Uno de los derechos fundamentales de los ciudadanos es recibir información confiable, por eso los quioscos de diarios y revistas están dentro del rubro de actividades exceptuadas en la cuarentena. Así, cada mañana, cientos de canillitas recorren la ciudad para que el diario llegue a cada domicilio.
Ejemplo de ello es Liliana Beatriz Paiva quien todas las mañanas, a las 7, abre el puesto de diarios y revistas de Córdoba y Dorrego, en la plaza San Martín, ahora totalmente vacía y desolada. Además, se ocupa de repartir los diarios a domicilio, porque los clientes no salen de sus casas.
“Estamos haciendo un horario más reducido. Antes yo abría hasta las 15 o 17, según la cantidad de gente que hubiera en el centro, pero ahora a las 13 ya cierro porque no queda nadie”, contó Paiva, quien trabaja en ese quiosco desde hace 9 años y es su sustento de vida.
Se lamentó porque las ventas bajaron abruptamente con la cuarentena. “Muchos de mis clientes son bares y hoteles de la zona, pero con el cierre de esas actividades ya no compran más nada”, reconoció preocupada por la situación.
A su vez, contó que las personas que son clientes de muchos años no le “soltaron la mano”, al contrario, sigue comprando los mismos productos, con la diferencia de que solicitan que se los lleve a su casa.
Para sortear la crisis, la mujer decidió incorporar algunos artículos de librería para ofrecer a las pocas personas que pasan, o que van al banco y “a veces me piden biromes o cuadernos”, comentó.
El quiosco de San Martín al 3900 está en ese lugar desde 1968 y Osvaldo Brunetta es la tercera generación de canillitas que trabaja allí. Lo abrió su abuelo y desde entonces nunca se cerró.
Brunetta trabaja con miedo por la pandemia, aunque toma todos los recaudos indicados: guantes, barbijo, distancia suficiente y tiene a mano el alcohol en gel. Cuenta que en el barrio la gente no sale a la calle por lo que no hay venta “de mostrador”, nadie se acerca a pedirle algún producto. Por eso habilitó el teléfono para que quienes hagan pedidos que él acercará a cada casa.
Bien temprano, desafiando al frío, la lluvia o la humedad, Brunetta carga los ejemplares de La Capital para llevar el diario a sus clientes. “Somos invisibles, nos trasladamos por la ciudad y nadie se da cuenta, pero cuando se levantan, encuentran el diario en la puerta de la casa”, dijo el hombre que vio a su padre y a su abuelo hacer este trabajo.
Le preocupa que no estén llegando a los quioscos los coleccionables, porque eran un producto que la gente pedía mucho, pero “está complicada la distribución”, reconoció y comentó que en estos días algunos clientes le pidieron revistas para chicos y de entretenimientos, artículos que antes no se vendían tanto. “Se ve que la gente quiere hacer otra cosa que no sea mirar una pantalla”, acotó.
Lo mismo contó Laura Andrés, cuyo quiosco está en Eva Perón al 8300, Fisherton, desde hace 100 años. Lo inició su abuelo, y es de los primeros de la zona. Pasó por varias crisis económicas y siempre pudo salir a flote. Ahora contó que al principio se asustó y los primeros días no lo abrió, pero luego, al ver que la situación del coronavirus se iba extendiendo, decidió volver a trabajar. “Yo vivo de esto”, indicó.
“Estoy abriendo el quiosco todos los días, con todas las precauciones del caso, y con mi hijo que me ayuda. Al principio me dediqué a hacer el reparto yo misma, casa por casa, pero ahora lo está haciendo mi hijo”, señaló.
La pandemia la obligó a desarrollar una nueva modalidad de trabajo: “Me contacté con los clientes por WhatsApp y les ofrecí el diario o cualquier publicación para repartir a domicilio en la bicicleta y así la vamos llevando”, acotó la mujer y explicó que recibió pedidos de “sopas de letras, crucigramas y mandalas”.
Cada mañana, antes de abrir el quiosco, Laura y su hijo pasan un buen rato desinfectando todo con lavandina y alcohol en gel. “Ya nos hicimos la rutina”, contó.
En este marco de pandemia, el quiosco tuvo clientes que no se animaron a seguir comprando el diario, pero después de las primeras semanas lo volvieron a pedir. “La gente está cansada de las pantallas y de las redes sociales”, comentó.
Néstor Radici, alias Tortuga, hace 45 años que vende diarios en la esquina de Córdoba y España. Muchos de sus clientes son oficinas de la zona, que ahora no lo están comprando. “Se cortó la venta al paso y lo que hacemos es reparto a domicilio”, manifestó quien confesó que las recaudaciones “son mínimas”.
“Los canillitas estamos todos en la misma situación, incluso algunos ni siquiera están abriendo el quiosco. Otros acortamos un poco el horario y la mayoría nos comunicamos con los clientes a través de WhatsApp y les llevamos publicaciones a domicilio”, contó el hombre conocido por todos en la zona.
Néstor también contó que en su caso recibió pedidos de revistas de juegos, crucigramas y de publicaciones para chicos, además de alguna revista de bordado mexicano y chino.
Así las cosas, y con un parate general de la actividad económica, los canillitas no quedaron afuera. Al contrario, se las ingenian para paliar la crisis y seguir subsistiendo, con la esperanza de que la pandemia pase pronto y todo pueda volver a la normalidad.