Juegan los niños terribles del fútbol. Lionel Messi, el mejor jugador del mundo, y Luka Modric, el mejor croata, los jugadores que más veces jugaron para su selección, comparten historias con infancias difíciles, en las que pudieron gambetear la dureza del temprano exilio futbolístico, en la de uno, y la tragedia de la guerra, en la del otro.
El 9 de septiembre de 1985, casi dos años antes que Messi, el capitán croata Luka Modric nació en un pueblito que llevaba su apellido, donde a los seis años estalló la Guerra de los Balcanes, en la que vio morir a su abuelo. Su padre partió a alistarse en el ejército y él debió huir de la guerra con su mamá y sus hermanos. “Luka vio con sus propios ojos cómo mataban a su abuelo. No tuvieron otra opción que huir a Zadar a través de los bosques y las montañas para no ser asesinados”, declaró el director deportivo del Club NK Zadar,Josip Bajlo, al canal español Cadena 3.
Al llegar a Zadar y poner a salvo sus vidas, Modric vivió con su familia en el Hotel Kolovare, donde jugaba al fútbol con otros chicos. Su talento no pasó desapercibido para los empleados del hotel, quienes se pusieron en contacto con NK Zadar para que lo ficharan. “Él agarraba el balón y hacia malabares que hacían chicos de 20 años, pero él tenía 7 u 8”, recuerda Svetko Custic, el presidente del Club NK Zadar.
Los crímenes de la guerra golpearon a Zadar, pero no impidieron que Luka continuara con su incipiente carrera futbolística, que lo llevó a erigirse en el orgullo del club que lo formó y del fútbol croata. “Ha habido obstáculos en su vida, siempre los ha superado. Eso demuestra lo grande que es”, recuera su exentrenador, Robert Botunac.
“Es el mejor jugador croata de la historia”, remata el presidente de NK Zadar.
Luego de cuatro temporadas en Dynamo Zagreb, el club de la capital croata, Modric llegó a Tottenham en 2008, donde ganó tres Ligas, dos Copas y una Supercopa, e igualó el que era el fichaje más caro en la historia del club londinense, el de Darren Bent de 16,5 millones de libras (unos 20 millones de euros).
Modric defendió la camiseta de los Spurs durante cuatro temporadas antes de llegar a Real Madrid en 2012. Desde su llegada el club cosechó cuatro Champions League, tres Supercopas de Europa, tres Mundiales de Clubes, una Liga, una Copa del Rey y dos Supercopas de España. Subcampeón en el Mundial de Rusia, elegido mejor jugador de la Champions y mejor jugador para la FIFA, como The Best por la más bella y emocionante historia de superación.
De La Bajada al mundo
“Messi: póngase las pilas para estudiar porque, si no, no va a poder trabajar en ningún lado”, le advirtió una profesora de primer año de la Escuela Juan Mantovanni, en el barrio La Bajada, a la vuelta de su casa, donde Leo asistió fugazmente a los 13 años, antes de emigrar a Barcelona, en una reedición de la premonitoria máxima del profesor de tercer año del Politécnico del Negro Fontanarrosa, quien dibujaba toda la clase en su mundo del banco del fondo: “Fontanarrosa siga así, que va a terminar vendiendo choripanes en la puerta de la cancha de Central”.
La frase admonitoria intenta pintar el exilio futbolístico de Leo, el pibe que emigró con apenas 13 años al planeta Barcelona, donde comenzó otra vida, literalmente.
La vida no era fácil para los Messi en La Bajada, cuando vivían en la casa de los abuelos maternos, de la familia Cuccittini, en Estado de Israel al 400. Leo y sus vecinos caminaban todos los días siete cuadras hasta la Escuela Las Heras porque debían rodear el campo del Regimiento 121 -el viejo 11 de Infantería- por la avenida Uriburu y Buenos Aires. “Para no dar toda la vuelta cuando íbamos a la escuela, un día nos metimos con Leo por un hueco del alambrado y cruzamos todo el campo del 121, pero cuando llegamos al otro lado, por Buenos Aires, nos esperaba un militar que no nos dejó salir y nos obligó a volver y a dar toda la vuelta por Uriburu”, confió antaño Cintia Arrellano, una vecina de Messi de la infancia, en la época en la que el barrio La Bajada estaba literalmente encerrado por el 121, con callecitas con más gambetas que la carrera de Messi.
Leo jugaba con sus amigos en la calle y cada tarde con su abuela materna caminaban 18 cuadras de ida -y otras tantas de vuelta- hasta el Club Grandoli, donde jugaba en el baby. Por eso también su predilección por ella, como reveló el día que le preguntaron por su comida favorita: “Las milanesas de mi abuela”.
Su papá, Jorge Messi, trabajaba en una fábrica metalúrgica de Villa Constitución, en la época en la que comenzó a representar a Leo para gestionar un tratamiento hormonal inconcluso, en una iniciativa personal que continuó con la historia del primer contrato para jugar en las inferiores de Barcelona, firmado en la servilleta de un bar de la ciudad catalana, donde comenzó su meteórica carrera de 20 años, pletórica de goles, asistencias y triunfos, con los que cosechó 41 títulos y siete balones de oro.
La semifinal de mañana entre Argentina y Croacia será para Messi y Modric la última oportunidad de acceder a una instancia de definición en busca del único título que les falta: la Copa Mundial de la FIFA.
Messi, de 35 años, perdió su primera chance ante Alemania en la final de Brasil 2014 y Modric, de 37, sufrió la misma frustración cuatro años después frente Francia, en Rusia 2018. Ambos tuvieron el consuelo de ser elegidos como los mejores futbolistas de esos Mundiales, tras ver cómo sus adversarios levantaban la Copa.
Y mañana volverán a verse las caras en Luisal los niños terribles del fútbol: el chico que sobrevivió a la Guerra de los Balcanes y el pibe de La Bajada, que a los 13 años emprendió su impensado exilio futbolístico, con el que cambió aquellas callecitas de antaño por una carrera oceánica.