Aquel miércoles los once reos subieron esposados en la Unidad 3 al minibús donde ya estaban engrillados los dos que no habían participado de la visita. Un penitenciario los controló y palpó a medida que ascendían confiado en que ya habían sido requisados al salir del penal y los hizo sentar. Cuando ya estaban esposados y engrillados a los asientos, el encargado del procedimiento hizo un segundo control.
En la parte posterior del minibús viajaban los 13 internos. Nueve purgaban condenas altas: Nahuel Arce, ocho años por un homicidio; Diego Alberto Alfonso, seis años y medio por robo; Alejandro Andrés Candia, diez años por robo calificado y amenazas; Alberto Quiroz, 13 años y 8 meses por el crimen en ocasión de robo de un taxista en 2015; Mariano Ezequiel Cardozo, 14 años por el crimen de un repartidor de huevos en mayo de 2008; Hugo Alberto Peralta, una condena unificada a 20 años por robos; Carlos Andrés D'Angelo, 23 años por asaltar y matar a un comerciante; Alfredo Patricio Rojas, 25 años por matar a un policía de civil y otros delitos; y Leandro Ubaldo Cabalie, preso por un crimen ocurrido en 2016 en Villa Gobernador Gálvez. Los otros cuatro nunca bajaron del vehículo y dijeron estar durmiendo al desatarse la fuga.
Separados por una puerta de chapa con una mirilla cubierta con una cortina, adelante iban los penitenciarios Emiliano Díaz, Nicolás Flores, Jonatan Alarcón, Eduardo Spiller, Claudio García, Ariel Rodríguez, Rafael Balquinta, Natalia Maldonado, Omar Villa y el chofer Gustavo Correa.
"Tipo piraña"
Todo era normal hasta que al mediodía el móvil ingresó a la autopista Rosario-Santa Fe. Entonces un olor fuerte a cigarrillo salió del habitáculo de los reclusos. El agente García vio al preso Quiroz fumando y le ordenó apagar el pucho, pero no le hizo caso. "Todos estaban en posición normal, con las manos hacia abajo, parecía estar con los ganchos agarrados a los asientos, algunos parecían dormidos. El encargado Spiller me ordenó ingresar al habitáculo de los presos, entregué mi arma a Alarcón y abrí el compartimento. El primer detenido se agachó y se tapó con la ropa la parte de los grillos, me fijé si estaba esposado y entonces Quiroz se me abalanzó y forcejeamos. Me usaron de escudo para ir hacia donde estaban mis compañeros", declaró el agente, empujado por varios reclusos.
En ese movimiento nueve presos sorprendieron a los penitenciarios. "Fue un ataque tipo piraña. Parecía organizado, cada uno sabía dónde neutralizar. Todos sin esposas, de alguna forma se habían liberado", declaró Spiller, abordado por Arce con una pistola que robó en la batahola. "Me amenazó y sustrajó mi pistola. Me resistí, me pegó con el arma en la frente y me atontó".
"García abrió la puerta (narró Alarcón) y se nos vinieron todos encima. Rojas me tiró tres puñetes, agarró una esposa que tenía en la mano y me engrilló, pero cuando me estaba por esposar la otra mano lo evité. Ahí me dijo «te quemo, te quemo». Me sacó el arma y los dos cargadores. Cargó la pistola pero el móvil frenó de golpe y todos se fueron para adelante por la inercia".
"Se sintió una avalancha de internos, nos azotaron en el piso, se vinieron contra nosotros. Uno se tiró encima mío, me pegaba patadas", recordó Maldonado.
Segundos después
Al volante del minibús, Correa sintió "gritos, forcejeos y golpes" y antes de ver qué pasaba, su compañero García ya estaba encima suyo. "Cardozo, que ya le había sacado la pistola no sé a quién, nos apuntaba y gatillaba. Decía que me mataba si no paraba el móvil. Me golpeaba en la cabeza y pensé que me iba a matar. Me sacó la llave del móvil y paró el motor. Yo no podía ver porque me caía sangre sobre la cara, maniobré y me detuve", declaró el chofer.
En medio de esa confusión, nueve de los presos huyeron por la puerta de los penitenciarios, que se abre desde adentro con un botón. La puerta trasera, la del habitáculo de los presos, estaba cerrada con un candado exterior. "Cuando se bajaron todos —siguió Correa— escuché tiros. Yo aún estaba armado y bajé, vi a Villa en el piso y herido y a los evadidos tirando hacia nosotros mientras escapaban. Hice dos disparos disuasivos para que dejaran de tirar y poder atender a Villa".
Antes de que García abriera el compartimento, Villa se había colocado detrás suyo como apoyo. "Abrió la puerta y tocó al detenido sentado en la primera fila (Peralta) para asegurarse de que estaba esposado. En el momento en que se da cuenta de que no tienen las esposas quiso retroceder. Ahí se vino una avalancha de detenidos encima nuestro", recordó Villa. "Quedé en el piso forcejeando con Peralta —agregó— que me quería sacar el arma. El móvil hizo una maniobra y pude darme vuelta pero quedé mirando al piso. El móvil frenó, salí a correr a Peralta pero apenas bajé sentí un fuego en los glúteos. Me caí y no pude seguir corriendo. Me dispararon por la espalda, no pude identificar quién. Estando en el piso Rojas me sacó la pistola con los cargadores y sentí un disparo en la rodilla. Luego escuché un par de tiros, los gritos de Natalia y el llamado a la ambulancia".
A la carrera
Los presos salieron a campo traviesa y se perdieron en un barrio de Granadero Baigorria. Llevaban las pistolas de los penitenciarios Spiller, Alarcón, Villa y Flores, cargadas y aptas para usar. Tres agentes hicieron disparos, pero al notar que un compañero estaba herido decidieron no perseguirlos. Avisaron a la policía y pidieron ambulancias. Arriba del móvil quedaban cuatro reclusos esposados y ajenos al aquelarre.
El penitenciario Villa terminó internado con balazos en un glúteo y la pierna derecha. Sus compañeros Correa, Flores y Spiller sufrieron heridas cortantes en la cabeza. García y Balquinta fueron lesionados.
Según la investigación, cinco evadidos siguieron juntos en los momentos posteriores. A las 12.30 subieron a un Fiat 147 estacionado sin ocupantes en Brasilia al 1500 de Baigorria. El dueño del auto atendía su negocio y había alcanzado a ver al grupo acercarse corriendo. Al escuchar disparos cerró la puerta del local, ni pensó que había dejado el auto con las llaves puestas.
Minutos más tarde los ocupantes del 147 vieron que alguien entraba un Volkswagen Suran a una casa de Ituzaingó al 900, en Baigorria. La conductora vio llegar el Fiat con cinco personas y una puerta abierta, y recordó que tres hombres se bajaron de ese auto: dos le apuntaron con armas, uno volvió al Fiat y los otros dos huyeron en su auto.
“Lo único que me acuerdo es que un grandote se bajó del 147, iba con un jean y buzo”, declaró la mujer. Su marido escuchó los gritos de su esposa y sólo alcanzó a ver a dos hombres maniobrando para llevarse el auto. Sólo recordó los cañones apuntándole a su mujer.
Horas después el Fiat 147 fue hallado en Boedo al 1800 de Rosario. Y a la noche encontraron el VW Suran en José Hernández y Artigas con dos esposas en el interior.
Recapturando
Con la policía y la política santafesina buscando a evadidos por el Gran Rosario, algunos de los prófugos fueron recapturados el mismo día. Alfonso, recientemente condenado por la evasión (ver aparte), cayó mientras corría por una calle baigorriense. “Ya está jefe, perdí”, dijo a los policías. La fuga le significó cinco meses más de cárcel, ya que su condena vencía en diciembre y recién fue liberado días atrás.
Al mismo tiempo, pero en Rosario, cayó Arce. Un llamado al 911 lo ubicó en un remís interceptado en bulevar Seguí y Francia cuando iba con una mujer. Cerca de las 22, un dato que llegó a la Policía Comunitaria permitió localizar en Valparaíso al 2700 a Quiroz mientras charlaba en un pasillo con tres muchachos.
Cinco días después personal de la PDI llegó a una casa de Chacabuco y Seguí a buscar a Candia. “Ya está, ya perdí, no quiero problemas por favor, estoy con los chicos”, dijo.
Más despliegue requirió la captura de D’Angelo y Rojas. El 29 de mayo de 2019, en una casa de Villa Tranquila (partido bonaerense de Avellaneda), personal de la PDI y de la Policía Federal llegaron a una casa donde hallaron a los prófugos junto a Wilfredo Risso Patrón, luego condenado por encubrimiento (ver aparte) y otros dos jóvenes. Allí se encontraron las pistolas robadas a los agentes Spiller y Flores, y además se secuestraron un par de esposas y una placa de la policía provincial. El procedimiento derivó en otro realizado en Villa Gobernador Gálvez donde habían estado los evadidos.
El siguiente en caer fue Cabalie, el 5 de junio, en Garibaldi al 3900. Y el 24 de julio personal de la TOE que allanaba una casa en barrio Tío Rolo buscando armas se topó con Cardozo, que tenía pedido de captura por la evasión. El último fue Peralta, el 1º de octubre del año pasado. La PDI lo tenía ubicado en Lamadrid al 1800 y esa tarde lo vieron subir a un Chevrolet Corsa estacionado allí. Lo siguieron y lo interceptaron en Vuelta de Obligado y Uriburu.
Las llaves, la clave
Con todos los evadidos recapturados cuesta ver en la fuga un plan con la solidez que se le atribuyó en aquel momento electoral que ameritaba toda clase de conjeturas. Lo cierto es que un año después no trascendieron avances en la investigación que parezcan apartar el hecho de su destino de anécdota.
Sin embargo, amén de las responsabilidades que vayan a establecerse, no estaría de más develar un par de incógnitas. Se sabe que las esposas con las que iban engrillados los evadidos no fueron forzadas. ¿Cómo se las sacaron? Tal vez alguno de los reclusos consiguió las llaves, teniendo en cuenta que las esposas usadas eran estándar y se podían comprar en cualquier comercio tanto como sus llaves. De hecho, las pericias demostraron que algunas de ellas podían abrirse con llaves diferentes a la del juego original.