La prueba fue con propósito comparativo y a puertas cerradas. En el lugar del examen se habían juntado encargados del Laboratorio Biológico de la Unidad Regional II, actores del juzgado, técnicos químicos y peritos policiales. Los encargados colocaron el cadáver de un perro de once kilos de peso en un recipiente de acero inoxidable. Luego arrojaron tres litros de ácido sulfúrico. Transcurridas entre 24 y 48 horas se corroboró la formación de una masa de líquido espeso de color pardo negruzco que había producido en el contenedor un volumen doble del inicial. El cráneo y parte de la cadera del animal flotaban, el resto estaba desintegrado. De esa prueba se deducía que para un hombre de unos 70 kilos de peso correspondía al fin de su disolución total unos 19 litros de ácido sulfúrico.
Para ese entonces el abogado Juan Carlos Masciaro llevaba varios meses detenido. Estaba acusado de haber privado de la libertad al empresario Jorge Salomón Sauan, haberle dado muerte de una manera no especificada y luego tratado en ácido sulfúrico los restos adentro de un tanque de fibrocemento para asegurarse su desaparición. El técnico químico designado Rubén Lenarduci, que estuvo a cargo de la experiencia con el perro, anotó que la cantidad de 15 litros de ácido sulfúrico volcados en un tanque es suficiente para producir la desaparición de un cuerpo humano similar al de la persona "que aparece en la fotografía". La imagen adosada al informe adjunto al expediente es la del comerciante desaparecido. Lenarduci agregaba que cualquier materia orgánica se deshidrata de inmediato en contacto con el ácido, lo que provoca una carbonización, sin necesidad de que el cuerpo se halle sumergido totalmente en el elemento corrosivo.
La desaparición del empresario textil fue el 16 de diciembre de 1980. Al menos seis testigos vieron a Sauan comiendo con Masciaro la noche anterior en el club Sirio Argentino de Italia al 900. La empleada doméstica Laura Bogado dijo haber visto en el departamento que Masciaro alquilaba, Montevideo 1651, dos bidones tipo damajuana de vidrio por esos días. Esos recipientes con sus etiquetas rasqueteadas recién fueron descubiertos por los investigadores dos meses después porque, dijeron éstos, estaban ocultos tras unas bolsas de tierra y una pila de diarios en un pequeño lavadero. Cada damajuana contenía la capacidad de 16,304 litros. Una estaba completa. A la otra le faltaban 15 litros.
La fábrica de pelotas de fútbol
Para entonces el juez Jorge Eldo Juárez había documentado que, desde poco antes de salir de la cárcel de Coronda, Masciaro demostraba una especie de obsesión por el ácido sulfúrico. En el presidio se fabricaban pelotas de fútbol. El imputado se había hecho informar minuciosamente sobre la utilización del ácido en la manufactura de las pelotas. El médico personal de Masciaro, de apellido Ruggieri, es quien le recetó las ampollas de Rohipnol que según dijo su paciente le había pedido para dormir. Ruggieri comentó en su declaración la revelación que un amigo que tenía en común con Masciaro, el profesor Enrique Peralta, le había confiado. Peralta era técnico químico y había trabajado como jefe de Seguridad Industrial en la petroquímica Sulfacid. Le dijo que en una oportunidad Masciaro le preguntó con avidez sobre la posibilidad de realizar un tratamiento de pelotas de fútbol con ácido sulfúrico. Pero que también se había interesado vivamente por el efecto que esta solución corrosiva tenía sobre materia orgánica. Estas "muchas preguntas" fueron hechas, dijo Peralta, en el mes de noviembre. Días antes de los hechos.
Durante la requisa al departamento se encontró una libreta en la que Masciaro había hecho anotaciones reiteradas sobre la fórmula del ácido sulfúrico. La defensa refutaría luego su valor indiciario porque tenían un destino lógico. "No es ningún secreto que pensaba utilizar esas sustancia para la fabricación de balones deportivos de modo de abaratar costos", dijo el propio acusado.
El médico Ruggieri sostuvo que un día después de que Sauan fuera visto por última vez, el 17 de diciembre, estaba en el departamento de Masciaro junto a una mujer llamada Nora de Diaz. Eran las cinco de la tarde. Ambos se sentaron al lado del tanque de fibrocemento y advirtieron que daba un calor llamativo. Levantaron entonces la tapa, notaron algo oscuro y un olor muy penetrante.
El 5 de marzo de 1981 se decidió volcar el contenido del tanque de fibrocemento para examinarlo. El olor en el departamento que Masciaro había alquilado con un nombre falso y de modo temporario había hecho acordar a un policía al que se expande en el aire cuando hay reducciones de tumbas en los cementerios. Los peritos encontraron restos de prendas de vestir, un trozo de zapato, un juego de cinco llaves, siete ampollas de Rohipnol vacías, nueve de agua destilada, un trozo de cinta aisladora, un cable, una cruz con cadena ambos de oro. También vestigios físicos: un antepié derecho con dedo grueso segundo y tercero, dos porciones de tejido dérmico, restos de aparente naturaleza ósea, una prótesis dental fija y dos coronas dentarias de molares.
Tanque enorme, departamento mínimo
Tres meses después Masciaro iba a ser procesado como autor de privación ilegítima de la libertad seguida de la muerte del empresario. La controversia entre acusación y defensa dilató en el tiempo de modo asombroso el trámite. Recién hubo sentencia en febrero de 1985, más de cuatro años después de surgir la pesquisa. El juez que condenó encontró muchas inconsistencias en las explicaciones del abogado acusado. Sus versiones sobre la tenencia del ácido sulfúrico le parecieron equívocas al igual que el motivo de su compra dado que la fabricación de pelotas no justificaba su adquisición: un informe adjunto al expediente destacaba que ese elemento no es utilizado para tratar pelotas de cuero.
Tener un tanque de fibrocemento de gran dimensión en un departamento minúsculo para tratar los balones de cuero lo valoró como un argumento pueril. Mucho más si fuera como elemento decorativo, por lo antiestético del recipiente de concreto. ¿Un macetero? Difícil: no ofrecía posibilidades de supervivencia para especies vegetales por el gran calor que despedía y en marzo el ficus pequeño allí plantado lucía mustio y agotado. La fauna cadavérica encontrada en el tanque remontaba en las pericias a la fecha de desaparición de la víctima. La compra de tierra por Masciaro, los restos del componente químico en el fondo del tanque, el hallazgo de dos damajuanas con ácido con la falta en una de ellas del contenido necesario para disolver un cuerpo al juez le parecieron terminantes para condenar a Masciaro a prisión perpetua.
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Juan Carlos Masciaro en 1997. Lo condenaron por asesinar en 1980 al empresario Jorge Salomón Sauan en Montevideo al 1600.
Archivo La Capital
A más de cuatro décadas de este caso, de los fundamentales de la historia criminal de la ciudad, puede pensarse en un trámite acusatorio relativamente sencillo. Nada más alejado de lo que ocurrió. Acusación y defensa en relación a la muerte de Sauan y a la culpa de Masciaro libraron una batalla frontal y prolongada. El defensor oficial Ricardo Netri concluyó en que no hubo un cuerpo humano disuelto en el tanque. Se basó en la pericia del médico de Jefatura de la Unidad Regional II Carlos García, que dictaminó que no había evidencia de proteínas humanas en la tierra tomada del tanque de la casa de Masciaro y constató ausencia de tejido óseo. También señaló que Sauan no vestía el tipo y color de ropa semejante a los restos hallados en el macetero. Ni que calzaba el número del zapato allí recogido. La defensa alegó que habían colocado elementos incriminantes en el tanque con posterioridad a la detención de Masciaro. Concluyeron que es un absurdo que quien compra ácido para disolver un cuerpo deje el sobrante en el presunto lugar del hecho sin vaciarlo.
Choque de peritos
Para todos los jueces que investigaron, condenaron y ratificaron condena, valen las pruebas de otros profesionales que, al revés que el médico policial García, sí concluyeron en que había material orgánico en el tanque. El médico Héctor Cámara, de la morgue del Poder Judicial de Córdoba, examinó una muestra de tierra húmeda obtenida del tanque de la casa de Masciaro. Determinó que había en ellas larvas de insectos del tipo "ophira", una mosca pequeña que aparece en los cadáveres entre los seis y ocho meses de la fecha del deceso. Asimismo detectó ácaros trachinotus que surge hacia el año de muerte. El análisis se hizo a once meses de la desaparición de la víctima. Los médicos Minvielle y Gobbi del Laboratorio Químico de la Policía Federal Argentina concluyeron ante una muestra semejante que la sustancia barrosa del fondo del tanque podía considerarse como material resultante de la acción del ácido sobre materia orgánica animal. Hicieron además una reacción llamada Biuret que dio positivo y que indica presencia de proteínas.
Esto refiere que no hubo homogeneidad sino controversia en las pericias lo que impregnó, por consiguiente, de un mayor misterio a un caso lleno de puntos ciegos. La convicción de los magistrados no favoreció al acusado. De la casa de Sauan se secuestró un zapato que tenía el taco combado por el mismo desgaste que el del que apareció en el tanque. Masciaro alega que el contenido de la primera declaración, en la que admite cosas que luego refuta, fue arrancado por apremios ilegales. Pero la fiscal Elida Ramón replica que no se entiende entonces por qué él mismo se negó a ser revisado por un médico forense. Para los jueces además se quedó con un reloj Rolex y un encendedor Dupont que eran de Sauan. El imputado dijo que los había recibido como pago de honorarios. Pero la garantía del reloj se localizó en la casa del empresario y además Masciaro le pasó los objetos a un amigo para que se los tuviera poco antes de ser detenido lo que fue interpretado como un ánimo de ocultamiento.
Las piezas dentarias que el dentista Elías Reiff reconoció como las de Sauan, que había sido su paciente, para los odontólogos forenses estaban comidas por la potencia del ácido. El deterioro de la prótesis no fue importante pero estaba decolorada por efecto de la sustancia.
Fraticelli, veinte años antes
Uno de los peritos de la Jefatura de Rosario que trabajó en el caso, el médico policial Ulises Cardoso, tuvo un importante rol en otra muerte controvertida ocurrida veinte años después: el de Natalia Fraticelli, hija del ex juez penal de Rufino Carlos Fraticelli. El dictamen de Cardoso en este caso fue que no había en la adolescente ningún indicio de muerte violenta lo que terminó prevaleciendo en el definitivo fallo absolutorio. En el caso de la calle Montevideo le tocó analizar los restos humanos hallados en el macetero. Concluyó que el antepié tenía el mismo grupo sanguíneo que la víctima y fue separado del cuerpo por quemaduras químicas. Cardoso también tuvo que analizar ese calor anómalo que despedía el contenido del tanque, el mismo que llamó la atención al sumariante Carlos Triglia, lo que desencadenó el análisis de la mezcla barrosa acumulada bajo el ficus apagado. Cuando Cardoso la examinó, el 14 de marzo de 1981, la temperatura del montículo de tierra en el tanque era de 43 grados.