En los últimos días hemos visto imágenes de peleas de adolescentes dentro y fuera de las escuelas. ¡Y como duele verlas! Y más aún nos duele cuando como docentes identificamos a los protagonistas como alumnos de nuestra escuela, o de escuelas vecinas.
Hemos atravesado, y lo estamos haciendo aún, una pandemia que cambió para siempre nuestras vidas. Que nos quitó familiares, amigos, vecinos, nos dejó sin trabajo, nos perjudicó y aún lo está haciendo, no solo económica y afectivamente, sino psicológicamente. Que ha dañado severamente nuestra salud mental y la de los más vulnerables: nuestros niños y adolescentes, y nuestros adultos mayores.
Pensé como muchos que íbamos a volver mejores de la pandemia. Mejores como personas, más respetuosos, más solidarios, empáticos, más tolerantes. Pero hoy la realidad es otra, lamentablemente parece que ese deseo solo fue un sueño, una utopía.
Duele mucho ver cómo la violencia le gana al diálogo, a la tolerancia. Cuando se recurre a la agresión verbal, física y psicológica como forma de resolver conflictos, de humillar, de maltratar.
El dolor se profundiza cuando vemos cómo muchos adolescentes observan cómo se agreden sus compañeros sin intervenir, sin involucrarse. Peor aún, muchos otros gozan, disfrutan, se divierten, alientan, incentivan la agresión de sus compañeros. Como si esto fuera poco, toman fotos, filman con sus celulares y rápidamente viralizan estas imágenes para que la humillación de quienes se pelean llegue a todo el universo de internet y entonces muchos más adolescentes podrán reírse, disfrutar y también gozar estas escenas “tan divertidas”.
¿Qué nos está pasando como sociedad para que esto suceda?, ¿En qué nos equivocamos los adultos y más aún los que tenemos responsabilidades como padres, tutores, educadores, funcionarios? Porque de nada sirve decir “esta juventud de hoy está perdida”, “en mis tiempos esto no sucedía”, “se han perdido los valores”. Probablemente todos estos comentarios —que también los escuchábamos de nuestros adultos cuando éramos jóvenes— sean ciertos, pero señores, por favor, hagámonos cargo de lo que nos toca. Estos niños y jóvenes fueron concebidos, criados y educados por nosotros.
¿Qué hacer entonces? Me permito como educador —y desde la experiencia de la dirección de una escuela, de presidir una ONG que apuesta a la convivencia y de haber recorrido muchas otras con charlas y talleres de prevención, de sensibilización— sugerir algunas acciones que puedan mitigar, paliar (o al menos intentarlo) este tipo de hechos.
•Siempre, sin excusas, actuar. Involucrarnos, jamás mirar para otro lado ni echar culpas sobre los otros actores.
•Predicar con el ejemplo de cada acción cotidiana en nuestras vidas. Somos el espejo donde se miran nuestros hijos, nuestros alumnos. Cada frase, cada gesto, cada resolución que tomamos ante ellos, si no es la adecuada y responsable, puede inferir en su futuro comportamiento y en el desarrollo de su personalidad.
•Si no podemos solos, pedir ayuda al Estado, a profesionales, a organizaciones, a colegas.
•Actuar desde donde nos toque, con el único interés de solucionar el conflicto. Sin mezquindades, sin ambiciones personales de figurar, de destacarnos. No importa quienes se lleven los laureles de la resolución de los conflictos, nunca debemos perder el horizonte de que estamos hablando de niños y adolescentes en plena etapa de formación de su personalidad.
•Como padres, no justificar lo injustificable a la hora de evaluar las actitudes y acciones de nuestros hijos.
•No cargar culpa exclusivamente sobre las víctimas o victimarios. Etiquetar de ese modo a quienes participan del conflicto no ayuda. Todos los actores, los que agreden, los agredidos, los espectadores y los que no se involucran en el conflicto tiene parte de culpas, de responsabilidades para que los mismos ocurran y cobren intensidad y notoriedad.
•Los medios deben actuar responsablemente en el tratamiento de esta información. Informar profesionalmente, mostrar las imágenes con mucho cuidado y advirtiendo el contenido de las mismas, no competir por quién llega primero a la publicación, no olvidar nunca que su influencia puede exacerbar los hechos.
•Las escuelas deben intervenir aunque el hecho haya sido fuera de las mismas. Esos chicos que se agreden son nuestros alumnos, todo lo que podamos hacer hay que hacerlo, trabajar el tema, fomentar el diálogo y la convivencia, pedir ayuda, no ocultar el tema considerando que es “mala prensa para nuestra institución”.
•El Estado municipal, provincial y nacional, debe hacerse cargo y brindar recursos, herramientas para ayudar a solucionar estos conflictos. Estos niños y jóvenes serán los futuros ciudadanos que forjarán el destino de nuestro país. Nos están pidiendo que los ayudemos, que los escuchemos, que les demos voz, pero también que le fijemos límites y un “no” a tiempo.
•Y todos, pero todos los adultos (padres, tutores, docentes, funcionarios, periodistas, profesionales, fuerzas de seguridad) debemos actuar responsablemente, y por sobre todas las cosas, nuestros actos deben estar guiados por el amor y el afán de ayudar, de colaborar. Aunque esto a veces signifique no acatar una orden desafortunada, una norma inadecuada, un trámite burocrático impropio, un protocolo obsoleto. En esa actitud solo debe primar el sentido común, el buen sentimiento. Insisto, el amor que debe caracterizar al ser humano. “La pregunta —dice el pensador francés Pierre Bourdieu— no es por qué me comprometo, sino cómo los demás pueden ser tan indiferentes”.