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Confesiones de un dibujante: Decur revela detalles de su obra en Plataforma Lavardén

Decur (Guillermo Decurgez), el dibujante que desde Arroyo Seco inventó un universo colmado de imágenes soñadas y personajes entrañables, donde habitan los colores pero también la oscuridad.

Domingo 23 de Junio de 2013

"Mirá... tiene mi firma, no la había visto. Así firmaba yo en 2º grado", advierte Decur (Guillermo Decurgez), el dibujante que desde Arroyo Seco deslumbra a grandes y chicos, publica en Europa, expone en Lyon, Chile, Buenos Aires y Rosario y planea una novela gráfica con Liniers. El tipo la tenía clara desde pequeño, así lo muestran esos trazos de su cuaderno escolar. El resto de sus "primeras obras" y más de cincuenta originales se exponen hasta el sábado en la Sala de las Miradas de Plataforma Lavardén. Y esa mirada curiosa, a veces insospechada, es la misma que plasma en sus dibujos, es la que lo hace volver una y otra vez a su infancia, a su patria.

Decur recorre la muestra que él mismo montó con cierto orgullo pero también como alguien que tímidamente invita a descubrir un universo íntimo, ese que tiene como bandera a la infancia. Se para, mira hacia su alrededor y bromea: "Es como cuando era chico y colgaba mis dibujos en el machimbre de casa, a modo de exposición doméstica. Era onda facebook o como un blog".

Guillermo Decurgez tiene 31 años; Decur, no se sabe. Mientras revela detalles diminutos en sus dibujos, recuerda que cuando era chico no paraba de dibujar. Por eso la escuela primaria le encantó, porque se podía dibujar mucho, pero también se acuerda el enojo que le producía que le quedara poco espacio para dibujar en los cuadernos por lo que decidió escribir cada vez más chiquito. "Así no se puede leer nada", protestaban sus maestras, cuenta en diálogo con Señales.

La infancia para Decur es un lugar de ensueño, allí nació como dibujante, entre sus amigos, las idas a pescar, sus perros y su casi fruición por "arrancar" las páginas de revistas donde veía dibujos de Quino o Caloi. De hecho sus "primeras obras" están marcadas por esas influencias y también las de Fontanarrosa.

"Yo iba al dentista y agarraba las revistas, encontraba una ilustración de Quino, por ejemplo, tosía y al mismo tiempo arrancaba la hoja. Nunca las recorté, las arrancaba y después las dibujaba yo", cuenta mientras señala un Quino auténtico y otro "decurniano". Por entonces no tenía más de 8 años. Los siguientes dibujos expuestos muestran otras influencias, los videojuegos y sus personajes, incluso los Simpson, pero ya aparecen situaciones vividas por él. La pesca es un escenario que le permite crear barcos, como el que conoció gracias a un amigo del padre y lo sorprendió.

"Acá ya empezaba la transformación, ese barco —señala un dibujo— es mío, de una vez que fui con mi viejo a un barco de un amigo de él, Me acuerdo la escalerita. En éste ya se ven personajes míos, como el que está manejando el barco, con la influencia de Quino pero también entraban escenas que yo vivía, de pesca, cuando era pibito". Junto a "su" barco, ubicó una foto de la canoa de su viejo. Y aunque en algunos de esos primeros dibujos aparecen piratas o seres extraños en las embarcaciones, todo venía "de acá enfrente", dice para ubicar el lugar de pesca sobre el Paraná.

En estos primeros dibujos también se pueden ver los comienzos de su manera de dibujar su mundo íntimo. Aparecen algunas cajitas con divisiones y su habitación, como el mejor refugio.

"Siempre en el dibujo estaba la pieza, mirá las botas, fijate que hasta hice la pomadita para limpiar los zapatos, siempre obsesivo, sí, obsesivo en los detalles, y acá más todavía, esto es una moto habitación, la puse ahí para demostrar que ya estaba así, medio medio (risas), los famosos cajoncitos...", detalla sobre un ícono en su estilo, el secreter, ese antiguo escritorio colmado de pequeñas gavetas sobre los que él mismo ensayó una explicación que utilizó para invitar a la muestra (ver aparte).

Pero ese mundo luminoso, lleno de colores, de amigos reales e imaginarios también sufrió opacidad. Decur cuenta que gran parte de su adolescencia y juventud fue oscura. La secundaria no fue un lugar de contención, abandonó la escuela a los 15 años, para retomarla después en una Eempa.

"No tuve opción, mi viejo me dijo que tenía que ir a laburar", y ensayó diversos oficios. "Para mi papá el lugar de realización era la fábrica, para él hubiese sido un orgullo que yo fuera un obrero calificado; es más, lo intenté, pero no resultó", dice. Guillermo Decurgez, Por entonces trabajó en la construcción, fue operario en la General Motors y atendió un cíber. Dibujaba poco, casi nada, y lo que hacía lo exigía demasiado.

"Quería ser Rembrandt, Velázquez", agrega, hasta que descubrió a Liniers. "Yo estaba en otra galaxia —recuerda—, estaba en el cíber, lo conocí en 2009 haciendo zapping en la tele y me voló la cabeza. Yo pensaba que sólo Quino o Caloi vivían del dibujo porque eran unos genios, pero este tipo además de ser un genio te contaba cosas con el trazo de los pibes y ese es el trazo que a mí me gusta, el que me sale, con el que me siento cómodo".

Recorre con la mirada la muestra y señala: "Fijate que todos estos dibujos no son perfectos, este tipo tiene el torso demasiado grande, éste parece que está más arriba... a toda esa clase de defectos yo nunca les di mucha importancia, y es la importancia de «lo mal hecho», que es lo que tiene un pibe que sólo le importa dibujar. Eso a mi ahora me parece excelente. La famosa imagen del pibe más grande que el caballo... bueno yo, antes, tuve esa etapa de querer dibujar bien el caballo y me frustré, y me fui a laburar a otro lado".

Trazos simples, donde las dimensiones y proporciones no importan demasiado, donde justamente la perfección no es el objetivo, sino el apreciado defecto; Guillermo sintió que podía volver a ser Decur (su firma de la niñez). Se abrió un blog y empezó a colgar sus trabajos, tomó valor y viajó a Buenos Aires a la Feria del Libro a buscar a Liniers.

"Fui especialmente para regalarle una pintura y cuando se la entregué lo único que pude decirle fue «gracias», porque estaba renervioso, y cuando leyó mi firma dijo «Ah... Decur, yo te sigo en el blog», y ahí ya ni gracias me salió", señala. Era 2009, esa relación se profundizó y hoy Decur y Liniers están pergeñando una novela gráfica juntos.

Y desde aquel encuentro se le abrieron puertas o nuevos cajoncitos de su secreter: publicó Merci! (20011) y ahora ¡Pipí Cucú! (2013), con Ediciones de la Flor; ilustró un libro para Pequeño Editor, hizo las tapas de todas las revistas Orsai del año pasado; juegos de mesa llevan sus dibujos, Monoblock publicará postales de él (como ocurrió con Liniers); está en marcha un libro objeto con la editorial española Thule; obras suyas se exponen en Chile, Buenos Aires y Lyon.

Su primer libro fue prologado por Liniers y el último, que presentará el jueves (ver aparte), lleva una historieta de Montt como prólogo y en la contratapa textos de Tute, Max Cachimba y el autor de Macanudo.

Pero Guillermo vuelve a mirar su pequeños grandes cuadros que se exponen en Lavardén, repara en un niño que con su dedito le señala a su mamá algo que le llama la atención y ve a Decur tirado panza arriba en un campito de Arroyo Seco, con su perra Picha, esperando a su viejo que vuelva de la fábrica con las hojas de descarte para dibujar, para hacer lo que, sin dudas, le gusta.

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