Los vecinos del barrio La Tablada parecen saber más de lo que dicen. Cuentan que
fue un enfrentamiento entre bandas que habitualmente dirimen sus diferencias a los tiros y que los
balazos resuenan casi diariamente en las calles de la populosa barriada. Pero aseguran que no
conocen con nombres y apellidos a los contrincantes que siembran el miedo. Y que ignoran la
motivación que los lleva a gatillar armas de fuego unos contra otros. El viernes a la noche, en ese
fuego cruzado, un albañil de 23 años encontró la muerte cuando quedó atrapado, según dijeron sus
familiares, en medio de una balacera infernal.
Gustavo Alberto Acuña tenía 23 años y hacía dos meses que había llegado a
Rosario desde su Reconquista natal. Vivía con su hermano, su cuñada y una sobrina en una humilde
casa de material con techo de chapa situada en Ayacucho 4029, en una zona donde la pobreza y las
disputas entre las bandas por el control de la venta de drogas forman parte del paisaje
habitual.
En medio del dolor que los embargaba, y a en la misma vivienda donde la tarde de
ayer velaban a Gustavo, los familiares del muchacho contaron LaCapital que el muchacho "se ganaba
unos pesos como albañil" y estaba trabajando en una obra adentro de una estancia cercana a la
localidad de Serodino.
El atardecer del viernes llegó a su casa después de haber pasado una semana de
arduo trabajo en esa obra. Cansado, atravesó el largo pasillo por el que se llega a la vivienda y
se sentó para recuperar fuerzas en el único ambiente de la propiedad que oficia de cocina, comedor
y habitación. Después, se bañó y cenó frugalmente. Cuando ya eran las 9 y media de la noche, cruzó
la calle Ayacucho en dirección a un quiosco. Planeaba comprar un paquete de cigarrillos y algunas
golosinas.
Balas en el aire. Cinco minutos después, su hermano se sobresaltó mientras lo
esperaba. Varias estampidas retumbaron en la calle. Entonces, salió a ver lo que ocurría y
distinguió a Gustavo derrumbado en la vereda. Levantó la vista y vio que otro muchacho, vecino de
la familia, también había sido alcanzado por los proyectiles.
Para entonces, los protagonistas del tiroteo se habían esfumado tras dejar a dos
víctimas de la demencial balacera. "Los tipos son del barrio, pero no sabemos por qué se enfrentan
a los tiros", contó Ramona, tía de Gustavo.
A su lado, la madre del muchacho, una mujer cuarentona y menuda, velaba a su
hijo entre sollozos. Hacía un rato que había llegado de Reconquista avisada de la infausta noticia
y solamente balbuceó que no sabía "qué había pasado". Entonces, Ramona contó que un balazo le había
perforado el abdomen al joven albañil. A su vez, una fuente policial señaló que el muchacho también
fue alcanzado por otro tiro en la pantorrilla.
Los familiares de Gustavo lo subieron, agonizante, a un auto y lo llevaron al
Hospital Provincial. Pero el joven murió en el camino.
Al vecino herido, Mario Iván Villafañe, de 25 años, también lo trasladaron a ese
centro asistencial ya que un balazo le había impactado en hemitórax derecho. Anoche estaba
internado en estado reservado, pero su vida no corría peligro, dijeron los pesquisas.
Los familiares del albañil dijeron que los muchachos fueron baleados en medio
del fuego cruzado y aseguraron que "nada tenían que ver" con la violenta disputa que protagonizaron
las dos bandas. Sin embargo, una fuente policial señaló que ese "es un tema aún en
investigación".
"Todavía no pudimos determinar el móvil (del suceso) porque la gente del barrio
es muy renuente a hablar", se lamentó el vocero consultado. Pero anoche, los investigadores tenían
una certeza: el tiroteo fue feroz. En la escena del hecho secuestraron 20 vainas servidas calibres
9 milímetros y 11,25.
Conmovidos. Ayer a la tarde, los vecinos de Ayacucho al 4000 estaban en la
puerta de sus humildes viviendas. Algunos miraban de reojo al cronista y al reportero gráfico de
este diario y otros tenían la vista clavada en el suelo, pero no parecían muy dispuestos a hablar
del tiroteo que le costó la vida a Gustavo. En la casa de Ayacucho 4029, los familiares del
muchacho le daban el último adiós en un improvisado velatorio, en el único ambiente de la casa, con
el féretro apoyado en una larga mesa.
Dos muchachos estaban sentados en el inicio del pasillo y lucían angustiados.
Ellos también dijeron que no sabían lo que había pasado cuando el cronista de La Capital se les
acercó para dialogar.
Mientras eso ocurría, varios chicos y chicas llegaban en silencio a la
propiedad. Algunos se quedaban en el patio delantero y otros entraban a la casa para abrazar y
tratar de dar algo de consuelo a la madre de Gustavo. No lo decían, pero sus rostros eran espejos
de quien no comprende la muerte absurda.
Afuera, un muchacho enfundado en una camiseta de Rosario Central se detuvo con
su bicicleta y conversó con un hombre que estaba en el velatorio. A escasos metros de allí, sobre
la misma vereda, los parientes de Villafañe miraban lo que ocurría. Entonces, el cronista de La
Capital se acercó para dialogar con la cuñada del muchacho, pero la mujer se alejó sin pronunciar
palabra.