Son dos rosarinos por el mundo, ahora en España, que logran mucho más que hacer reír.
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Gerardo fue alumno de la Escuela Carrasco y por tradición familiar, hincha canalla, amante del río, de la isla y estudiante del Politécnico: padre ingeniero, hermana licenciada en matemática y hermano ingeniero. Parecía que su destino estaba marcado. Su madre, una reconocida médica pediatra de la salud pública, Ena Richiger, jugaba al tenis y de allí heredó el gusto por la raqueta: desde los 15 años hasta los 27, dio clases siete horas por día y las mechó con trabajo en una fábrica y algunos bolos teatrales en espacios de la militancia.
"Ibamos con Miguel Franchi y un grupo de la Juventud Intransigente (el partido fundado por Oscar Alende) a los barrios con 'El teatro que viene'. La idea era no esperar que la gente fuera al teatro sino ir nosotros; también participé en actividades en Puerto San Marín con chicos que trabajaban en las fábricas, pero todo quedó en la nada con el cambio de gobierno y me cansé, solo teniendo veintipico de años", se sorprende al recordarlo. Eran movidas sociales desde la expresión, inicios de una tarea con la que años más tarde se profesionalizó.
El destino al partir era Francia pero en Barcelona un malabarista lo alojó y allí se conectó para siempre con el mundo del circo, para él "un sitio que abre los brazos de par en par".
Trabajó en una revista de la Asociación de Circo de Cataluña mientras vivía de lo que podía. Vendía chupetines, pintaba casas, era cadete y cuando el dinero comenzó a escasear se fue a vivir a una casa como okupa durante cuatro años.
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"Allí me dediqué a ensayar: hice cursos de malabarismo, mimo, clown y de bufón. Trabajé por el País Vasco a la gorra, en una época en que la formación circense no existía como ahora, solo imperaba el payaso clásico, el de la tele". Con toda esa formación y mediante sofisticadas técnicas de hipnosis llegó junto a su compañero a embrujar a una escoba, sostener una escalera en la nariz, crear un lenguaje propio y andar en extraños triciclos.
Este payaso, a veces de galera, ojos grandes como huevos fritos, chalecos, zapatotes y saco de levita, dice que hay varias versiones de payasos y que a él le gusta más el que incorpora distintas técnicas expresivas y también hace humor.
"Me gusta el payaso que puede hacer un espectáculo tanto para chicos como para grandes, donde se respeta a la niñez, donde no solo hay chistes básicos ni voces diminutas. Me gusta el que genera tensión y miedo con un equilibrio, el que también es crítico: el que te hace reflexionar como lo hacían los bufones, quienes le podían decir a los que ejercían el poder del pueblo que eran unos 'hijos de puta' pero con una ironía que impedía que les cortasen la cabeza. Eso sí, no me gusta el payaso que baja línea: ese me aburre", confiesa Gerardo quien bajo ese paradigma que describe llegó a montar con su amigo "El Flaco" (Rafael Espada) una compañía que ya tiene veinte años y ofrece un espacio económico donde se pueden aprender hasta clases de trapecio y tela y también ensayar.
Sin fronteras y para querer vivir
Pero a ese largo camino, El Negro le sumó el de Payasos sin Fronteras, la compañía fundada en 1993 tras la Guerra de los Balcanes. "Somos un grupo que se organiza para llevar espectáculos a zonas donde no llegan", aclara.
Estuvo en Irak al mes de la guerra iniciada por Estados Unidos en 2003, en Liberia después de la epidemia del ébola de 2014 y también a Palestina. Viajó ya diez veces al Salvador, estuvo en Jordania con refugiados sirios, en Nepal tras el terremoto de 2015, en Guatemala y en breve estará en Colombia.
"Payasos es algo que no se puede explicar: hay que vivirlo, actuar donde se la pasa tan mal parece una tontera, algo así como que uno va a un lugar una o dos horas y se va. Sin embargo una vez en un campo de refugiados en Irak alguien me dijo algo que lo explica todo: 'Acá recibimos colchones, comida, pero la gente no tienen ganas de vivir, por eso es importante que vengan' Entonces digo: sería bueno que los payasos no fueran necesarios allí, pero como va el mundo...".
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Las vueltas de la vida hacen que un sobrino de Gerardo también se ría a carcajadas de lo prestablecido. Al igual que él abandonó Ingeniería y está comenzando sus primeros pasos como payaso, a la gorra también por Europa. Sin embargo, y a pesar de la cercanía del descendiente, la ligazón con Rosario sigue y más desde la pandemia.
"Mi mamá tiene más de 90 años, hasta sus 88 viajábamos juntos: estuvimos en Africa y en Italia, pero ahora voy yo. Trato de ir lo más seguido que puedo, claro que la pandemia complicó las cosas: acá por suerte vivo ahora en mi propia casa, en la montaña, a dos minutos de un parque nacional donde faltó el trabajo, acá como en todos lados la cultura fue muy castigada con los teatros y salas cerrados. No me sobró nada pero no me faltó el aire libre ni el contacto con unos pocos afectos entre quienes nos veíamos y nos cuidamos". De todos modos dice que el virus no traba su proyecto de venir a Rosario en octubre.
"Allí está mi familia, mis amigos y amigas, el río, la isla", dice Gerardo a quien el paisaje litoraleño, si sigue la crítica bajante del Paraná, quizá lo obligue a sacar sonrisas por acá.
Junto a Baglietto y Silvina Garré
Un padre psiquiatra que enterró los libros de Freud durante la dictadura cívico-militar-eclesial y quien tuvo de amigo al Mago Randhi, alter ego del médico psiquiatra Ernesto Rathge; una madre psicoterapeuta, seis hermanos bien distintos, una infancia y adolescencia en un colegio religioso, hincha de Central y un barrio donde se enclava el Jockey Club.
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En esa mixtura se construyó Adolfo, un nene extrovertido al que le gustaban los trucos de magia y desde pequeño se dedicó a animar cumpleaños.
"Nos pagaban y todo. Recuerdo a una pareja de animadores que basaban su actuación en canciones infantiles y no iban vestidos de payasos, sino más bien de hippies: uno era un tal Juan Carlos Baglietto y la otra Silvina Garré", se ríe el hoy "Popín", un payaso cejudo, de nariz roja, a veces con boina negra, a veces sombrero de colores. Un animador de infancias y adultos y quien se dedica también al humor laboral o "antiestrés para mejorar el ambiente en cualquier empresa", dice la propuesta en su página web.
Cuando vivía en Rosario estudió pantomima y pasó por las clases de teatro en Arteón con Chiqui González y Carlos Medina, en aquella usina expresiva que ahora está por desaparecer con intenciones de convertirse en un negocio inmobiliario.
Adolfo siente que tiene un cometido en este mundo y lo describe en dos palabras. "Hacer reír".
Para él eso que parece sencillo es nada más ni nada menos que regalar salud y despliega su tratamiento con "varios géneros" aunque hace una salvedad. No es "circense ni rebelde" y lo explica así: dice que sus influencias humorísticas son Carlitos Balá. los españolísimos Fofó y Miliki, todos los personajes del mejicano Chespirito y el rosarino Alberto Olmedo, en su versión del Capitán Piluso, por su "capacidad de improvisación".
"Siempre me preguntan -dice Adolfo- si es verdad que los payasos en su vida privada son tristes. Yo lo atribuyo a la vida que llevaban los payasos de los circos muy antiguos, que viajaban sin parar de un lado a otro con la imposibilidad de establecer una vida normal. Siempre digo, que después de unas buenas carcajadas todo el mundo dice: 'que bien me quedé', nadie dice 'que mal me siento' y eso es una muestra de nuestro aporte a la salud física, emocional y social".
De todos modos no todas son alegrías. En una nota que le hicieron este año para "La Voz de Galicia" bajo el título "Se me da bien la risa y la madera", Adolfo cuenta cómo comenzó también a fabricar lámparas en estos días pandémicos.
"...el argentino que ya lleva más tiempo «acá que allá», ha visto la luz con la eclosión de otros brotes, los de los árboles que se quemaron alrededor de su casa, en el monte de Fragoselo, donde él mismo resultó herido tratando de evitar que las llamas llegaran a su vivienda. Aquel día no hubo bromas. Estaba en la playa con su mujer y sus hijos cuando vio que el fuego se acercaba a su hogar y fue a rescatar al resto de la familia: su perro, su gato y las palomas con las que hace trucos de magia. Lo logró pero al volver al día siguiente, se quemó los pies con los rescoldos. Ahora diseña y fabrica lámparas con las ramas y troncos que encuentra por la zona".
Dice que el Covid-19 lo obligó a hacer un paréntesis en su vida. Al igual que Gerardo, su par de Barcelona, Adolfo también vive en una casa en la montaña que le permitió sobrellevar el día a día sin confinamiento y tuvo muy poco trabajo. Aunque eso no le borró el humor: "Siempre digo en mis espectáculos que la ciencia mundial aún no tiene certezas sobre el Covid pero si se comprobó un gran descubrimiento tras la compra compulsiva de papel higiénico: el ser humano hace lo imposible por morir con el culo limpio".
Cuenta que personalmente lo pasó lo mejor que pudo, pero profesionalmente "bastante mal porque los espectáculos que reúnen público fueron de las actividades más castigadas", critica "Popín" quien en 2020 trabajó un 10 por ciento de lo que hace cada año, y este año le fue aún peor, salvo por alguna que otro curso virtual de risoterapia para empresas. Y el proyecto de animar a las personas que se hacen las pruebas de PCR de Covid en el auto.
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Este payaso alegre confiesa que le llegó a doler "extrañar" tanto a la gente que vive en Rosario. aunque con los años encontró consuelo.
"Mi conexión con la ciudad es mental y virtual de forma permanente. A pesar de la distancia soy coadministrador del grupo de Facebook 'Barrio Fisherton' que cuenta con más de 8.600 miembros. Así que estoy al día y enterado de cada perro que se pierde, de las flores que les nacen a muchos vecinos, de las propuestas comunitarias de su centro cultural. Eso sí, extraño mucho a mi familia y a mis amigos. Siempre que puedo viajo y compruebo los avances urbanísticos y el crecimiento de la ciudad tratando de aceptar que el paso del tiempo lo va modificando todo. Lo que no extraño nada, nada, nada, son los mosquitos y la humedad". Y lo dice bastante en serio.