es tarea de un historiador afirmar o negar que en 2052, al cumplir el bicentenario de la declaratoria de ciudad, habrá alcanzado algún grado de autonomía efectiva y en qué áreas, pero si explicar cuán útil podría resultar que sus hijos sacaran provecho de las experiencias de vivir una ciudad portuaria.
Los principales logros institucionales de la ciudad se dieron de la mano de la gobernanza existente en determinados momentos de su pasado cuando se conformaron frentes comunes en pro de conquistas para la ciudad. Sirva de ejemplo la unión de actores públicos y privados para la consecución de seculares anhelos: el surgimiento de las altas casas de estudio, la Universidad, y las posibilidades de garantizar la navegabilidad del río Paraná que, desde 1852, que ha sido un barómetro del dinamismo económico.
Las ciudades portuarias como Rosario no tienen garantizado el futuro por el solo hecho de haberlo sido, o por haber gozado en determinado período un determinado nivel de gobernanza. La debilidad de las instancias de diálogo para el consenso de un desarrollo sustentable suele ser el caldo de cultivo a iniquidades y asimetrías de posibilidades.
Esta es una preocupación constante en las ciudades portuarias del mundo.
El próximo “VII Coloquio Internacional de Patrimonio Portuario y I Encuentro sobre las Ciudades Portuarias en tiempos de Globalización”, que se realizará en Rosario próximamente, aspira a analizar temáticas relevantes de actualidad pero que tienen sus raíces en procesos históricos.
Cuando Urquiza influyó para que la legislatura de la provincia de Santa Fe designara a Rosario ciudad fue en función de proyectarla en “el puerto de ultramar” de la Argentina Confederal, abierto al mundo.
No es desacertado considerar al río Paraná (“Padre de las aguas”) como germen del poblado sin fundador. En la segunda mitad del siglo XIX, la actividad ferro portuaria le otorgaría “las alas” para soñar y revertir las limitaciones a su crecimiento impuesta por su orfandad y marginalidad de los centros de poder políticos y administrativos.
La vez que la Nación y la provincia le otorgaron a Rosario herramientas legales para su crecimiento ésta no la defraudó: Su población trepó en proporciones inéditas en América del Sur y fue un foco de atracción para quienes querían mejorar su calidad de vida.
Rosario nació como una alternativa al centralismo porteño por eso a partir de que en 1873 cuando volvió a ser vetada como capital de la República no sólo perdió ella sino el federalismo argentino.
Desde entonces ha librado una lucha desigual. Despojada de ser capital nacional se encontró, en la segunda mitad del siglo XIX, relegada a ser una ciudad dependiente de una capital de provincia cuya elite conservadora consumó ataduras a través de reformas constitucionales, por el temor comprensible, pero inconducente, de perder posiciones frente a la pujanza de la ciudad inmigrante. Habérsele privado a los rosarinos la posibilidad de elegir en forma directa a sus intendentes hasta la reinstauración democrática de 1983 -salvo esporádicas experiencias- no sería gratuito en materia de políticas públicas.
Aquellas carencias de índoles institucionales fueron resarcidas en gran parte por el protagonismo de una amplia gama de actores de la sociedad civil, que individual y colectivamente, conformaron una red de contención en defensa de los intereses locales y regionales, donde el sentido de pertenencia se encontraba directamente ligado a las posibilidades de prosperidad que por entonces ofrecía la ciudad pero también a anhelos de cooperación.
Es verdad que el paso inexorable del tiempo le ha privado de dirigentes referenciales de valía pero hay nuevas formas de participación en las que se transmite su tradicional permeabilidad para la gobernanza. La comprensión de la dinámica que la ha caracterizado como ciudad portuaria regional podría contribuir a aprovechar sus fortalezas y ejecutar propuestas innovadoras.
Conmemorar el 5 de agosto es también una oportunidad para recordar lo conseguido por el esfuerzo de sus habitantes pero fundamentalmente para valorar la capacidad transformadora de una decisión política como fue en su momento la que le permitió iniciar su camino como ciudad.
El autor es Director del Núcleo de Ciudades Portuarias Regionales-Idehesi-Conicet. Coordinador del VII Coloquio de Patrimonio Portuario y Ciudades en tiempos de globalización, Rosario, 11 y 12 de agosto. Mayor información: www.enapro.com.ar y [email protected]