senales

La Biblioteca Argentina, un siglo de historia y más de 200 mil obras en el pasaje Alvarez

El 24 de julio de 1912 se inauguraba la Biblioteca Argentina, gracias a la propuesta de Juan Alvarez. Desde allí se impulsó la actividad cultural de Rosario con la que hoy renueva su compromiso.

Domingo 22 de Julio de 2012

Generaciones de rosarinos han pasado por los sobrios escritorios de su Salón de Lectura: estudiantes universitarios que transitaron sus carreras, grupos de secundarios que en su bullicioso entusiasmo recibieron la admonición del llamado a silencio, escolares que tímidamente solicitan su libro y adultos mayores provistos de su prolijo listado de novelas leídas y las que quedan por leer. La Biblioteca Argentina tiene su historia propia, parecida a la de otras instituciones de la ciudad que nacieron del impulso particular y que, una vez inauguradas, iniciaron una lucha durante décadas para transformar el reconocimiento oficial en apoyos concretos que permitieran sostener los presupuestos. Es la historia de las instituciones culturales que se entrelaza con la de la ciudad.

A principios de siglo, el esplendor alcanzado por Rosario, con su puerto tan dinámico y los miles de extranjeros que ya formaban parte del paisaje urbano, contrastaba con un desarrollo cultural insuficiente, que no contaba con instituciones que lo impulsaran y lo enmarcaran. Esta situación era motivo de preocupación para los miembros de la dirigencia política, que a menudo hacían referencia a la necesidad de demostrar que los habitantes de Rosario eran personas sensibles que no sólo vivían pendientes del lucro y el precio de los granos.

El doctor Juan Alvarez, abogado de profesión y miembro de la élite intelectual de la ciudad, asumió la responsabilidad de revertir esta imagen con motivo de la celebración del Centenario de la Revolución de Mayo. Presentó un proyecto de creación de una "biblioteca argentina" ante el Concejo Deliberante, la cual representaría un "espectáculo honroso" que exhibiría en "el centro de Rosario un edificio costeado por argentinos y extranjeros" y que simbolizaría "el vínculo mental de todas las razas", como demostración de que la convivencia pacífica y productiva era posible y el ejemplo estaba en esta ciudad.

El Departamento Ejecutivo municipal recibió muy bien el proyecto, le destinó un terreno y costeó la construcción del edificio, que se concretó en dos años, entre 1910 y 1912. La Biblioteca nació, así, como un organismo autónomo que recibiría subsidios tanto de la Municipalidad, como de la provincia y la Nación. Su colección inicial era de 9.000 volúmenes, que se habían adquirido gracias a donaciones y a las gestiones de Alvarez y su primer bibliotecario, Alfredo Lovell.

Educar al soberano

La gestión de Alvarez al frente de la Biblioteca fue breve, pero sentó los lineamientos principales del proyecto que luego continuaría su sucesor, Camilo Muniagurria, director entre 1913 y 1937. La idea de Alvarez era que la misión de la nueva institución trascendiera lo meramente bibliográfico para plantarse como un espacio cultural integral. No fue fácil en los primeros años atraer a los lectores, transformar la visita ocasional por curiosidad en un hábito permanente y cotidiano. Las estrategias utilizadas fueron varias, desde ofrecer una tacita de té hasta montar una campaña gráfica en las calles dirigiéndose específicamente "a los obreros” para que se acerquen sin miedo ni reservas a consultar gratis “cuantos libros y revistas se deseen”.
  En ese sentido, la Biblioteca amplió sus ofertas de servicios para diversificar su público y lograr lo que Joaquín V. González había pronosticado en su discurso inaugural: que ese espacio se transformara en una “universidad social”, accesible a todos, a diferencia del selecto ambiente académico de la época. Así, se organizaron múltiples actividades con el fin de ofrecer un perfil dinámico de la nueva institución, Alvarez quería evitar ante todo la imagen de la Biblioteca como una “pila de libros viejos y polvorientos”.
  El Salón de Lectura, por tanto, se ofreció para conferencias sobre temas literarios y científicos, pero lo que más atrajo al público, según reflexionaba Lovell unos años más tarde, fueron las audiciones vocales e instrumentales. En torno a esta idea se formó El Círculo de la Biblioteca, que inició sus reuniones el mismo año de la inauguración y logró un particular éxito con la organización del Primer Salón de Bellas Artes en 1913. Este sería el germen de la Comisión Municipal de Bellas Artes, que fundará el museo en 1920.
  Otra iniciativa fue la Escuela de Adultos Analfabetos, que funcionó en la Biblioteca entre 1917 y 1920, brindando nociones básicas de lectoescritura y matemática. Pese a la numerosa asistencia, la inestabilidad económica de la institución determinó su cierre, ya que el cuerpo docente era financiado con el escaso presupuesto de la Biblioteca.
  Otro proyecto que no pudo concretarse fue la Biblioteca para Ciegos y la transformación de la Biblioteca en eje de las bibliotecas de la futura universidad de Rosario. Alvarez también sugirió la creación de un acuario en el Parque Independencia, del cual se derivarían recursos para la Biblioteca con el dinero recaudado con las entradas. Con su infatigable espíritu pedagógico, presentó una amplia fundamentación respecto de las ventajas de dar a conocer a los rosarinos los secretos recursos de nuestro río. El proyecto no prosperó, pero era el único en su tipo para la Argentina de esos años.

Los límites de la autonomía

La Biblioteca se mantuvo como organismo autónomo tanto de la Municipalidad, como de la provincia y de la Nación, lo que en un principio se consideró ventajoso para poder recibir subsidios tanto de una como de otra. Pero pronto se presentaron dificultades ya que los aportes no se cumplían con regularidad.
  El personal fue insuficiente desde los inicios, y más cuando se diversificó la oferta de servicios. “Llegó a ser tan crítica la situación económica de la institución —cuenta Lovell en sus memorias— que para salvarla la dirección hizo un llamamiento a las principales familias pudientes y asociaciones rosarinas” Se necesitaban 25 mil pesos para asegurar la continuidad de la Biblioteca al menos por dos años. La respuesta no fue la esperada. Era el año 1921.
  Cuando en 1949 la Biblioteca pasa a ser una municipal, Lovell lo define como la “pérdida de la autonomía”. Si bien la definición es exacta, lo cierto es que estaba demostrado que el viejo sistema no había funcionado bien, y las perspectivas bajo ese mismo régimen no eran buenas. Se temía, ante todo, por las influencias negativas de la política, que se suponía traerían aparejadas el hecho de transformarse en una dependencia estatal, pero lo cierto es que la pertenencia al municipio proveyó a la Biblioteca de estabilidad económica y disponibilidad de personal, dos aspectos que no estaban resueltos desde hacía décadas.
  Se inició, así, una nueva etapa. En los últimos años también se sumaron aquellos que encuentran su contacto con el mundo a través de internet, o los que —al tener imposibilidad física de leer el papel impreso— solicitan el libro en formato digital, también los que buscan aprender a jugar al ajedrez o los que quieren ver esa película que ya los cines han descartado.
  A todos ampara la vieja Biblioteca y cada uno la hace propia a su modo, de manera cotidiana en algunos casos, y en otros dejándola de visitar por años, décadas, pero siempre volviendo al reencuentro emocionado.
  “¿Puedo saber si mi carné sirve todavía? Es que hace años que vivo fuera de Rosario, y ahora volví a la ciudad” Decenas de historias como ésta, así como la de padres que traen a sus hijos a conocer el refugio de sus épocas de estudiante y que se emocionan comprobando que el Salón de Lectura está tal como lo dejaron la última vez, o aquellos que formaron su grupo de amigos o que en la rutina del estudio conocieron a sus futuras esposas o maridos, testimonian el significado de la perdurabilidad de este espacio en la ciudad, un punto de referencia que todos buscan para reconstruir un fragmento de su propia historia.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

LAS MAS LEÍDAS