Los dos nenes juegan en la calle con dos palos de bowling de plástico. Parecen
ajenos a lo que ocurre. Sus tíos les piden que se alejen de la calzada, pero ellos insisten en
continuar con el juego. Son dos de los cuatro hijos de Martín Ariel Barreto, un estibador portuario
de 30 años que el lunes a la noche fue asesinado de un balazo en el corazón en la puerta de su casa
del barrio de Tablada. Los pesquisas señalaron que la motivación del crimen hay que buscarla en una
venganza y algunos voceros no dejan de esgrimir que detrás del homicidio se esconde el negocio de
la droga (ver aparte).
El mediodía de ayer, los familiares de Barreto estaban
frente a su casa de pasaje Villar 119, entre Colón y Necochea, detrás del geriátrico provincial.
Estaban acongojados y no sabían por qué al estibador le dispararon doce tiros con una pistola
calibre 9 milímetros, aunque sólo un proyectil lo alcanzó en el pecho.
Barreto vivía junto a su esposa, Francisca Varela, de 29
años, y sus cuatro hijos pequeños. En la parte delantera de su vivienda, la pareja había abierto un
quiosco dos años atrás. Además, se ganaba la vida realizando trabajos de herrería.
Charla interrumpida. Cerca de las 21 del lunes Barreto regresó de su
trabajo en el puerto y comenzó a atender el kiosco. Una hora después, un cliente llegó para comprar
una gaseosa y los dos hombres se quedaron charlando en la vereda. En escasos minutos entraron en
acción dos ciclistas.
Una fuente policial contó que la balacera se desató luego
de un altercado entre los ciclistas y Barreto. "Los tipos venían en una bicicleta desde Necochea y
pasaje Villar. Pasaron frente a la casa de la víctima y se insultaron. Cuando llegaron a la otra
esquina le tiraron", explicó el vocero. Esa misma versión brindó Mariano, cuñado del hombre
asesinado, quien vio la escena desde unos cien metros.
Barreto se desplomó malherido. Un balazo le había
atravesado la axila, le perforó el corazón y quedó alojado en el hombro izquierdo. Un rato después,
una patrulla policial lo trasladó al Hospital de Emergencias, pero murió en el camino. Ya para
entonces, los agresores, un muchacho "de gorrita blanca" y un pibe "con mechitas" —según
dijeron los testigos—, se habían escapado en dirección a la villa de Convención y Seguí.
Un rato después, la policía ya contaba con el dato de quién
había disparado a través de una "información de calle". Entonces efectivos de la comisaría 16ª y de
la Brigada de Homicidios rastrillaron el asentamiento precario en búsqueda de Joel A., un
adolescente de 17 años que vive en una casa de Seguí al 200 bis, pero no lo encontraron.
En el pavimento del pasaje Villar los pesquisas hallaron
doce vainas servidas de calibre 9 milímetros, y en la casa de Barreto una pistola Bersa con la
numeración limada. Ayer, los familiares del hombre asesinado dijeron que no sabían por qué lo
habían asesinado.
—¿Tenía problemas con alguien?
—No, con nadie (dijo escuetamente el cuñado de Martín a este diario).
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