El sistema de rastreadores de casos de Covid que la Municipalidad instaló desde hace más de un año tuvo que incrementar su plantel en un 170% en los últimos 15 días a causa de la suba de casos en la ciudad. Actualmente tiene en sus filas a unos 400 “llamadores”, como en el momento más crítico de la primera ola. Se trata de quienes realizan el primer contacto con los pacientes positivos y su posterior seguimiento para saber cómo se sienten, identificar si es necesario que los asesore un médico o un psicólogo, y buscar a los contactos estrechos para intentar cortar la cadena de contagios.
La cantidad de operadores fue variable a lo largo del año de acuerdo al contexto epidemiológico. En total se hicieron 374.500 llamados. Muchos de los pacientes a los que se los contacta en forma telefónica manifiestan su angustia por haber sido diagnosticados y el temor de que alguno de sus seres queridos también se haya contagiado. En general, identifican cuál pudo ser el motivo de la infección: reuniones familiares o con amigos, haber compartido el mate, algún descuido en el uso de los elementos de protección. También están los que dicen no tener idea del momento en el que contrajeron el virus.
Cuando se les pide la lista de potenciales contactos estrechos suelen ofrecerla sin problemas. Otros se resisten al principio, pero después de algunos llamados empiezan a mencionar con quién o quiénes estuvieron en los días previos al contagio. Unos pocos no lo dirán nunca.
Las charlas con los operadores suelen ser cotidianas en casos determinados o cada dos o tres días. El ritmo del seguimiento depende del estado anímico y físico del paciente y también de la situación particular en la que se encuentra: muchas personas que deben atravesar solas el aislamiento por Covid, de todas las edades, piden que las llamen más seguido.
Así lo contaron a La Capital Betina Sandín y Raquel Nemcovsky, dos de las integrantes de este equipo de trabajadores municipales conformado por personal que debe hacer teletrabajo (principalmente por estar en grupo de riesgo) y por lo tanto están en su casa.
Betina Sandin, quien habitualmente trabaja en Hacienda, se sumó en septiembre del año pasado al equipo: “Hay hombres y mujeres que están solos, que necesitan estar más en contacto, que quieren contarte cómo la están pasando, que se ponen mal”.
Ellas están abocadas a esta tarea a la que describen como “muy intensa y también gratificante”. Además integran el staff estudiantes de kinesiología de la Universidad del Gran Rosario (UGR), que hizo un convenio con la Municipalidad. Cada rastreador o llamador hace contacto con al menos quince personas en forma diaria y durante el tiempo que dure el aislamiento obligatorio.
Están divididos en dos grupos: los que hacen la primera llamada a la persona que dio positivo y los que buscan a los contactos estrechos de ese paciente para informarles la situación y, al mismo tiempo, guiarlos durante el proceso.
Soledad Rodríguez, subsecretaria de Procesos Sanitarios, quien coordina a todos los equipos que hacen esta tarea, comentó que el denominado Esquema de Rastreadores en Pandemia es una estrategia de seguimiento telefónico y detección de casos y contactos que “tiene como objetivo detectar y aislar a personas que sean potenciales transmisoras de la enfermedad por Covid, además de hacer el seguimiento telefónico de aquellas personas infectadas con cuadros leves para pesquisar de modo temprano situaciones que requieran asistencia en efectores de salud”.
Mencionó que al principio de la pandemia fue un proceso que encaró la coordinación de gabinete y la Secretaria de Salud con las personas que llegaban de viaje y eran repatriadas para hacerles seguimiento. “Desde el primer caso que tuvimos en Rosario (el 14 de marzo de 2020) ya funcionaba. Luego fuimos perfeccionando el proceso a medida que creció la demanda junto al fortalecimiento de los equipos. El área de Informática creó una aplicación en agosto pasado para registrar los casos de manera automatizada y contar con estadísticas y datos concretos para tomar decisiones”, agregó Rodríguez.
En agosto del año pasado eran 49 personas las que hacían la tarea de llamadores “y se incorporaron progresivamente trabajadores municipales que fueron capacitados, además de estudiantes, a través de un convenio con la UGR. En octubre, durante el pico de la primera ola, la estructura llegó a contar con 400 personas”. Ese es el número al que debieron llegar en las últimas dos semanas, lo que significó un incremento del 170% respecto de la cantidad de gente que venía trabajando hasta principios de abril, ya que en el verano habían bajado muchos los casos y no se requirió una estructura tan importante.
“Hay gente que la pasa muy mal”
Betina Sandin, quien habitualmente trabaja en Hacienda, en la dirección general de Compras y Suministros, se sumó en septiembre del año pasado al equipo. Contó que después de la explosión de casos del año pasado el trabajo fue disminuyendo, pero luego de Semana Santa volvió a intensificarse.
Después de casi 30 años en la Municipalidad aseguró que esta tarea “es la que más gratificaciones me ha dado, por lejos”. Y admitió que hablar en forma cotidiana con quien acaba de ser diagnosticado puede ser “muy duro por momentos”, ya que “hay gente que se angustia mucho”. Algunos lloran porque no saben cómo van a evolucionar y otros tienen miedo de haber contagiado a un ser querido.
Betina señaló: "También me encuentro con pacientes a los que no les importa mucho o que no te quieren dar la lista de sus contactos estrechos. Una se va dando cuenta, te dicen que no saben, que no se acuerdan, y después, con el correr de los días, quizá porque toman conciencia a través de lo que vamos hablando, entienden que es importante identificarlos para frenar la seguidilla de contagios”.
“Hay hombres y mujeres que están solos, jóvenes que quedaron aislados en un dormitorio en la casa de sus padres que son grandes, por ejemplo, que necesitan estar más en contacto, que quieren contarte cómo la están pasando, que se ponen mal”, dijo.
Si un operador detecta que el nivel de angustia de la persona es muy grande inmediatamente lo deriva a un psicólogo de la red. Y si los síntomas de la persona empeoran (sube la fiebre, hay más tos, dolor corporal intenso) se los transfiere a un médico del equipo.
“Por ahí cuesta entender que nosotros no somos personal de salud. Hacemos un acompañamiento que permite identificar situaciones y derivarlas a quien corresponda y, sobre todo, en casos asintomáticos o leves somos un oído, una voz del otro lado que ofrece compañía”.
Raquel Nemcovsky trabaja en la Ciudad de los Niños y se unió hace poco a los “rastreadores”: “Soy paciente de riesgo, uno se pone en el lugar y se preocupa. Pero para eso recibimos la capacitación y cuento con la espalda de años de tratar con los chicos".
Uno de los aspectos en los que coinciden los “llamadores” es que la población no parece comprender, a más de un año de la pandemia, la importancia de cumplir con los 10 o 14 días de asilamiento si es contacto estrecho de un positivo, tenga PCR negativa o positiva.
Betina contó que “están los que te plantean que como no se les detectó el virus van a salir igual, algunos de rebeldes nomás, y otros que te dicen con preocupación que viven de changas, que tienen trabajos en negro y que si no salen a laburar la familia no come”.
Raquel Nemcovsky, quien trabaja en la Ciudad de los Niños, se unió hace poco a los “rastreadores”, pero antes hizo acompañamiento telefónico a adultos mayores y participó activamente cuando hubo inundaciones o durante la epidemia de dengue. “Como soy paciente de riesgo no me resulta tan sencillo escuchar ciertos relatos, uno se pone en el lugar y se preocupa, pero para eso recibimos la capacitación y una cuenta con la espalda de años de tratar con los chicos, como en mi caso. Entonces la cosa fluye y funciona”.
“Es una tarea fundamental la que hacemos. Yo sentí que había que hacer algo más en esta pandemia, estar al lado del que la está pasando peor. Hay gente que no tiene lugar donde aislarse, que se deprime”, mencionó.
“La pandemia nos expuso a todos a vivencias muy fuertes”, reflexionó Raquel. Ambas operadoras comentaron que de algún modo los “llamadores” se “meten” en la vida de las personas con Covid por el tiempo que dura el aislamiento y eso genera un vínculo particular. Además de que deben hacerlo con mucho cuidado porque “tenemos que preguntar con quién viven, cuántos duermen en un cuarto, si tienen un baño o dos, cosas que son de la intimidad, pero que necesitamos conocer para orientarlos en el aislamiento”.
Si el cuadro de la persona que tiene Covid en un momento se complica y la internan, los operadores ya pierden el contacto. A veces, un familiar que guardó el teléfono les avisa tiempo después si el desenlace fue bueno o malo: “Hemos recibido noticias hermosas y otras terribles”, admitieron.