El ángel del salar: crónica de una aventura
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El ángel del salar: crónica de una aventura

La historia de un singular y riesgoso recorrido través de uno de los paisajes más alucinantes de la Argentina: "Habíamos quedado afuera de cualquier camino, en medio de la nada"
15 de diciembre 2021 · 23:45hs

A modo de introducción: corazones nómades

Con estadísticas de contagio que aún preocupan y vacunas que todavía se esperan con ansiedad, en el último año y medio los viajes pasaron a ser solo recuerdos o sueños de un futuro libre de Covid.

A los que con solo pensar en armar el bolso o la mochila ya se les ilumina el alma, repasar caminos a través de fotos o fantasear con destinos nuevos les sirvió como coartada para tratar de soportar el miedo, el aislamiento, la soledad, incluso el dolor. La pandemia los frenó, pero no les borró el deseo.

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El texto que sigue va dirigido a ellos, a esa gente que necesita cambiar de aire, subir y bajar de cualquier cosa que ruede, vuele o navegue. A la que lleva poca ropa, adora enrollarse con gepeeses y con mapas, escucha otros idiomas como si fueran música, quiere saber cómo viven los demás, se siente distinta y a la vez igual.

Sin falsa ingenuidad, admito que viajar cuesta, se vaya a donde se vaya. Pero hay muchas formas de hacerlo más accesible y me propongo contar aquí cómo lo hago. O cómo lo he hecho, mejor. Y cómo anhelo seguir haciéndolo, mientras el cuerpo y el corazón den.

Lo haré pensando en ustedes, compañeros virtuales de ruta, pasajeros del mismo barco: hoy, una vida todavía en pandemia. Ojalá estas crónicas no se lean como guías de turismo, sino como inspiradores diarios de viaje.

***

“La Puna no es solo un desierto lunar cálido y frío, es una experiencia: allí se viven intensamente el silencio, la soledad, el desamparo. Y los seres humanos se miran a sí mismos como en un espejo, enfrentados a la razón de existir, a su destino más elemental”, Memorial de la Puna, Héctor Tizón

Habré bajado unos cien, ciento cincuenta metros, hundiéndome a cada paso en arena negra del volcán. El ángulo de la pendiente no lo podría precisar: no era un precipicio, pero costaba mantenerse vertical.

Y allá bien abajo, al final de todo, entre triángulos cobrizos, se extendía un mar blanco: eso era un salar. Confiaba en que al menos fuera el de Antofalla, el más largo del planeta.

En la Puna cualquier referencia se desvanece. Hay planos y más planos, y otros más, siempre cortados en oblicuas suaves. Son rojos, morados, ocres, alguno que otro amarillo. Cada tanto aparece una vega escondida, un manchón con pretensión de verde y pasto duro donde se recortan figuras de vicuñas, los camélidos más ingrávidos del mundo.

Es tan diferente, pese a la repetición, cada visión en la Puna, que parece imposible confundirse. No lo es.

Cómo va uno a perderse, si apenas hay un camino. ¿Apenas hay un camino?

“Pase lo que pase, nunca desobedezcan al GPS”, nos había advertido, un par de horas antes de salir de Antofagasta de la Sierra el conductor de una camioneta que venía de Antofalla, dijo, en la única estación de servicio donde podríamos cargar nafta.

Antofagasta está a 3.320 metros sobre el nivel del mar, al noroeste de Catamarca. Para llegar a Antofalla, una población kolla atacameña ubicada 92 kilómetros aún más al oeste, hay que atravesar el Abra de los Colorados, que trepa hasta los 4.667 metros. Iríamos y volveríamos en el día.

En el medio no hay nada, o casi nada: por algo se sindica a la región como una de las más aisladas y deshabitadas del país. Y en la Puna las distancias no se miden con los tiempos del llano. Como si sumaran otra dimensión.

Era nuestro segundo día en Antofagasta, un pueblo de poco más de 700 habitantes conocido como Antesala del Cielo. No precisamente por tener flores ni prados verdes. Su amplitud térmica suele superar los 30 grados y partir de bajo cero. El viento despeina siempre.

Viajábamos en auto, un auto común, así que tres días antes habíamos salido sin apuro de Belén, 297 kilómetros al sur, y decidimos detenernos en El Peñón, otra localidad puneña a unos 60 de Antofagasta donde lo que hay que conocer, sí o sí, requiere un guía del lugar con vehículo potente y muy buen conocimiento de la geografía.

puna---paisaje-salar-º1.jpg

Por eso fuimos hasta allá dispuestos a pagar para que el mismo dueño de la casa donde parábamos nos llevara. Existe una linda hostería, pero por entonces nos pareció cara.

Todo lo hizo la misma familia: nos alojó en un cuarto con baño privado construido en el patio, organizó la excursión, nos ofreció la cena. Hay varias casas donde se puede parar en El Peñón.

También llegan tours armados desde otros lugares del país y del mundo. La Puna es un destino que seduce a un cierto perfil de extranjeros (de allí, también, su costo).

En la zona existen varios recorridos opcionales, pero lo ineludible es el Campo de Piedra Pómez y el Volcán Galán. Tan, pero tan hermoso, como ir a la Luna y volver, o remontarse a los tiempos primordiales de la Tierra.

Quizás porque ya habíamos contratado esa excursión, al llegar a Antofagasta decidimos hacer todo por la nuestra.

Al Salar del Hombre Muerto lo atravesaríamos después, porque con suerte nuestro viaje seguiría hacia el norte, camino a San Antonio de Los Cobres (Salta) y desde allí a las Salinas Grandes de Jujuy.

Entonces Antofalla (en la antigua lengua kunza, “pueblo donde muere el sol”) se convirtió en el siguiente destino.

Puna---Antofalla.jpg

Nos acercaríamos a volcanes, entre ellos, justamente el de Antofalla, con sus 6.437 metros el tercero más alto entre todos los activos del planeta. Atravesaríamos su propio salar y llegaríamos a los Ojos del Campo: unas lagunas ínfimas roja, negra y azul, que deben el color a los estromatolitos, considerados los ecosistemas más antiguos del mundo y responsables de la formación de la capa de ozono. Un balcón a los orígenes de la vida.

Así que hacia allá partimos después de consultar (algo ineludible) el estado del camino con fuentes calificadas: agentes de Gendarmería, la policía y Vialidad. El último consejo, la obediencia ciega al GPS, nos lo dio ese viajero que cruzamos en el surtidor.

Llevábamos un bidón grande de agua, abrigo, gorra y protector solar. Mi compañero estaba apunado, así que previamente pasamos por el hospital. Presión un poco alta, le dijo una médica, que lo medicó.

Y arrancamos. Con precaución, como en toda ruta de la Puna.

Cuesta entender cómo un paisaje tan monocorde puede cambiar tanto a cada vuelta del camino. En la sutileza de esas modulaciones se despliega toda su singularidad.

Llevábamos andando como una hora y tuvimos que frenar para atravesar un vado cercado de piedras. En ese momento apareció Antonio, dueño de unos ojos rojos achinados y de la única casa que vimos. Lo acompañaba una mujer.

¿Cómo no parar para charlar en un lugar tan desierto? Cuando les dijimos que íbamos hacia Antofalla ella nos pidió: “Si la ven a Marta, díganle que su prima le manda saludos”.

Al arrancar, nos reímos. ¡Cómo nos íbamos a cruzar con Marta! Y seguimos.

La ruta, ancha y sin gran complicación, seguía bordeando montañas y vegas. Nunca cruzamos un vehículo. En un momento dejamos atrás un par de paredes de piedra, ruinas de algún puesto de pastoreo o quizá solo un corral. Nunca, la menor señal de celular.

Vaya a saber cuántos kilómetros después el GPS nos sorprendió con una orden repetida: “Gire cerrado a la derecha”. Nos miramos azorados, porque el camino principal parecía seguir hacia adelante, pero a la vez recordamos el consejo de nunca dudar del GPS hasta llegar a Antofalla. Y vimos muchas huellas marcadas con ese giro.

El problema fue justamente ese: no dudar. Giramos y en segundos ya nos deslizábamos por una cuesta ingobernable que desembocaba, muchísimos metros abajo, en un enorme salar. Pero el suelo no era de piedra, sino de arena volcánica, y el auto quedó enterrado hasta la base de las ruedas.

Nos miramos de nuevo, horrorizados. Imposible salir de ahí: nos dimos cuenta de que habíamos quedado afuera de cualquier camino, en medio de la nada.

Me escuché decir: esto es muy, pero muy grave. Hay que salir de acá.

El sol abrasador a esos cuatro mil metros de altura sin una nube nos quemaba la cabeza y el aire era helado a la vez. Sabíamos que a la noche la temperatura caería a menos cero. No había duda: la situación era acuciante.

Bajé la pendiente tratando de adivinar al menos en qué dirección podría quedar Antofalla y ver hasta dónde llegaba el salar. No identifiqué un árbol, ni un camino, ni un humito, ni una nube de polvo de algo que se moviera. Todo parecía inmóvil, eterno. Y recordé con espanto la tragedia que vivieron otros dos rosarinos en Laguna Brava, Puna riojana.

Acordamos que yo trataría de reencontrar la ruta para buscar ayuda. No iba a ser fácil por el terrible esfuerzo y la sensación de irrealidad que causaban la altura, la pendiente volcánica, los pasos que se enterraban, la total falta de orientación. Me asaltaba un pensamiento: esto no puede estar pasando.

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Convinimos con mi compañero que él se quedaría en el auto. No se movería, me esperaría allí lo que fuera. Lo dejé tratando de poner piedras inútilmente bajo las ruedas. Cargué agua y empecé a subir.

El primer hito fue retomar la ruta y confirmar dónde nos habíamos desviado. Junté piedras para señalizar, si conseguía ayuda, por dónde deberíamos volver.

Corrí en un sentido, después en el otro. Ni sabía para qué. Recordé las paredes de pirca que podrían ampararnos mínimamente si no conseguíamos asistencia antes de la noche. Pero estaban lejos, lejísimo.

Me saqué la ropa más colorida que llevaba para usarla como bandera y empecé a remontar el camino que ya habíamos transitado.

No soy mujer de fe, pero esa vez rezaba. Desconozco cuánto tiempo pasó, pero en un momento me pareció ver muy lejos una nube de polvo diminuta y corrí como loca revoleando la remera con la esperanza de que, fuera lo que fuera que venía, no se desviara antes.

Su conductor me vio, efectivamente, a metros de tomar otro atajo rumbo a un puesto que, me explicó después, solo conoce la gente del lugar.

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Y vino a mi encuentro. Primero me escuchó, imperturbable. Y después me anunció lo que repetiría varias veces en las horas siguientes: “De la Puna hay que salir, sea como sea”. Lo sabía por experiencia.

Joaquín había nacido cerca, en el Salar del Hombre Muerto, hoy meca del litio. “Acá todos tenemos madre; padre, muy pocos”, me dijo, antes de explicarme que nos habíamos “tirado por el atajo” que solo la 4x4 de algún baqueano elige para cortar camino hacia Antofalla.

Solidario por virtud y necesidad, Joaquín lamentó haber dejado la linga justo ese día y con su chata roja, destartalada, también se mandó por la pendiente del volcán.

Todo lo que siguió fue un delirio. Logró arrastrarnos con una soga que se tensaba y se destensaba, con riesgo de choque y vuelco, hasta que su vieja pick up también se hundió en la arena. Pasamos horas tratando de poner piedras, cartones y alfombras de goma bajo las ruedas. La tarde empezó a caer y ninguno de los vehículos se movía.

Joaquín nos explicó que en Antofalla, un pueblo kolla atacameño de 45 habitantes, casi toda gente mayor, apenas había una camioneta que podría sacarnos. Era incluso posible que su dueño se hubiera ido. Y en esas zonas, un “paseo” suele durar días.

Así que habría que tratar de llegar a pie atravesando el salar en la dirección en que Joaquín indicaba estaba el pueblo. Por fortuna, aunque sus 165 kilómetros lo hacen el más extenso del mundo, no supera los 12 de ancho.

Ni lo pensamos. “Hay que salir de acá antes de la noche”, no paraba de repetir él. Cargamos agua y, cubiertos con un protector plateado de parabrisas para frenar el viento gélido de la Puna, encaramos el salar.

Caminamos y caminamos sobre terrones de tierra y sal, lo que complicaba mucho el paso. No sabíamos si reírnos o llorar. Histéricos, alternamos.

Después de un par de horas aparecieron los primeros signos de poblamiento. El alivio fue casi felicidad, pero había que volver en busca de Joaquín. Nuestro auto podría pernoctar en el volcán, él no.

Lo que siguió fue increíble. En una de las cuatro esquinas que tiene el pueblo nos cruzamos con una mujer y de a poquito se juntó una multitud como de cinco.

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La maestra de la escuela, donde se educan tres chicos, fue la primera; la segunda fue Marta, a la que dimos los saludos de su prima. Al rato, para estupor nuestro, llegó Joaquín, que había logrado desenterrarse solo después de arreglar el diferencial.

En una hora, el dueño de la única camioneta del pueblo, el cacique Marcos Salva y otros dos muchachos partieron con mi compañero de aventuras a buscar el auto.

Las mujeres fueron a hablar por radio con la policía para que la dueña de la casa de Antofagasta que alquilábamos no denunciara nuestra desaparición. Antofalla no tiene señal de teléfono, pero sí conexión de internet y wasap vía satélite.

Fue Marta quien, al final, nos ofreció una pieza impecable con techo de caña, cuchetas y baño para dormir esa noche. También una cena en base a quinoa, verdura y huevos.

Una vez que los hombres volvieron sanos y salvos, Norberto al volante de nuestro auto, el cacique nos invitó a conocer la zona.

Caía el sol en un cielo de fulgores tan rojos y violetas como los cerros que las sombras empezaban a oscurecer.

Esta vez con guía más que autorizado llegamos a los Ojos del Campo. Alucinamos con el color de las lagunas, tan antiguas como la vida en la Tierra.

Marcos nos fue explicando cada cosa que vimos. La Puna ya no era una amenaza, sino la casa de su pueblo, nuestro anfitrión.

Volvimos con el anochecer desmayado sobre los largos muros de adobe y unos corrales de pirca y ramas donde se adormecían las llamas. La iglesita blanca y la leyenda en piedra de “bienvenido a Antofalla” todavía resaltaban en la ladera que rodea el pueblo.

Fue una noche bella, silenciosa, aliviada. Joaquín había seguido viaje vaya a saber hacia dónde y era la única persona, nos aclararon en el pueblo, que había transitado el mismo camino que nosotros. Si no hubiera sido por él, difícil imaginar qué habría pasado.

Al amanecer, el cacique Salva nos esperaba listo para el regreso a Antofagasta, primer mojón de un periplo que lo llevaría por tramos hasta Buenos Aires para participar de un encuentro de pueblos originarios y turismo sustentable.

La charla con él, esta vez en dirección contraria y por el camino correcto, daría para otra nota.

A nosotros ya nos llamaba el norte, el Salar del Hombre Muerto. La casa de donde salió Joaquín, el ángel oscuro de la Puna que apareció para ayudarnos.

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El chaku

Antes de llegar a El Peñón, en un desvío hacia la reserva de la biósfera Laguna Blanca, nos topamos con varias decenas de mujeres y hombres que caminaban por ese desierto altísimo llevando palas y sogas. Cuando paramos para preguntarles adónde iban, nos dijeron que marchaban en busca de las vicuñas, que viven en rebaños (o hatos) libres y por ley no tienen dueño, para proceder al ritual ancestral del “chaku”. La práctica, de origen preincaico, incluye trabajo cooperativo, ceremonia y fiesta. Entre todos las arrean a un corral levantado ad hoc, donde las esquilan, y luego vuelven a soltarlas. Las hebras, que se usan para tejer, después se reparten.

Litio, el nuevo oro

De Antofagasta de la Sierra hacia Salta, se pasa por el Salar del Hombre Muerto.

El camino es sencillamente alucinante. Un paisaje abstracto, sintético. Hay que estar ahí para entender de qué va.

A la ruta, siempre de ripio (en territorio catamarqueño la 43, en salteño la 17, 27 y 51), la frecuentan camiones y combis que abastecen a la minera del lugar, sacan lo que produce y trasladan al personal. Sus condiciones son transitables, pero de la mitad hacia adelante se vuelve muy áspera.

Antes de cruzar el lago salar aparece el camino que lleva a la mina de oro Incahuasi, habitada y explotada por los incas, luego los jesuitas, hoy abandonada.

Previo al límite con Salta se atraviesa el salar. En un punto, agentes de seguridad privada de la mina FMC Lithium Corp (de capitales norteamericanos, hoy llamada Livent) detienen a los vehículos y requieren la presentación del DNI. Fuerte. Como una frontera, pero dentro del país.

El litio que extrae es un recurso clave, de demanda mundial en aumento para la nueva generación de baterías recargables y estratégico para el reemplazo del combustible fósil.

La producción, sin embargo, no está exenta de conflictos y controversia por cómo afecta el acceso al agua de los pueblos y por las diferentes visiones culturales sobre lo que es sustentable y lo que no lo es.

Hoy, el llamado Triángulo del Litio (norte argentino, Bolivia y Chile) es un niño mimado de la megaminería y el metal, de todos el más liviano, parece un nuevo oro.

Cómo llegar

Hacía años que soñaba con llegar por lo menos hasta Antofagasta de la Sierra, pero cada vez que buscaba información sobre cómo hacerlo me topaba con consejos de desaliento.

Por ejemplo, que había que viajar sólo en camioneta 4x4 y preferiblemente no en una sola, llevar bidones de agua, combustible, pala, sogas y no sé cuántas cosas más.

Como de todo eso teníamos poco, alguna vez planeamos ir en auto hasta la ciudad de Belén y allí tomar El Antofagasteño, el colectivo que tarda unas ocho horas para ir (y volver) de Antofagasta dos veces por semana.

Pero el tiempo fue pasando y cambió las cosas: se pavimentó buena parte de esos 296 kilómetros que las separan (rutas 40, 137, 38, 43). En el medio quedaron 17 sin asfaltar, medio fuleros, y el tramo final, con pavimento y todo, que al menos en 2019 no era un billar. Eso decían, al menos, los foros de viajeros que consultamos.

Igual decidimos partir. Se puede llegar sin problemas, pero despacio y con precaución.

Una vez ahí, nadie como los lugareños para contar cómo son las cosas. Imprescindible no quedarse con una sola opinión y sobre todo de fuentes calificadas: camioneros, viajantes, gendarmes, personal de Vialidad...

El resto ya no pertenece al registro del mapa, sino al de la vida.

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