Las noticias son como un loop. Una repetición eterna. Los medios, los periodistas, nos encontramos (casi) siempre hablando de las mismas cosas. A lo sumo hay cuestiones estacionales que marcan diferencias: por caso, todos los febreros escribimos sobre las paritarias del sector docente y si empiezan o no las clases. Quizás por eso Borges decía que los diarios deberían salir de tanto en tanto, a propósito de algo importante.
Muchas veces eso que se repite día a día, semana a semana, o mes a mes, son en realidad cosas importantes, graves, que afectan claramente nuestra calidad de vida. La inflación, por ejemplo. O, muy particularmente en Rosario, la violencia.
Pero el loop tiene entre sus efectos que lo que no hace tanto tiempo era excepcional –un poco más de 10 años atrás cualquier homicidio en Rosario era noticia de tapa mientras que ahora los contamos como si fueran casos de Covid– se naturalice, pase a formar parte de la habitualidad, de nuestro día a día.
Hasta que algún caso rompe el molde, y entonces volvemos a entender que vivimos en una locura sin freno: el triple crimen de Ybarlucea (en La Capital se escribe con "Y" y no con "I" porque, entre otras cosas, es justamente como lo hace la comuna de esa localidad), el asesinato del arquitecto Joaquín Pérez en Arroyito o el homicidio del Oso Cejas mientras esperaba que su padre saliera de una sesión de diálisis en el Hospital Español, por ejemplo. Son hechos que quiebran esa idea de que los delincuentes "se matan entre ellos", una afirmación que lleva a la indiferencia o busca bajarle el precio a esas muertes.
Si la víctima es un profesional, un trabajador, la sociedad se conmueve, se indigna, se moviliza, y los funcionarios se ven obligados a brindar algún tipo de respuesta, aunque solo sea el clásico –y vacío– "vamos a investigar hasta las últimas consecuencias". Si hay niños o niñas también: no tienen piedad, se rompieron todos los códigos, decimos.
Después la espuma baja y, como en la canción de Serrat, vuelve el pobre a su pobreza, el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas.
Lo que implica que en los barrios la expectativa de vida sea cada vez más baja y la muerte joven cada día más probable. Que el consumo de drogas empiece en plena infancia. Que los chicos que antes iban a la escuela o a un club se retiren de esos ámbitos en los que no vislumbran perspectiva de futuro e inicien una carrera en el delito que muchas veces empieza por hacerse de un arma y cobrarles un peaje a vecinos de su misma edad que sí intentan seguir yendo a la escuela o el club.
O que en oficinas confortables de abogados, contadores, financistas se les brinden a los gerentes del delito organizado las herramientas para que puedan disfrutar impunemente del dinero que obtienen de sus negocios ilegales como el narcotráfico y la extorsión, rubro en el cual, por cierto, también crece el cuentapropismo.
Mientras tanto el Estado responde con juntas de seguridad, comisiones y promesas que, ante la abrumadora contundencia de los hechos, alimentan la crisis de sentido que atravesamos como sociedad.
Lo cierto es que el loop no se detiene. Y las balaceras, las amenazas a comerciantes y los homicidios engordan día a día las estadísticas.